Archivos Mensuales: marzo 2013

Los celos. “Ese monstruo de ojos verdes”

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Oh! mi señor, cuidado con los celos. Son el monstruo de ojos verdes que se burla de la carne de la que se alimenta. Otelo. William Shakespeare.

Totum sumiderum

Los celos vienen a resumirse como el temor a la pérdida de una relación interpersonal importante. Observamos amenaza sobre lo que sentimos como propio porque entra en juego alguien nuevo. En el caso de los niños, invariablemente, cuando nace un nuevo hermano es necesario un periodo de confirmación, reafirmación, adaptación… Aparece el temor, por supuesto, yo diría que es la característica principal de ese estado emocional que son los celos, necesitas confirmar que todo sigue en orden, que el amor de mamá y papá sigue intacto. Reafirmar que eres valioso y adaptarte a compartir el tiempo de los que amas con el nuevo miembro de la familia.

En nuestro caso en particular se dan varias circunstancias: Marco tiene dos años y cinco meses, sigue siendo un bebé en muchos aspectos, se encuentra en una etapa evolutiva en la que se siente el centro del universo, hecho esperable y saludable a su edad, empieza a desvincularse de mamá (esto suele ocurrir a partir de los dos años), y comienza a sentir mucha curiosidad por otros niños, sin que esto suponga aún necesidad de socialización (será a partir de los tres años). Añadimos a esto que la etapa oral corresponde al menos hasta los tres años. ¿Qué supone todo esto? Que el niño no va a la guardería, comenzará el colegio el año que viene, y que sigue siendo un lactante. ¡Practicamos lactancia en tándem! Hemos decidido que era lo mejor para los niños, para los dos, por diversas razones.

Pues bien, esto debe ser muy exótico, porque vengo encontrándome con muchos comentarios desafortunados, tanto en el embarazo como ahora, que no respetan las opciones personales y adolecen de un gran desconocimiento. Destacaré además un fenómeno curioso que estoy notando, la fascinación por los celos y el morbo que levantan. Frecuentemente nos preguntan ¿qué tal Marco?  Sin interesarse apenas, o nada, por la recién nacida, acto seguido la curiosidad se dirige específicamente a “la tetita”, ¿cómo lleva Marco que la bebita lacte? No puedo evitar sentirme incómoda con estas actitudes. Me ponen en sobre alerta, más de la que ya tengo, “si todo el mundo me pregunta por algo será”, me planteo y acto seguido me indigno, pareciera que no me preocupo por mis hijos y que tomo decisiones inadecuadas a la ligera, decisiones que los pueden dañar. Luego vienen las historias míticas de hermanos celosos que terminan de ponerme nerviosa. Y es que la curiosidad por lo desagradable es un defecto muy humano, la casi certeza de una complicación familiar levanta mas curiosidad de la que debiera y es que con los celos en los niños y la infidelidad en los adultos la expectación está servida.

Me saldré un poco del guión, si os interesa el tema del “morbo” no os perdáis el primer capítulo de la primera temporada de Black Mirror, da que pensar y mucho.

A vueltas con el miedo y la culpabilidad vuelvo sobre los celos. Miedo a que mi niño sufra más de lo imprescindible, o a que lo imprescindible en sí ya sea mucho. Y culpabilidad, ya que la ocurrencia de traer un factor estresante a su vida ha sido mía. Este párrafo es fruto de la irracionalidad, obviamente, pero es que el puerperio me mueve bajo sedas subjetivas y mi percepción de lo que me rodea es infinitamente emocional. No es un factor estresante lo que ha llegado a casa, sino una persona preciosa que llena de amor con su presencia cada segundo que está despierta y cada segundo que está dormida.

Algunas lecturas indican que: “debemos reconocer los celos como un sentimiento humano y aceptarlos… es importante darle nombre y desarrollar toda la paciencia posible… Usarlos como herramienta para averiguar qué está necesitando, tiempo, atención… y establecer un diálogo breve no recriminatorio. Los menores de tres años necesitarían dos mamás y dos papás ante la llegada de un hermanito” Yolanda González Vara

Rosa Jové indica que son aconsejables los mínimos cambios posibles en la esfera del niño, es decir, que pase el mismo tiempo en casa que solía pasar, que no lo mandemos a dormir a otra habitación; también es buena idea incluirle en las actividades con el bebé y no usar la discriminación positiva, todo lo que se salga de la normalidad crea recelo y alerta y eso es precisamente la base de los celos. Y nunca minusvalorar al pequeño, aunque no nos entienda, porque queremos que se quieran, no que compitan entre ellos.

Para Carlos González los celos “son totalmente normales, y es absurdo (y muchas veces contraproducente) pretender negarlos, reprimirlos o erradicarlos.” Cuando “pedimos” lo que necesitamos y encontramos una respuesta empática, nos adaptamos, se trata de una respuesta desde el punto de vista del evolucionismo. Los niños que han mostrado sus celos “han tenido más posibilidades de sobrevivir, y sus genes se han extendido por el planeta.”

Otra costumbre, muy humana también, es la negación del problema o simplemente de lo complicado. Nos gusta pensar que lo que contamos es lo que vivimos, y bueno ¿quién soy yo para negar este recurso si a alguien le funciona?

¿Qué supone para los padres? doble trabajo para satisfacer las necesidades de sus hijos. Cuando empiezas una empresa de este tipo, sabes que el esfuerzo es grande pero la satisfacción también. A veces flaquean las fuerzas, pero siempre flaquean, tengamos hijos o no, la diferencia es que la capacidad de reacción debe ser alta porque eres responsable de las emociones de más personas. Sin duda es una etapa para aprender sobre nosotros, mejorar y no perdernos lo bueno e irrepetible que te dan los niños pequeños.

En definitiva los celos infantiles son un problema adaptativo, no una celotipia, y la solución es la adaptación, de ellos y de nosotros al nuevo núcleo familiar.

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Del ritmo al silencio. In memoriam.

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Vuelvo a este espacio con la intención de rendir tributo a mi abuelo. Si, de nuevo. Y es que los dos hemisferios masculinos del árbol del cual provengo me han dejado en a penas un embarazo. Nueve meses que se abrían con una mala noticia y se cerraban con otra. Mis abuelos en sus largas vidas han sembrado e incluso recogido biznietos, pero a los que quedamos a este lado siempre nos parece pronto para una despedida.

Antonio, ese era su nobre, tímido y risueño, siempre detrás de su boina y sus gafas. Apenas te dabas la vuelta, hacía sonar su armónica para después esconderla con disimulo, no había nada mas divertido que un niño sorprendido, y él lo sabía. Siempre preocupado por todos, pasando lista y preguntando por las aventuras y desventuras de cada uno de nosotros.

No había nada que le gustase más que tenernos a todos en la misma habitación. Una gran comida y muchas mesas en fila. Pero con los años la dificultad para reunirnos crecía exponencialmente, y cuando lo conseguía rodaban por sus mejillas lágrimas de satisfacción. “Cuánto siento abuelito, no haberme dado cuenta antes de que el tiempo es una rueda que gira y gira sin mirar atrás, es una obviedad, lo sé, pero de repente es tarde y ya no se pueden recuperar una llamada, una visita, una mirada, una presencia, una palabra más”.

Los niños comprenden el mundo de un modo totalmente distinto al imaginario adulto. Cuando volví a casa me preguntaba si era necesario explicarle a Marco de dónde veníamos, si era necesario explicarle la ausencia. Así lo hice esta mañana, con palabras que él pudiera digerir. Muy serio y atento me escuchó y comprendió, aunque no volveremos a sacar el tema a menos que él lo haga. Pienso que los niños, incluso los pequeños, necesitan honestidad, necesitan escuchar y necesitan la verdad, porque la desconfianza y el recelo nunca deben ir aparejados al concepto de familia. Suerte que Marco no siente ese escozor adulto, esa sima que representa la muerte, todavía. Y entonces pensé en mi primita de diez años y en la perplejidad que sentiría al conocer la noticia, porque crecer en ciertos aspectos, duele.

Aún no he escrito sobre la adaptación de Marco a la nueva y más extensa situación familiar, sin embargo puedo decir que el hecho de que su padre, su nueva hermanita y su mamá se ausentaran tantas horas ayer, toda la tarde, ha dejado mella, ha vuelto la exigencia y la desconfianza. Aunque en compañía de su mejor amigo, ¿qué hipótesis habrán pasado por su mente? “¿Volverán con otro bebé? ¿Finalmente prefieren a mi hermanita y me han dejado?” Es difícil elegir bien la verdadera escena que no daña, ¿acaso cuatro horas de coche y encontrar un entorno triste donde siempre hay alegría no es desconcertante? Al menos se que con presencia, paciencia y amor restauraremos el bienestar, si es que se ha perdido, estoy segura.

La vida es ritmo. Rápido, rápido al principio; el corazón bombea veloz con la primera ecografía de una vida. Pero después viene el silencio, ese blanco y aterrador silencio, de tan solo imaginarlo me duele el alma. Pero el silencio también es calma, también descanso y también paz. Y sé que nos dejaste así, en paz, en manos de tu guía espiritual, conectado con lo que habías creído y bajo el consuelo del que fue tu Dios. Adiós abuelito, siempre te recordaremos con la sonrisa de niño travieso que nos regalabas con alegría.

 

Y la sirena llegó nadando

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El nacimiento de la sirenaSi, la sirena surcó las aguas de su madre y llegó al mundo acogida por la tibieza de otras aguas. Aguas que se mezclaron con las propias y que en calma la abrazaron. Y no fue en otro sitio que en brazos de madre donde su pecho inhaló la fuerza aérea del nuevo mundo que se expandía en derredor.

Así llegó Maia al mundo, este fue su camino. Casi un mes de pródromos, un susurro, estoy aquí, pero aún no. Su madre no siempre supo leerla, desesperó, caminó, la esperó. Pero también aprendió de la fuerza de la naturaleza, de la fuerza del propio cuerpo, donde no sirven las agendas, donde no importan los planes, ni lo conveniente, ni lo inconveniente.

Aquella mañana su madre lo supo, con más fuerza que otros días que “también” lo había sabido. Y es que la sirena daba pistas pero se tomaba su tiempo, quería decidir sobre su propio momento, su momento único. Y aquella mañana había contracciones desorganizadas, como siempre, pero que le “picaban” incluso recostada. Ocho y cuarto, “hoy si Antonio, lo puedo sentir”, atravesó el pasillo, “hoy si mamá”. Todo el mundo arriba, “¿unos crepes?”, se toman su tiempo pero ella sabe que no lo tiene, amamanta a su tesoro y el dolor se agrava, Marco sumó su propia inyección de oxitocina. Ella decide darse una ducha caliente y después tan solo un bocado dulce, “taxi ya”, llamada telefónica y unas escaleras de pronto infinitas.

En el hospital, otra vez. Cuánta desconfianza, después de la experiencia anterior, parecía tener que demostrar que si, que ahora si. Monitores. “Estas contracciones no son regulares, pero te exploraremos”. “Dilatación completa, el agua clara, la bolsa intacta, se puede ver el pelito”. Y ella, lloró y lloró, olvidó su ropa y descalza fue conducida hasta el paritorio, flotando y llorando…

Un grupo de matronas la recibe, aún sola, y le ofrecen parir en la bañera, dudas y contracciones “¿decidir ahora?” No pensó que tendría tanta suerte y esa posibilidad no estaba apenas considerada. Pero cuando su pareja llegó y la animó, ya no hubo mas dudas, ansiaba ese agua caliente rodeándola.

Las contracciones le dolían pero eran mucho mas orgánicas, si se sentaba en el fondo el agua le llegaba hasta los hombros, la poderosa esfera no tenía que lidiar más con la gravedad. Casi dos horas de expulsivo, lento, de un ir y venir como la marea. La sirena nadaba en su propia bolsa, rebotando en sus propios confines y sin quedar atrapada hasta que fuera el verdadero momento de cruzar de mar a mar.

La madre pudo conectar con sus emociones, con su dolor, con su respiración, con ese “planeta parto” del que se habla. Entre contracciones hablaba con su sirena, “cariño, confío en ti, haz tu camino, te estoy esperando, eres fuerte, eres valiente”, luz tenue, la mejor compañía, Aquarius y Handel. Así llegó el momento de pujar, fuerte, salvaje, intenso. Pero también hubo debilidad, ella se perdía en la vorágine y desconfiaba de su cuerpo, de su fuerza, se disculpaba por sus gritos, el peso de la costumbre era fuerte. Pero la vida se abría paso y ante propios y extraños las aguas se abrieron y Maia sacó su cabecita, sus hombros su torso, su vientre sus piernas, con tiempo pausado, tranquila.

Ojos abiertos bajo el agua y sin nadie que la tocara que no fuesen las entrañas de su madre, que al apenas sentirla salir, alzó con sus manos y tendió sobre su pecho. Y así llegó al mundo la sirena, sin prisa, sin pausa, con calma, con mucha calma. El ambiente que se respiraba no era un estallido de emoción si no un estado milagroso de estupefacción.

 

Como apéndice de este cuento, que si fuera mentira no te lo cuento, me gustaría dar algún dato técnico, durante todo el tiempo que permanecí en la bañera, regularmente, una matrona escuchaba con un aparato de mano sumergible el ritmo cardíaco del bebé. Una vez el cordón umbilical dejó de latir, se cortó y yo pasé a una camilla con una sábana plástica, sin separarme de recién nacida y alumbré la placenta y demás membranas, hasta ese momento la sangre no había aparecido. Tras un pequeño debate de su necesidad o no, me dieron un par de puntos internos y otro externo. También hice uso de óxido nitroso pero no el suficiente tiempo, no podía concentrarme y estar pendiente de inhalarlo.

Mi parto, fue un Parto Respetado y estoy agradecida con el Hospital Clínico de Granada y con el servicio de matronas que me atendió. No es común vivir una situación tan gratificante en un hospital y recibir el alta a las veinticuatro horas, es lo más parecido a un parto en casa a lo que podía aspirar en un centro hospitalario y me siento muy afortunada por ello. Por supuesto, si me lee alguna futura madre, le aconsejaría este tipo de parto si se dan las condiciones, es una experiencia inolvidable en el maravilloso sentido de la palabra.