Archivos Mensuales: febrero 2014

Un año de Maia

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Maia Potato

Qué fácil Maia, qué fácil es quererte.

Nos has regalado un año de presencia, de piel, de paz destilada y de sonrisa.

Llegaste como una sirena, nadando y emocionando a tu madre. Mojadas estábamos la primera vez que nos miramos, nos fundimos y nos abrazamos. Formamos una burbuja de éxtasis, de leche y de calor, el calor del amor, el amor de la sangre, la sangre de la vida.

La tranquilidad de la experiencia nos ha llenado de seguridad. Las convicciones nos dan respuesta, no hay duda, no hay angustia. Tuve el temor de que cogieras el “rol” que quedaba libre, ese de bebé tranquilo que no demanda porque ya hay suficiente demanda en tu hermano, pero no fue así, reclamaste tu espacio, brazos, contacto, piel, mucha piel y complacidos supimos dártela sin titubeos. Nunca tuviste una cuna que te separase de nosotros, cuando llorabas sabíamos que no había nada malo en ti, que buscabas lo que te correspondía, había necesidad primal y no manipulación.

Desde el principio creasteis una relación muy especial, Maia y papá, papá y Maia, en no pocas ocasiones él supo calmarte mejor que yo, sosegarte y dormirte. Quizás notabas mi dispersión o simplemente querías cambiar y completar el círculo. Cuando me incorporé al trabajo, ya tenías ocho meses y volviste a hacerlo fácil, nunca fue un problema, compartes tiempo a solas con papá, sin despedidas dramáticas y con sonrisa de bienvenida.

Tu sonrisa, si, tu sonrisa, siempre la has tenido, desde que contabas pocas horas sonreías y mucho, cuando soñabas, cuando mirabas, dulce y feliz, eres nuestro bebé feliz. Tardaste en dar carcajadas sonoras pero la luz de la placidez siempre te ha acompañado. A veces se desatan tormentas a tu alrededor pero tú no pierdes el aura de alegría que te envuelve.

Sin embargo Maia, te me escapas de los sentidos, quieres volar; tu curiosidad y tu prisa me arrebataron a mi pequeña bebé mas pronto que tarde, con cuatro meses te sentabas sin ayuda, con seis te levantabas y agarrabas a los muebles para con ocho empezar a caminar sola.  ¡No corras Maia, espera conmigo! Pero no es conmigo con quien quieres estar, persigues a Marco, le imitas, le acompañas, se iluminan tus ojos cuando le miras y escuchas. Apenas aparece por la puerta y ya gritas con algarabía, te zafas de mis brazos y sales corriendo a su encuentro. Juntos aprendéis el oficio de ser hermanos, habéis compartido pecho por once meses y el mismo lecho os alberga junto a mamá, aunque hay desencuentros, prima la armonía, de todos modos ¿qué malo puede haber en una disonancia? Nuestro lenguaje es complejo pero también rico. Vamos creciendo contigo sirena, porque cada día cambias las reglas del juego, creces rápido y te relacionas más y más y nosotros hemos de ensayar esta comunión nueva.

Me derriten tus dedos, tus pies, tus manos. Suave y blanda. Blanca y luminosa. Feliz y radiante. Qué fácil es quererte, todo un privilegio, ¡no corras Maia!

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Un año como mamá de dos

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Un año como mamá de dos. Respiro profundamente y abro mi me memoria para vosotros.

La maternidad real, esa que tiene sombras llegó cuando mi cuerpo albergaba a Maia. El acto de amor más intenso, el descubrimiento de las verdaderas necesidades de bebés y niños, mi revolución del amor, aquella que remaba a contracorriente, la que deshacía mitos, la que viajaba a la esencia humana, al instinto, dónde encontraba las respuestas, todo aquello era tan sublime, me hacía tan feliz que no pude parar, quería más, quería dar más, quería recibir más, quería otro bebé.  Pero no encontré un bebé, encontré tres conmigo y ya nunca era suficiente. La mujer empoderada, el nuevo hallazgo de madre que había en mí estaba insegura, había de cuidar a un niño de dos años, a una recién nacida y a sí misma confundida y sedienta.

Debía pedir ayuda, lo hice y la encontré. He tenido la gran fortuna de contar con personas que no me han cuestionado y que me han regalado su presencia cada día. He leído mucho sobre “la tribu” y la importancia que tiene para criar a un niño pequeño, mi pareja y yo habíamos contado con ella pero no era una necesidad tan acuciante, sino más bien un extra, pero con dos cachorros la manada era, y es, un imperativo. Por un tiempo pensé que la situación era un fracaso, pero ahora veo la riqueza de la diversidad de referentes, esa tribu que empieza por una pareja que co-materna y que suma a otras personas que con su amor y su mirada participan en nuestro núcleo familiar, aportando la alegría y la frescura que en muchas ocasiones nos falta.

Este año me ha mostrado varias lecciones, he comprendido mis límites, he vivido el agotamiento y he visto en el espejo cómo lo que imaginaba era distinto a lo que después mis dedos acariciaban. En el proceso me sentí pequeña, me sentí víctima de mí misma, de mis delirios de súper-mamá, abatida y fracasada. Tuve miedo de quedarme sola con mis dos hijos, no soportaba la idea de que llorasen a dúo, de desbordarme, de llorar con ellos, de perder la paciencia, de enfrentarme a mi monstruo, de no encontrar la empatía, de no tener ocurrencias imaginativas que resolvieran los conflictos. Como una niña perdida grité auxilio y de forma mágica, durante meses, siempre tuve compañía a la hora de dormir a los niños, para las siestas, para las noches, siempre conté con alguien que contuviera a Maia mientras yo acompañaba a Marco. No hubieron largas tardes, o mañanas de aburrimiento para un niño inquieto junto a su madre y la bebé apéndice. Encontré el tiempo de intimidad para vincularme a Maia, las horas de teta, las horas de porteo, las horas de nana que un bebé necesita. Nos mecimos y nos miramos a dúo, nos mecimos y nos miramos a trío. Diez meses de lactancia en tándem y mucha cama compartida.

En no pocas ocasiones la sensación ha sido de que siempre fallas a alguien, o a los dos. Pero las sensaciones son sólo eso, hay que reconocerlas y mirarlas a la cara para dejarlas ir. Poco a poco he ido ganando valentía, el sueño ya nos encuentra juntos, el juego es compartido y lo que yo imaginaba de la maternidad múltiple va ganando terreno de luz. Dejo ir a la Silvia que se victimiza y acojo a la que se hace responsable sin miedo ni angustia. El colmo de una mujer egocéntrica es convertirse en madre, la culpa se alza por tus pantorrillas y no dejas de ver a tus hijos en el diván, parloteando sobre los grandes errores que cometió su progenitora, las malas decisiones, los malos ratos. Esta actitud es inmóvil, sólo me conduce al drama y encuentro mi segunda gran verdad: aceptar y acepto; fluir y fluyo. No puedo controlar pero me puedo adaptar. Ninguna organización me asegura una hora de dormir constante, un espacio personal, otro tiempo con mi pareja, no puedo asegurar ni predecir nada, lo puedo intentar y después, solo me queda eso, aceptar. Este año como madre de dos, más que nunca, dejo de pelear, entiendo la naturaleza pasajera y acojo lo que no me gusta, o lo intento. Compruebo que no soy perfecta, que mis hijos tampoco son modélicos, ni de apego, ni sin apego, sólo son, y para culminar mi resumen os diré que mi relación de pareja debe ser fantástica, porque sobrevive a la espiral de emociones, nos encontramos, flotamos y nos volvemos a encontrar.

Ser mamá de dos es una experiencia absolutamente brutal. No tienes opciones, debes agarrar la tabla que flota y aprender y absorver todo aquello que te conecte contigo misma para después devolverlo. No cambiaría nada, cada hecho ha tenido su función, atesoro mis experiencias y las escribo para no olvidarlas.

Y tú, ¿cómo llevas la maternidad múltiple?

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La no-adaptación

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Colegio, ¡precaución!

Llevo meses esperando que el proceso termine para contaros nuestras experiencia. Se suman las fases, cuando acaba una empieza otra. Atravieso diversos estados emocionales, duda, aceptación, convencimiento, ilusión, duda, frustración y bla, bla, bla. Marco también vive los suyos y como se nos van acumulando he pensado que era el momento de verter aquí el estado de la cuestión.

Es 12 de Febrero y la primera frase del día ha sido “¿hoy hay cole?” Lágrimas en el desayuno, lágrimas mientras nos vestimos, aceptación cuando cogemos la bufanda, salimos por la puerta y lágrimas de nuevo en la despedida. Os podéis imaginar que desde el 18 de septiembre hemos pasado por muchos registros, tonos y timbres de llanto, es una incógnita el nuevo estado derivado.

También hemos tenido periodos de paz y hasta de ilusión. Son muchos los momentos buenos, las actitudes y aprendizajes, el camino, el puente, el vuelo hacia la niñez autónoma , la que gana terreno sobre si misma, la que se empodera y siente que la necesidad de exploración es mayor que la de fusión. Por esto cuando retrocedemos y vuelven las negativas, las excusas y el llanto su padre y yo nos sentimos perdidos, frustrados.

El más mínimo cambio, un fin de semana largo, un día de fiebre en casa o una visita excitante nos devuelve diez casillas atrás y no llegamos a la meta, se nos resiste, yo me agarro a cualquier sonrisa, cualquier signo me viene a demostrar que está feliz con su vida colegial, pero agazapado nos espera otro estado gris, de confusión, de queja y entonces vuelvo a tocar fondo.

Intento no dudar sobre la idoneidad de su escolarización, me daña. Nos daña. Marco necesita una figura de referencia adulta que le de seguridad, ¿si yo no creo que le beneficia, cómo habría de creerlo él?

Entonces reviso cómo afrontar las crisis. Valido su malestar, “entiendo que no quieres ir, que te apetece estar en casa, pero no puede ser, mamá y papá trabajan, es solo un ratito por la mañana, pasaremos juntos toda la tarde, toda la noche, ¡y los sábados y domingos! ¿Qué te parece? Ánimo, se que eres valiente y en el cole tienes muchos amiguitos…” “Pero es que yo no quiero, me da pena, quiero estar con mamá, buaaaaaaaaa…” No soporto verle llorar, hago el esfuerzo de dejarle su espacio para que viva su pena, pero indefectiblemente me atrapa. A veces me enfado, otras quedo devastada, atravesada. ¿Acaso debo ignorarlo?

Busco. Busco otros ojos, otras experiencias, alguien que haya pasado por experiencias similares y que me diga que es normal, que no tendrá secuelas, que me dé una receta mágica, un parlamento con el que convenza a mi hijo de lo fantástico que es el plan que tengo para él ese día. Busco niños que no hayan ido a guarderías, y que no sólo lloraran un día porque tienen una autoestima brutal, busco niños felices sin que sus padres hayan hecho homescholing, busco complicidad porque estoy confusa, porque soy así de insegura y segura a la vez. 

Tengo el honor de presentaros a mi niña interior, la que llora con Marco, la que duda, la que piensa y repiensa, la que está cansada, la que está agotada, la que siente que no es suficiente, la que se reconoce víctima, la que está equivocada, la que necesita luz, cariño, un abrazo, empatía, la que no quiere nada de esto, la que quiere que todo sea sencillo.

Por suerte ésta es solo una de mis Silvias, la sanaremos hoy para que mañana amanezca paciente, contenedora y “con sonrisa”.

Escrito queda para otros niños y niñas interiores que busquen dónde mirarse y encuentren que como ellos, hay mas ojos que vacilan, lloran, dudan y vuelven a iluminarse.  

De ángeles y mitos caídos

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Manhattan

 

Este es el cabecero de mi cama. Si, Manhattan de Woody Allen. Todo un icono en mi casa, en mi hogar. Se que no es nada original, que voy a lo fácil, pero no me negaréis que es un fotograma impresionante.

Annie Hall fue la película que Antonio y yo vimos en nuestra primera cita, cada uno en un sillón, mirándonos de reojo. Un buen amigo me regaló el film para mi cumpleaños, llegué a tener dos ejemplares en mi cajón. Leí Perfiles con deleite y veía sus películas con emoción, varias veces. Buenas y no tan buenas, casi todas y son muchas.

Nunca discutía sobre Woody Allen, me abanderaba mi subjetividad y estaba orgullosa, “es mi debilidad, haga lo que haga me encanta”, parecía ser mi mantra. Algún crítico decía que el peor Woody Allen era mejor que casi todo, para mí se quedaba corto. Seguro que no soy la única, parcial y subjetiva, total adoración.

¿Por qué? Por su exquisito sentido del humor, todo estaba en el punto de mira, especialmente él. Totalmente egocéntrico, pero tan a las claras que me parecía rotundamente genial. Su despiadada crítica al esnobismo, al intelectual, al pseudo-intelectual, si te apetecía verlo. Su concepto de amor, neurótico, intenso e infiel. La insatisfacción de la clase media, la búsqueda infinita de relevancia a cualquier nivel. Y lo mejor de todo es que con esa presencia, con ese lenguaje corporal conseguía ser hasta sofisticado. Llegué a sentir que los neuróticos teníamos un lugar en el mundo, no sé de qué enferma manera me ayudaba a aceptarme.

¿Por qué Woody Allen, por qué?  Llevo tres días mirando a otro lado, sin pensar demasiado, como tantas y tantas veces hago cuando veo la muerte y la devastación en cualquier sitio y en todos.

¿También tenías que enseñarme eso? ¿Qué todos los mitos son mentira?

Descreída, huérfana y decepcionada quedo.

 

Este Post no tiene desperdicio, no podemos mirar hacia otro lado, ni el más artista de los artistas, ni el más genial de los genios tiene derecho o excusa para vulnerar a ninguna persona y menos a un niño/a indefenso: ¿Cuál es tu película favorita de Woody Allen?