Archivos Mensuales: febrero 2013

Pródromos. El cuento de Pedro y el lobo

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Silvia embarazadaVengo viviendo unos días de bastante agitación uterina. Tanto, que en tres ocasiones las contracciones fueron rítmicas y dolorosas. El tercero de estos días la intensidad y frecuencia fueron mayores, cada dos minutos con vigor, así que decidimos desplazarnos al hospital. Las correas no mentían “estaba de parto”, así que primera exploración, solo un centímetro y medio pero buen ritmo, ingresada. La emoción no me dejaba respirar, iba a conocer a mi niña.

Entonces entras en el círculo hospitalario. Te transformas por completo, te vistes con ese enorme saco-camisón y la cara y la actitud es otra, la de paciente. Ya que estás en planta, segundo tacto, dos centímetros y medio, casi tres, “en hora y media otra exploración y para paritorio”. Contracciones y paseos por el pasillo. Llegan las compañeras de habitación, las compañeras de pasillo, gritos y más gritos. “No puedo”, “me quiero morir”, “¡no puedo, me quiero morir!”… ¿Por qué no me traje unos cascos? ¿por qué vine tan pronto? Yo si que no puedo con este ambiente. Mas paseos y paseos, cada vez me duele menos y van 8 horas de contracciones. Dos de la mañana, tercer tacto, tres centímetros, todo igual. Aconsejada por la matrona decido dejar de caminar y me tumbo en la cama, las contracciones dolorosas me abandonan. Cambio de compañera, más cuñadas, más maridos, más cronómetros. Amanece que no es poco, cambio de turno, más correas, más tactos, me voy a casa no sin antes esperar varias horas, hasta las tres de la tarde, para obtener mi parte de alta.

Cuántos consejos, cuántas emociones, cuántos sanitarios diferentes te pueden llegar a ver en 18 horas. Balance, caos total. Miedo.

Vuelvo a casa frustrada, sin mi bebé en los brazos, con dudas, acobardada, dolorida. ¿Cuándo entonces? ¿sabré esperar hasta el momento oportuno la próxima vez? Movilizo a mi familia para nada, lo cierto es que los necesito cerca, para sentirme segura, estar tranquila, confiar en que Marco estará bien acompañado cuando surja, ¿pero cuándo surge? Pasan los días y nada serio, contracciones irregulares al medio día y al atardecer, he expulsado el tapón mucoso, toda una experiencia mística y gelatinosa, pero nada.

El hospital con sus olores, sus visiones, sus sangres ajenas y sus sonidos me han tocado. La fuerza y la ilusión con la que anhelaba el día han abierto paso al miedo y la impaciencia. No me gusta quejarme de esta manera, pero así es como me siento, pequeña frente a una montaña que he de escalar. Defraudada conmigo misma, ¿por qué se paró? Defraudada conmigo misma, dejé a mi niño por primera vez por la noche para nada.

Pródromos o el cuento de Pedro y el lobo. La próxima vez esperaré, pero ¿y si viene el lobo? No se cuándo me puedo quejar, cuándo es dolor, ¡cuándo!

Siento Maia que algún día leas esto, mamá se está permitiendo la cobardía, mamá es humana, ¡tan humana! Pero seguro que expresar esta pesadumbre abre las puertas al amor infinito que nos une y que me guiará en el tránsito que nos reúna.