Archivos Mensuales: octubre 2012

Dos años de Marco

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Me vais a permitir el almíbar, pero es que hoy es el cumpleaños de mi lucero.

Dos años de Marco, dos años hace que la vida, verdaderamente, me dio un vuelco. Todo esto son tópicos, tan ciertos como populares, mi escala de valores se modificó desde la raíz, me encontré con una criatura indefensa entre mis brazos, que me necesitaba con tanta vehemencia para sobrevivir que ni tan siquiera se percibía como un ser diferente. El trascendente vínculo, la piel se funde y la identidad se diluye, fuimos uno Marco/Silvia, Silvia/Marco. A partir de ese momento necesité muchos días y meses para volver a dibujarme, su sufrimiento era el mío. Entramos en una espiral de sueño, movimiento y abrazo, llanto y leche.

Olvidarte de ti mismo es una experiencia que te transforma y regenera, diseñados para medrar y autocomplacernos, ciegos y perdidos, anhelando o buscando qué anhelar, con el nacimiento de un niño asistimos al nacimiento de una madre y un padre que desbordados por el impacto han de equilibrarse sobre la cuerda de prioridades y en esto los bebés son grandes maestros.

Marco me ha enseñado y me enseña a cada paso. De su mano transito a mi propio interior, viaje aterrador y sublime, que me confunde para después darme respuestas, me muestra mi fortaleza y mi debilidad, pero ante todo me reconecta con el amor como ninguna otra experiencia. Me he pasado dos años admirando cada gesto, cada ademán, cada baile, palabra o gorjeo. He olvidado mi vergüenza para saltar, bailar y cantar desafinando, porque es divertido y lo divertido ha adquirido una nueva dimensión más allá del cofre de una época.

También he necesitado ayuda, conexión con la tribu de la que venimos y a la que pertenecemos. Así, pensando sobre el hecho maternal he abierto mi corazón para vosotros, a través de la red, extendiendo lazos, danzando palabra a palabra y encontrando emoción allá donde yo la he depositado. Este regalo e intercambio se lo debo a la maternidad y a la libertad expresiva que me ha otorgado.

Contigo Marco he descubierto olores tan dulces y respiraciones tan pausadas que meciéndome me he deslizado hasta la calma. Contigo Marco he asistido a la luz fresca de la sonrisa y la carcajada, a la inocencia sincera y a la felicidad sencilla de alcanzar un objeto o escuchar una melodía. Contigo cariño una vez más he comprobado como el ritmo lo impregna todo, porque tu eres música, eres energía y eres vida. A ti te debo los dos años más intensos de mi vida en los que no solo ha nacido una madre, también ha renacido una mujer, tu mirada intensa llena de alegría me ha devuelto a mi fisicidad. Mi modo de expresión emponzoñado por la técnica me coartaba, pero volver al cuerpo, a la caricia y al abrazo me ha devuelto una sensibilidad perdida, olvidada y necesaria. Me haces negar la contención y me desparramo en amor, tan grande es nuestra vivencia que para ti y para nosotros fabricamos mas amor, amor que ya crece en mi vientre. Juntos esperamos a Maia para enseñarle todo lo que hemos aprendido y receptivos absorberemos todo lo que pueda enseñarnos. Contigo Marco, siempre contigo.

Dos años de Marco han dado para todo y han sido tanto.

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Inicios de nuestra lactancia

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Esta semana se celebra en España la Semana Mundial de la Lactancia Materna 2012, en el resto del mundo tiene lugar del 1 al 7 de agosto, este año el lema es “Comprendiendo el Pasado-Planificando el Futuro”. Esta circunstancia me ha animado a contar nuestra historia.

Tendida, sudorosa y en éxtasis, así me encontraba cuando me entregaron a Marco, desnudo y bañado en los fluidos que hasta ahora le habían dado la vida. Se que fue casualidad, pero me miró a los ojos y pareció verme, reconocerme. Estallé en lágrimas y el mundo se detuvo, aún tenía que parir mi placenta y recibir puntos y puntos, pero francamente ¿a quién le importa? Su cuerpo tibio se fundió en el mío. Así permanecimos dos horas, fugaces e intensas, en nuestro paritorio, en intimidad. Él se prendió al pecho y se enjugó con las primeras gotas color miel.

Llegamos a la habitación sobre las once y a las ocho  de la mañana tras una larga noche de quejidos y calor Marco fue ingresado en neonatos patológicos. Las órdenes de pediatría eran claras, quería saber de manera exacta cuanto líquido ingería el bebé, lo que excluía la lactancia materna de sus planes y así me los expuso, “eso no es importante ahora”, quizás no fuera importante pero era lo mejor que podía hacer por él, lo único que podía hacer por mi niño además de darle compañía. De manera que saqué una fuerza de la que no me sabía poseedora y me encomendé a los fantásticos sacaleches del hospital. Cercano a la tortura, aún no me había subido la leche, faltaban dos días para eso, pero conseguía sacar unos mililitros dorados y espesos, mi calostro. La cantidad que faltaba a lo prescrito se rellenaba con leche de fórmula, por suerte yo podía estar en todas las tomas, el modo de administración era el llamado “fingerfeeder”, con una jeringuilla que acaba con un tubito muy fino, se introduce en la boca del bebé el tubito y un dedo, de este modo el bebé succiona de un modo similar al pecho, manera muy distinta a la succión en un biberón, para que el esfuerzo y la sensación fuesen similares a la teta; por supuesto esto lo hacía mi compañero o yo. En la toma de las tres de la madrugada, el servicio sanitario daba la leche a Marco con un vasito especial, con la misma finalidad, evitar la confusión pezón-tetina.

Llegó el fin de semana y con él el cambio de pediatra, una buena enfermera me animó para aprovechando la coyuntura proponerle si el pecho directamente era una buena idea, le pareció bien y las puertas del cielo se abrieron, atesoré contra mi cuerpo a la razón de mi vida y el oro blanco empezó a fluir, se produjo la comunión, el gran vínculo que aún nos une, de nuevo lloré de alegría mientras me mecía y cantaba en una gran sala rodeada de cunas e incubadoras, y no había mejor lugar en el mundo.

A partir de ese momento el niño empezó a tener leche materna a demanda, lo que significaba que las tomas no se podían espaciar cada tres horas como marcaban los protocolos, así que mi móvil estaba disponible todo el tiempo, después tuve que cambiar el tono, se me saltaba el corazón cada vez que lo oía. Las normas de la planta de neonatos dictaban que ambos progenitores podían entrar casi las 24 horas del día, exceptuando el tiempo en el que los pediatras pasaban sala. En teoría, pero en la práctica el servicio sanitario, dependiendo de los turnos, prefería que durante la noche hubiera “mas quietud”. Así empezó mi pequeño calvario, cada turno con cuatro enfermeras/os y tres auxiliares, todo tipo de consejos, buenas y malas contestaciones, no se lo recomiendo a nadie, los problemas que no me ha dado ni familia ni vecinos me los dieron ellos: “este niño tiene mas hambre, no tienes leche” y que decir cuando me negué a que usara chupete me llegaron a decir que “estaba privando a mi hijo del único consuelo que tenía en un entorno en el que lo sometían pruebas cruentas”, pruebas cruentas, jamás olvidaré eso, tan poco tacto con una madre hiperhormonada y preocupada. Como mencionaba antes claudiqué con la toma de las tres, me sacaba la suficiente leche en dos o tres veces durante el día.

Once jornadas son muchas, tengo historias de todo tipo pero me quedo con las horas en la sala de lactancia, compartiendo con mujeres como yo, heridas pero luchando y mirando hacia el futuro, sufriendo, riendo, aprendiendo. Supongo que en este caso la clave del éxito estuvo muy relacionada con la testarudez y la tenacidad, siempre me he caracterizado por esto y en esta ocasión no iba a ser diferente, pero un cabezota sin cariño y respaldo se tambalea, doy fe, por eso, muchas gracias.