Archivos Mensuales: febrero 2012

El extraño caso de las galletas vacilantes

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Estoy participando en un reto repostero quincenal con compañeras de twitter. Hace dos semanas horneamos cupcakes de chocolate y naranja y en esta ocasión galletas con chocolate (receta libre, en mi caso extraída de un libro de cocina para niños, regalo de cumpleaños, gracias Oli).

Pues bien, nunca pensé que unas galletas me dieran tanto que pensar. Lo primero que se me pasa por la cabeza cuando cocino dulces es compartir. Su laboriosidad y artesanía me conectan con mi lado mas que maternal, fraternal; no pretendo proteger a nadie sino comunicarme por otros medios, repartir algo que he elaborado con mis manos, galletas de chocolate, ¿a quién no le gustan las galletas de chocolate? DULCE.

Me encargué de que las cantidades fueran propicias para el reparto y con mimo embalé en sobres de manufactura propia e individuales siete super galletas para mis compañeros de trabajo, un ensayo de sábado por la mañana se merecía una buena cookie. Reconozco que me quedaron buenas y también que tenían su enjundia. Ahora bien, que de siete que regalé, cinco de ellas tengan que comerse en dos veces, desayuno y merienda, ya sabéis, además de ser re-repartidas entre vástagos varios al llegar a casa, cuando supuestamente estaban ricas y bueno, era una galleta por cabeza… ¿Qué nos esta pasando? ¿inapetentes? ¿preocupados por nuestro aspecto? ¿en determinados contextos no es sofisticado comer? Ya se lo que estáis pensando, en serio, estaban muy buenas.

No puedo evitar pensar que de alguna manera castigamos nuestro cuerpo,¿ni una galleta nos merecemos? ¿tan férreo es nuestro control? ¡Fuera caprichos que la primavera se acerca inexorablemente! ¿En qué lugar quedamos los imprudentes que nos atrevemos? ¡Ya llorareis incautos!

En algún momento dejamos de amar lo que somos, lo que nos envuelve, sintiendo el cuerpo como algo ajeno que nos es injusto, buscando un perfil universal e impersonal al que nunca responderemos. Nos olvidamos del amor diario que necesitamos frente al espejo y que solo puede emanar de nuestros ojos. Pienso que esto nos incapacita para apreciar la belleza que nos rodea, no solo la nuestra, también las pequeñas cosas que hacen únicos a los demás, las que nos/los alejan de maniquíes huecos, haciéndonos/los humanos, queribles y diferentes. Tanto como para no poder disfrutar de una galleta.

Espero que se deba a que la repostería no es lo mío y aún tengamos esperanza como especie feliz.

Amenazo con un bizcocho marmolado.

La temida fiebre

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El calor hace saltar las alarmas, siempre lo hace. Como en una central nuclear, o entre dos personas que se desean, cuando el calor aparece, se desata el torbellino y se pierde el control. El control, esa capacidad tan ansiada y tan sobrevalorada, saber a donde nos conduce el devenir de los acontecimientos, saber que estamos a salvo, que lo que nos rodea es harto conocido, familiar.

Pero cuando la temperatura se eleva…  nuestro cuerpo nos esta avisando de que algo no anda bien, y perdemos el control y el miedo nos atenaza, porque no hablamos de nuestro cuerpo, viejo conocido, sino del cuerpo de nuestro hijo, menudo y enrojecido; indefenso y mudo. La fiebre nos avisa de algo que es difícil de averiguar, el bebé se queja, llora y se inquieta pero no puede contarnos si algo le duele, qué le molesta o cómo podemos ayudarlo.

La explicación médica para la fiebre es que se trata de un mecanismo de defensa, no de una patología, con lo cual la primera reacción  debería ser esperar, favoreciendo la respuesta del organismo frente a los ataques virales o bacterianos. Se aconseja dar antitérmicos a partir de los 38,5º. ¿Pero podemos esperar? El miedo a la fiebre es ancestral en nuestra cultura, síntoma de infección con dramático final hasta la aparición de los antibióticos.

Aún así, circulan las excepciones también en nuestros días, con bebés de menos de seis meses, la alarma es importante; si la sintomatología que acompaña la subida térmica es de tipo respiratorio, o aparecen manchas en la piel, también hablamos de urgencias importantes. Con lo que cunde el pánico igualmente, imaginemos la situación: un bebé incómodo, que llora, se queja, se destempla, y unos padres que deben evaluar la gravedad del asunto, inmersos en un estado de estrés propiciado por el llanto, que en caso nocturno multiplica la ansiedad, ¿cómo decidir si salir corriendo?  Se hace necesaria una llamada a la cordura y al sosiego, para sostener y acompañar a nuestro hijo de manera mas eficaz.

Ahora hagamos un ejercicio de memoria, ¿cómo recordamos nuestros episodios febriles? No eran algo terrible, te absorbía un estado de sopor, un leve mareo, un regocijo animado al abrigarte, se diluían las obligaciones, te replegabas en tu cuerpo ganando consciencia sobre  el mismo, y todo era cuerpo y sensaciones físicas, que de tan físicas se tornaban en psíquicas y leve delirio. Entonces mamá te pasaba compresas frías de colonia por la espalda, por la frente y sentías cómo te cuidaba y cómo te gustaba su atención y sus mimos. La enfermedad eran episodios de intimidad y vínculo. El tiempo se detenía y nada mas era importante, ni el colegio, ni la música ni nada, solo mejorar y describir las sensaciones que te embargaban.

Difícil tarea cuidar cuando temes, ¿pero cómo no hacerlo?

Para mí en la falta de control esta la clave, ¿y para tí?

Un libro infantil sospechoso

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Las librerías son fascinantes y las de niños… increíbles, llenas de colores, texturas, dibujos e ilustraciones; ¡nos encanta ir!

Pues bien, uno de esos días en los que pasamos la tarde revoloteando por los estantes,volvimos a casa con un buen botín. Entre nuestros grandes tesoros se encontraba un libro abultado, repleto de ilustraciones con leyendas que mostraban los sonidos que producían los objetos, animales y personas retratadas.

 

 

 

Hacia la tercera página nos encontramos con “La pistola hace pam”; ¿no es un poco pronto para introducir a un niño de quince meses en el conocimiento de la industria armamentística?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Después llamó mi atención “Elbiberón hace mmm”. Bueno, no ocurre nada malo, pero Marco no ha visto ninguno, y en fin, se dan por hechas una serie de cosas. Se puede pasar de la teta al vaso. Pero tampoco es necesario ponerse quisquillosos.

 

 

 

 

 

 

¿Y esto? “Las espinacas hacen eccs” ¿dan asco?. ¡Qué buen consejo! Menos mal que encontré este libro entre tantos, aunque quizás solo sea que tengo poco sentido del humor, seguiré ojeándolo.

 

 

 

 

 

 

 

 

“El cachete hace paf”…Sobran las palabras.

O no. ¿Se refiere a un bofetón en abstracto, o al cachete “bienintecionado” de los cuidadores del bebé? Esto estaba tomando un cariz preocupante.

 

 

 

 

 

 

 

 

Y entre tanta sandez, burros, cabras, perros, gatos, pollitos, trenes y bla, bla, bla, encuentro esto, “Mamá hace mua mua”. ¡Fantástico! Mamá es puro amor, precioso.

 

 

 

 

 

 

 

¿Pero qué ven mis ojos? “El papá hace ssst” ¡Lo que me faltaba!

¿Mamá es amor y “el” papá es autoridad? Porque ojo, papá tiene delante un artículo y mamá no. ¿Todavía estamos así? En pleno s. XXI, en occidente, “cuna de la civilización”, ¿asignamos roles estancados, obsoletos, en función del género? Me niego a pensar que esto es así todavía. Padres del mundo ¿os sentís cómodos con esta etiqueta, de desarraigo, dominio y supremacía? Ser respetado, no nos engañemos, a través del miedo y no de la admiración. En lugar de que viene el lobo, que “viene papá”; o “cómo no te portes bien se lo diré a papá”; o “cuando venga papá te vas a enterar”. La amenaza constante de la figura paterna es un triste episodio del pasado, o al menos debería de serlo. Papá y mamá ( o papá y papá, o mamá y mamá), ambos, son sinónimo de cariño y refugio y ambos buscan mostrar un camino ético a sus hijos, corrigen y aconsejan; o al menos así debería ser.

Si de un libro para niños de preescolar se arrojan semejantes lecturas morales, da miedo pensar qué encerrarán los libros de texto que usan nuestros hijos; qué barniz religioso, humanístico o político se adhiere en todo discurso y cuán necesaria se hace una visión crítica de todo lo que nos rodea.

“Salir del armario” del maternaje

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Hace muy pocos días que tengo un blog, pero llevo experimentando una sensación de plenitud desde entonces, que quería compartir con vosotros.

Ha significado para mí una declaración de intenciones, una liberación de principios, una apertura de mi propio armario.

Desde que me quedé embarazada fui comprobando como todas mis previsiones mutaban, a medida que encajaba más y más información. Pasé de planear cuatro meses de lactancia a ser una ferviente defensora de la lactancia prolongada, dos años, tres, los que decidamos y acordemos sin hablarlo, solo sintiéndolo, Marco y yo.

Del mismo modo embalamos la cuna tras un tiempo de prueba, y plegamos la sillita, reservándola para contadas ocasiones.

SI, dormimos con nuestro bebé, lo porteamos siempre que quiere, nos organizamos para cuidarle en casa y tiene teta y cariño a demanda; y lo digo así, con la boca llena y el pecho henchido de orgullo.

Pero hablo de un orgullo que he tenido que elaborar poco a poco, porque siempre escuchas voces discordantes, que opinan invadiendo tu sentir y que se entrometen con demagogia. Demagogia rancia, sin contrastar, que no acepta la diferencia y se proclama conocedora de la única verdad.

Del día a día con mi hijo aprehendía un modo de funcionar con él, que sencillamente no podía ser otro, sin embargo una sensación de culpabilidad me atenazaba cuando me preguntaban, ¿y duerme ya en su cuarto? ¿Por qué no va en el carrito? ¿Aún le das teta? ¿Ylo duermes tú? Y así y así… y tu mundo se tambalea por un momento y no sabes si lo estás haciendo bien, si tendrán razón esas voces, si lo malcrías y será un terrorista sin remedio y tú una desgraciada para toda la vida. Temes el momento de las preguntitas, y te escondes en el armario, y las evitas o contestas a medias. Porque no te apetece dar explicaciones, porque tú no se las pides a nadie y no te sientes fuerte, no terminas de confiar en ti, hasta que lo haces.

Entonces sales del armario y pones widgets que te definen en los laterales de tu blog, te posicionas, y te sientes arropada por la “tribu”, desfilando por tu propio “Chueca” . Al fin eres libre y  sientes orgullo y plenitud con lo que haces.

A propósito de “Los descendientes”

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Cada semana intentamos hacer alguna actividad los dos solos, como cuando no éramos padres, para no perder la perspectiva, hablar sin interrupciones, tomar oxígeno y volver a casa llenos de energía. Gentileza de tita Mar, que presta acude a mi llamada para  jugar, y bailar, y jugar y volver a bailar con el pequeño Marco.

Pues bien, esta vez nos hemos permitido el lujo de “un cine”: Los descendientes, de Alexander Payne, director también de Entre copas. Muy en su línea nos ha mostrado un film agridulce, capaz de contar una historia harto dramática en clave cómica (la mayor parte del tiempo), con agilidad y humor pero repleta de reflexiones.

Se me viene a la cabeza el modo en que compara a la familia con un “archipiélago”, donde cada uno de los componentes son islas, tienen entidad e independencia aunque pertenezcan a un todo mayor y tiendan a separarse con el tiempo. Sencillamente me parece brillante; a eso aspiro. Cuán importante es el espacio particular de cada uno, donde nos podamos desarrollar en nuestra esencia sin relaciones complicadas de chantaje, dominación, dependencia o autoritarismo; donde podamos ser aceptados y valorados dentro de nuestra especificidad, sin ir todos a una, con nuestras preferencias; adoro el deporte, pues lo práctico; amo leer libros en mi sofá, pues me entrego a ello; me divierto en reuniones atestadas de gente, pues las propicio; y así, desde el respeto, coincidir donde tengamos que coincidir. ¿Y qué ocurre con la personita que levanta el vuelo? Pues a su entorno corresponde también observar de manera consciente sus inclinaciones, para al menos no molestar en el desarrollo de las mismas y, por supuesto, potenciarlas.

Otro aspecto de la película que me ha hecho reflexionar es la figura del protagonista, el gran George Clooney, padre de dos niñas de 10 y 17 años, confrontado ante una situación difícil, como es la enfermedad de la madre de sus hijas. Se observa, no sin humor, cómo el padre apenas conoce a sus retoños, incapacitado, sin herramientas, sin rodaje cotidiano y con circunstancias conflictivas que resolver. Me entristece pensar que un padre pueda pasar tan de puntillas por su hogar, aunque el personaje sea adorable y nos encante y le perdonemos todos sus errores, incluso los justifiquemos; por esto mismo, es una pena que no haya participado más en la vida de su familia, habría aportado muchas cosas. También se observa una importante incapacidad para expresar sus sensaciones, incluso cierto halo de autorepresión, no creo que sean éstos hechos desvinculados. Cuántos padres permanecen ajenos a su hogar, no solo por cuestiones laborales sino porque no tienen recursos para relacionarse, reflejo de niños heridos, criados para separarse de sus emociones entendidas como debilidad. El tema del rol tradicional del padre da para mucho más, lo retomaremos.

Y vosotros, ¿habéis visto la película?, ¿estáis de acuerdo con estas ideas?

De cómo el ritmo lo impregna todo

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Unos días tras la gestación un pequeño grupo de células comienza a latir, ignoto, cálido, concentrado sobre sí mismo… pero no es el único ritmo que retumba, un raudal de sangre alimenta dos corazones distales pero no distantes, que palpitan a velocidades muy distintas. Así, de este modo, continuarán por un largo periodo de tiempo, quizás para siempre.

Descubrí este hecho mas tarde que pronto, y se ha convertido en mi filosofía de vida. Asisto perpleja al desarrollo de mi hijo, como adquiere lentamente capacidades motoras, muecas que parecen sonrisas y que rápido lo son, pataditas en el aire, que se convierten en pasos veloces, gorjeos que mutan en palabras y manotazos que acaban montando torres. Sin embargo no son estos asuntos los que intimidan al foro adulto, son otros ritmos de crecimiento los que no son bienvenidos a la sinfonía de quehaceres, obligaciones y diversiones de la sociedad contemporánea.

Los patrones de sueño, la alimentación, la necesidad acuciante de contacto, de amor de protección, el juego, son actividades de la vida de los niños que se desarrollan a un ritmo lento y distinto al de sus padres. No es fácil comprender esto en un entorno corrompido por los prejuicios de lo que se espera, lo que “debería ser” y lo que nos gustaría que fuera. Sin embargo la mirada consciente sobre el bebé no tarda en revelarnos cuales son sus verdaderas necesidades y ahí es cuando descubres qué es lo que quieres en tu vida, conexión, y que para conectarte contigo mismo debes conectarte con la vida que aún late cerca de tí.

De pronto no hay nada que os apetezca más que unir vuestra música a la suya, armonía de la vida llena de disonancias y de muchas, muchas mas consonancias.