Archivos Mensuales: junio 2013

De percentiles, cuerpos, kilos y yardas

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percentilesLos percentiles, esa guía, línea o límite que designa la normalidad y en la que buscamos más bien la excelencia. Desde fetos ya hay un concepto de lo adecuado y de lo mejor. En esta carrera de fondo, de alta competición que es nuestra enferma sociedad, es motivo de orgullo pensar en un bebé intrauterino de grandes dimensiones, aunque a esto haya que sumar los bienintencionados comentarios que vaticinan una cesárea o un heroico parto.

Después viene el gran momento del bebé. Pesarlo semanalmente y “consultas de niño sano” donde el todopoderoso pediatra nos da la “absolución” y pone nombre a lo que nosotros ya vemos, que está sano. ¿Qué se espera socialmente? Que el bebé sea un “bebote”, rollizo, gordito, con preciosos michelines y roscas en toda articulación que se precie. Empezando el calvario de madres con niños delgaditos, “va a ser que tu leche no alimenta”, escucharán continuamente. En el caso del biberón también comenzarán los sudores fríos, “el envase ha de estar vacío”.

De este modo entramos en la etapa de los sólidos, papillas para algunos y trocitos para otros. Este tema da para mucho y lo dejaremos para otro momento, pero la percepción general sigue siendo casi la misma, los bebés que comen todo cuanto se les ofrece sin rechistar son adorados, con puntos extra si comen espinacas, aunque el “look rollizo” empieza a caer lentamente.

Y así, casi sin enterarnos llegamos al  niño pequeño, digamos a partir de los dos años. Todos podemos ver como los niños sienten predilección por dulces e hidratos de carbono. ¡A quién se le ocurre!. Además pasan por fases en las que pierden el apetito. En cada hogar se resuelve de una manera, algunos optan por que coman cualquier cosa que les guste y mañana será otro día, otros empiezan contiendas muy duras para ambas partes y otros últimos se conforman con el ayuno que el momento trae consigo.

Puedo observar que la correlación entre lo que a los padres les gustaría que sus hijos comieran y lo que de verdad comen empieza a distanciarse. Pero hay un fenómeno curioso, al margen de la alimentación, de repente, en algún punto de esta secuencia de etapas se integra al niño en esta locura del “cuerpo perfecto/cuerpo delgado”. Ya está, ¿y lo mono que es? si parece un hombrecito. Ya no nos importan los percentiles, ni falta que hace, ni ahora, ni antes.

¿Y qué pasa con los niños que comen con normalidad? Con los que prueban alimentos nuevos, con los que se terminan el plato, con los que quieren repetir. Son “raros” y parecen tener un foco. Y tener un foco es tan, tan molesto. Estar en la misma línea del percentil que ya te caracterizaba en el propio útero de tu madre es un problema, y esto no, hasta ahí podríamos llegar.

Los niños aún son puros, inocentes, están aprendiendo del entorno y el entorno debe proporcionarles respeto. Adultos del mundo, ¿a cuántos de vosotros os gusta que la gente que os rodea esté pendiente de la cantidad que ingerís? “Come más, no tanto”. ¿Cuántos de vosotros, un día especial, coméis más de lo habitual u otro tipo de alimentos? ¿Y qué os hace pensar que un niño de dos años no pueda hacerlo? “Yo comeré un pastel de postre, o dos, pero tú una manzana” o mejor aún ” tu hermanita se come tres porque no ha probado la sopa, pero tú ya tienes suficiente”.

Ese foco que no para de alabar lo bien que comes, lo campeón que eres o lo “mucho” que te gusta comer. Y todos comentamos los hábitos alimentarios delante del interesado. Pero resulta que el interesado no tiene madurez suficiente para atravesar críticas o valoraciones y por agradar, por responder a una expectativa o por llamar la atención puede modificar su conducta natural frente a los alimentos. No hay  nada mejor que  poner una etiqueta para que se responda a ella.

Cómo nos relacionamos los adultos con la comida no es algo libre de subjetividad. Todos tenemos nuestra personal e íntima relación con  la alimentación y es nuestra obligación permitir a los niños que vivan su propia vida para que establezcan hábitos saludables. Ellos no tienen la culpa de que te sintieras el gordito de la clase, o de que fueras el bajito, o el flacucho.

La comida es todo un tema, cómo nos socializamos en torno a ella, cómo impacta en nuestro cuerpo, en nuestra mente, en nuestra salud. La excelencia no existe, simplemente somos y la variedad es un hecho, fijémonos en los juegos olímpicos, personas altamente saludables que no se parecen entre sí, una jugadora de baloncesto o una gimnasta rítmica.

Pongamos alimentos saludables al alcance de los niños y lo demás que lo hagan ellos, libres de etiquetas o preconceptos.

¿Qué piensas tú?

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Bloqueos y desidia

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Caracoles¿Os ha pasado eso de que parece que no haces nada? Te levantas y todo el ritual de labores cotidianas que se concatenan. La particularidad es que discurre el tiempo y sigue todo sin hacer, miras en derredor y ves todas las tareas que empezaste y no acabaste. Te instalas en una especie de desidia y el tiempo se para más aún. ¿Dónde podemos ir? ¿Qué vamos a comer?

Entonces viene esa sensación de fracaso, te culpas de no ser dinámico, de no tener iniciativa. Y el tiempo es más espeso. Un llanto, una toma, un caracol de plastilina con una mano.

Una nana, un paseo por el pasillo. ¿Vamos a salir? Ya hace demasiado sol.

Cambio de pañal, dos vasos fregados. Este niño necesita correr y expandirse. Suspiro. Te sientas y otra toma.

Y yo que ya no pienso, “posteo”, posteo en mi cabeza que no en mis dedos, porque el tiempo vuela y sin embargo se puede cortar.

Lo curioso es que no es cuestión del número de adultos que levitan en el entorno. Puede ocurrir que a mayor número, mayor indecisión, peor comunicación y más, mucha más delegación.

Estar de buen humor, tomar la iniciativa y organizar de forma resolutiva es sin duda el estado al que aspiras. O no. Quizás solo quieres algo más de ese tiempo que se espesa para no hacer nada, o para hacer mucho, todo lo que en la práctica no puedes.

Encontré por la red este artículo sobre Qué hacer cuando dudas de todo y no te apetece hacer nada. Habla de la esfera laboral, es junio, empieza el calor y se acumula el cansancio. Pero en mi caso y solo puedo hablar por mí, es una sensación intermitente, derivada del puerperio. Todos deseamos, ¿por qué negarlo? Unos anhelan silencio y buena literatura, otros, orgasmos sublimes que les hagan volar, y yo, fundirme con mi niña, sin llanto ni cólico y sin calor ni frío, a sabiendas de que mi grandullón explora el mundo por nosotras entre risas y abrazos. El deseo es gratuito y está bien como objetivo si no te paraliza, si te pone en marcha para desarrollar estrategias que te ayuden a alcanzarlo. El problema es la frustración y la ínfima tolerancia cuando aparece.

La desidia, en parte, es fruto de la incomunicación, actuamos o dejamos de hacerlo sin pedir ayuda y sin nombrar nuestras expectativas. A veces me ocurre que me cargo de buenas intenciones e intento sin molestar a nadie hacerme cargo de todo, pero la bola interior se hace más grande. Otras, simplemente, no me hago cargo y me dejo llevar por el discurrir sin orden ni concierto. Otra vez la bola porque no obtengo tampoco lo que deseo. Y es que los demás no tienen por qué saber en qué estoy pensando.

Aún a riesgo de parecer un panfleto de psicología os contaré mis reflexiones. La comunicación, la expresión. Desde el más sencillo y genuino deseo, libre de juicios o reproches que puedan salpicar a la persona que está enfrente de ti, y no hablo solo de la pareja. La segunda parte de la receta es la aceptación de la realidad y  la tolerancia a la frustración. Sencillo y complicado, pero es un punto de partida. Quizás con ayuda conseguiste esas dos horas de intimidad con tu bebé y se las pasa llorando, dientes emergentes, o vas a la playa y el viento transforma el momento en una lucha desquiciante. Respira hondo. Además, no eres el único/a.

Otra cuestión es la organización. Siempre he pensado que esquematizar la jornada puede restar frescura y capacidad de improvisación, además siempre que no puedas realizar todo lo que has programado te enfrentas de nuevo al fiasco de no llegar. Pero con niños, compensa la previsión, cualquier cosa para aliviar el espesor de la indecisión. Y por supuesto, priorizar, tal vez no esté el suelo tan limpio como querrías, pero los niños y su bienestar son la prioridad, aunque no siempre sea fácil ponderarlos por encima de nuestras prioridades. Ése es el reto, la dávida y la generosidad como expresión.

Si aún así estás bloqueado/a pide un abrazo.

Me ayuda compartir mi desorden mental con vosotros, igual porque así lo ordeno. Pongo palabras y algo de estructura.

La foto es gentileza de @Mar_Herrero6