Archivos Mensuales: noviembre 2013

Si me reflejo

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GrafitiYa te he entregado al mundo. No puedo controlar como es tu vida durante esas horas, ni tan siquiera puedo verlo, vas al colegio cada día y lo más intenso de tu rutina yo me lo pierdo. Cualquier esbozo de palabra respondía a una historia de tu imaginario y aún fuera de contexto, siempre te podía traducir. En cada instante, en toda vivencia, en todo momento y en todo lugar, ahí estaba yo. Y cuando no era mamá siempre te rodeabas de los más fieles y cariñosos testigos. Pero ya no más. Te hemos entregado al mundo y cruzamos los dedos.

Escuchamos tus historias con atención y leemos las crónicas del día con avidez. Esas crónicas que gentilmente escribe tu maestra para abrirnos una ventanita por la que tirar del hilo que nos conduce a tu discurso y a tus impresiones.

Y es que me he dado cuenta de que tengo miedo. Miedo de que seas como yo, Marco. Con “teorías de apego” quería comprar a un niño inmune a lo malo y permeable a lo bueno. Fuerte, seguro, resiliente. Quería un niño feliz, pero feliz a lo “tonto”, sin “ton ni son”, inocente y sonriente que además sería un adulto con notables habilidades sociales y si me apuras de liderazgo. En mi plan no sufrirías, serías tan maravilloso, como de hecho eres, con el añadido de que todo el mundo podría verlo. Pero mi plan si que era “feliz a lo tonto”.

A tus tres años ya hay niños que no quieren que te sientes a su lado y yo no estoy junto a ti para abrazarte si esto te afecta, ya no estoy para defenderte si te muerden, ya no estoy, al menos en ese momento. El juego ha empezado y de todas las opciones que tienes vas eligiendo las que habría elegido yo.

Esponja de emociones, radar de comportamientos, sabes siempre que danza bailan los que te rodean. Ese no era el plan, sólo debías montar un puzzle, pero lo montas a la vez que compruebas que x se ha calmado y que z se está crispando. Así que llevo algunos días aceptando una terrible certeza, vas a sufrir. Vas a sufrir tanto como yo o más y esto me arrastra por un camino de auténtico dolor, me reflejo en ti constantemente, revisito mi infancia, mis errores, mi presente y constato con terror que no soporto la idea de que seas como yo y de que eso encierra una negación de mí misma brutal.

Pero no todo está perdido porque me revelo ante esa idea y me estás ayudando a amar a esa niña, a esa Silvia y la abrazo y la lloro y con júbilo la encuentro y la reencuentro. He sufrido, pero he amado tanto que ha merecido la pena. Reza en mi bio de Twitter “cosechadora de amor y emoción” y así es y ha sido e imagino que seguirá siendo.

Éste es solo mi trabajo, no el tuyo. Amar y aceptar cada destello de mí que pueda encontrar en ti.

Operación pañal (A)

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Operación pañalLe estoy dando vueltas al tema. Es tan privado, tan íntimo que me pregunto cómo le afectará al niño leer mi bitácora cuando sea mayor.  Mi objetivo es normalizar, por eso espero que él sea capaz de leer sobre su infancia con ojos libres de prejuicios, o al menos con una “mochila” más ligera.

Nos aseguramos de que el colegio no supusiera una fecha límite para dejar el pañal. Nuestro objetivo era esperar lo suficiente, sin presionar para que el niño decidiese cuando quería dar el paso, al fin y al cabo ¿puede haber algo más personal que los esfínteres?

De este modo Marco fue conocedor de sus opciones múltiples, adaptadores para W.C. orinales varios, calzoncillos como novedad en el vestuario, acceso libre al baño para observar cómo lo hacíamos nosotros, juegos de plastilina, elegir y participar en la compra de los utensilios… en fin todo el repertorio.

Un soleado día, a los 35 meses de edad y a dos semanas de empezar el cole, el niño decidió que era un buen momento ¡y fuimos a por ello! Debo decir que con mucha confianza, la crianza respetuosa era nuestro aval.

El primer día fue un desastre, no le daba tiempo de reaccionar, un pis tras otro. El segundo igual de desastroso con el plus de unos padres atónitos. El tercero algo mejor. El cuarto no recuerdo, ni el quinto, en algún  punto de esta semana se acabaron los escapes. También eliminamos de la ecuación el pañal de siesta y el de la noche y todo fue bien. Ahora pienso que todo fue bien, pero he de decir que no viví de manera relajada esos días, me inquietaba sobre todo cómo podría reaccionar al ver que no lo conseguía.

Pero ¿y la caca? Bendito excremento que libera las entrañas. Éste ha sido un camino más arduo. Tras varios intentos sin éxito en el orinal hemos tenido fases de estreñimiento, seguidas de cacas bajo la mesa, en el balcón, en el pasillo, en el pantalón, pero siempre en casa. Ahora viene mi interpretación contrastada de los hechos. Por un lado era una novedad defecar sentado, sí, algo tan sencillo como eso, estaba acostumbrado a hacerlo de pie y por lo que he observado es algo bastante habitual. Era capaz de controlar la evacuación, por esto mismo al sentirse inseguro retenía tres o cuatro días si era preciso, en caso de “coger el toro por los cuernos” esperaba a estar en casa, buscaba un sitio íntimo y cuando terminaba me pedía ayuda, confiado y narrando lo obvio.

La respuesta solía ser pausada, describíamos con calma lo sucedido, limpiábamos y buscábamos un compromiso optimista para la próxima vez. Siempre había palabras alentadoras y de confianza: “la próxima vez lo harás genial en el orinal, no te preocupes, pero recuerda que el suelo no es el lugar en el que hacemos caca” o similar. En dos ocasiones al dormirse de noche y relajarse ha llegado a hacerse caca dormido, algo insólito para mí, en la primera media hora de sueño, pero tiene mucha lógica, cuerpo y mente se habían soltado y entregado al descanso.

Un par de meses han transcurrido con esta situación hasta que un día confió en el orinal, hizo una deposición, se sintió muy orgulloso, nos sentimos muy contentos y aliviados e hizo otra deposición, y otra, y otra. Ese día el juego era intentar hacer muchas muchas cacas, ya no había miedo, y al día siguiente igual, y más, y más. Y hemos normalizado.

Para nosotros ha sido difícil, difícil no perder la paciencia, difícil no buscar teorías, difícil no poner cara de decepción, aunque alguna ha habido y ya no se puede borrar.

Para Marco también ha sido difícil, en algún punto del camino le sorprendió y atemorizó saber lo que salía de su cuerpo. Veías que se inquietaba y desaparecía buscando intimidad, entonces lo dejábamos ya que la más mínima insinuación, “¿quieres ir al baño?” lo retraía  y por aquel día había sido suficiente, se contenía.

También hemos tenido alguna situación cómica, una bebé gateando animadamente en dirección “al pastel”, por ejemplo.

Pienso que los excrementos en el ideario adulto suponen muchas historias y simbolizan grandes o pequeños traumas, por eso vivimos estos puentes con angustia si no los cruzamos del modo que habíamos imaginado. Francamente, algún atisbo de vergüenza he visto en su actitud, pero no demasiada, estaba simplemente intentado comprender un nuevo mecanismo, que ha venido a solaparse con muchos otros, (colegio, hermanita, dormir solo, destete paulatino…). De pronto es mayor y tiene que cambiar demasiadas cosas a la vez. El asunto no marchaba demasiado bien y le ofrecimos el pañal de nuevo, pero no estaba en ese punto, sólo necesitaba tiempo. Tiempo, cariño y comprensión, cómo todos, grandes y pequeños.

Sobre el control de esfínteres por Laura Gutman.

Sobre el control de esfínteres por Carlos González.

Éxito

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Como los demásLa agenda ha vuelto al estante, al bolso, a la mochila.

Quería ser positiva y compré la de Mr. Wonderful, “Haz que cada día merezca la pena”, ese es el lema. Pues cada semana que pasa me va quemando más el mensaje que subyace.

No tengo nada en contra de Mr. Wonderful, son muy creativos y divertidos pero me sirven de pretexto para revelarme en contra del mensaje que prevalece y nos rodea. ¡El ÉXITO! ¿Qué queremos? Éxito. ¿Qué anhelamos, deseamos, buscamos? Éxito. ¿Qué es el éxito? ¿Qué entiende la sociedad como éxito? ¡Cuánto éxito!

Frases semanales como: “La confianza en uno mismo es el primer secreto del éxito”, “Sólo aquellos que se atreven a tener grandes fracasos terminan consiguiendo grandes éxitos”, “Es duro fracasar, pero es todavía peor no haber intentado nunca triunfar”, “El éxito es la habilidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”, (estoy sudando hace rato), “Muchos de los fracasos de la vida son de personas que no se dieron cuenta cuán cerca estaban del éxito cuando se dieron por vencidos”, “Fracasar es tener la oportunidad de volver a intentarlo de forma más inteligente”, “Nosotros no podemos cambiar las cartas que nos repartieron, pero sí podemos decidir cómo las jugamos” y así, arenga tras arenga. No se a vosotros pero a mi me sale urticaria, ¿qué es eso tan importante que tenemos que conseguir? ¿qué pasa si hoy es un día anodino? Vale, en ese caso me puedo conformar con las cosas pequeñas de la vida, un amanecer, la sonrisa de un niño, ¡pero mañana sigo intentándolo! fracaso tras fracaso alcanzaré la cumbre, algún día lo lograré ¡ánimo!

Si, TODOS estamos llamados al Olimpo, y venga libros de autoayuda, y venga frases de azucarillo, y venga frustración.

Esperamos y esperamos.

Y si yo me he dado por vencido… Mis hijos lo harán, con ellos no podrá nadie,  ELLOS si que están llamados al éxito ¡ÁNIMO!

Después encontramos la otra trampa, la FELICIDAD. ¿El éxito nos la da? ¿Cuándo somos importantes, todo lo que nos rodea no puede más que contagiarse? ¿Qué es ser importante? ¿Qué cosas tienen importancia y para quién?

La carrera de ultrafondo, la búsqueda eterna, la insatisfacción eterna.

Cuanto más diferente me creo, más homogéneo soy.

No puedo responder tantas preguntas, ni quiero. Me rebelo, me agito, a veces pienso que es mejor la indolencia, basta de metas, basta de competición, basta de egos, ¡basta de éxito!

Quiero volver a la esencia, a la respiración, a la mirada. Quiero ser normal. Estar contenta y también triste, enfadada, aburrida, eufórica. Perdonadme si no tengo éxito, solo quiero ser y ver, permitidme ver.