Archivos Mensuales: marzo 2014

Aprender a vivir con niños

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Aprender a vivir con niños. Ser para educar. Éste es el último libro de crianza que ha pasado por mis manos. Su autora, Rebeca Wild, no me ha dejado impasible, excava en aquello que nos incomoda, en lo que duele, y libera a los niños de la etiqueta de la inmadurez, de ser aquellos que dificultan las relaciones con nosotros, los adultos.

A través del relato de la fundación del Pesta, escuela activa creada por Rebeca y Mauricio Wild, la autora nos conduce a su universo, microcosmos educativo perlado de utopía. Con sus palabras llenas de verdad y crudeza me he asomado al sendero de consciencia que nuestra sociedad nunca atravesará.

Uno de los aspectos que más ha llamado mi atención es la AUTORIDAD SOTERRADA con la que tratamos a los niños, en el mejor de los casos. Wild propone dejar que el niño encuentre su propia esencia para después florecer en sus capacidades con felicidad, pero en no pocas ocasiones ejercemos nuestra directividad, corrigiendo cada palabra, gesto, dibujo, grafía, comportamiento. Acompañar sin dirigir es una actividad más complicada de lo que a priori podríamos suponer. El texto lleno de ejemplos se nos revela con claridad. Descubrir cómo se vuela un avión se aprende haciéndolo, no mirándolo en la tele, no solo admirando la destreza del adulto que nos demuestra su pericia, no, se aprende haciendo, viviendo, errando, repitiendo, acertando y después volviendo a fallar. Lo que un niño necesita no es un adulto que le muestre lo estúpido que es, que le corrija hasta el contorno de su sombra, y que siente cátedra con sus enormes conocimientos, lo que un niño necesita es verdadero respeto en sus capacidades, en sus motivaciones y en su tempo.

¿Cómo evitar la autoridad unilateral adultocéntrica, la que considera a unos por encima de los otros? Favoreciendo “que los niños pasen la mayor parte posible de su tiempo junto con otros niños, sin que los adultos determinen sus actividades y prevengan o resuelvan sus conflictos”. Con ésto se persigue un objetivo, “superar el egocentrismo por medio de interacciones espontáneas con el mundo”. Cómo veis las palabras de Wild me conducen a dónde quería, argumentos favorables para la escolarización, claro está, en una escuela activa, que provea de espacios y circunstancias en las que se puedan dar estas condiciones.

Las necesidades auténticas de los niños varían con los años, (en Etapas del desarrollo también de Rebeca Wild) y si, hay una etapa egocéntrica, pero en cualquier caso tienen excusa, es biológico, pero ¿qué ocurre con nosotros? nunca lo superamos, seguimos alimentado nuestro ego y un niño supone una amenaza importante a nuestra endeble personalidad. Usamos nuestro poder con ellos porque estamos inseguros, por la costumbre o porque no conocemos otro camino. Según Wild “al vivir inconscientemente en un nivel de autodefensa nos resulta imposible tener las “antenas puestas” y llegar a una verdadera comprensión sobre las necesidades de los niños” y yo diría que tampoco tenemos las “antenas puestas” en nuestras genuinas necesidades, entrenados durante años en el arte de des-oirnos. La infancia se basa en la directividad continua por parte del adulto, consideramos a los niños inmaduros y con nuestro comportamiento reforzamos una autoestima pobre basada en su incapacidad, así encontramos en el futuro adultos dependientes, egocéntricos, insatisfechos y poco creativos o espontáneos.

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Pero hay una buena noticia, podemos “aprender a vivir con niños”, es una gran oportunidad para deshacer los viejos bloqueos que nos acompañan ya que los procesos externos que vivimos con ellos rozan nuestros procesos internos, “pasar tiempo en el ambiente de los niños sin obligación provoca que nos percatemos del estado interno propio y del de los niños”, nuestra lógica infalible nos abandona, “cuando retrocede nuestro miedo latente se abre paso la confianza en la vida”.

Wild, sin ser taxativa, establece algunas pinceladas en nuestro proceder, nos insta a que respondamos las preguntas de los niños pensativos, tentativamente, como si nos hiciéramos esa pregunta por primera vez, así les ofrecemos la oportunidad de contraponer sus convicciones. También hemos de ofrecer un ambiente enriquecido con estímulos sensoriales que debe garantizar la libertad de movimiento y la atención humana, el niño no ha de estar solo. Subraya, además, el juego libre con objetos concretos como base de la experimentación y del aprendizaje.

Este libro me ha hecho soñar con una escuela nueva, también me ha entristecido, ilusionado, enfadado, en definitiva me ha movido en todo momento. No creo en gurús ni en verdades absolutas pero el pensamiento analítico que rema contra-marea siempre es bienvenido.

Os recomiendo este enlace, contiene videos sobre la escuela activa del Pesta, todo un hallazgo.

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La fascinación por lo temible

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Vampiro

Si tengo miedo ¿acaso huyo? Si tengo miedo ¿me escondo? ¿disimulo? 

Si tengo miedo, yo soy el más malo.

Este es mi gran descubrimiento, el típico “si no puedes con ellos, únete a ellos” o mejor, si no puedes con ellos se tú y no otro el objeto de temor.

Confieso que estuve preocupada, cuando leíamos un cuento, digamos Peter Pan, Marco quería ser el temible Capitán Garfio, que escuchábamos Pedro y el Lobo, sin duda, Marco era el lobo o casi peor, el abuelo que amenazante regaña. ¿Y qué pasó con el protagonista? ¿No quieres ser Pedro, no quieres ser Peter Pan? Ni hablar, eso no es tan interesante. Ya conocéis mi mente intrigante, empecé a darle vueltas, ¿se estaba gestando la maldad en él? ¿acaso era un morboso? Aquello debía tener un significado que se me escapaba.

Me remonté a través de sus iconos y el primero fue Humpty Dumpty, llegó antes que “el abuelo prokofiano” y si, su fascinación comenzó con el miedo que sentía por él. Humpty Dumpty, el huevo que se cae, se rompe, se daña, la herida, el dolor físico. Después vino su atracción por la reprimenda, por la coacción, por las consecuencias que tienen los actos, por lo que ocurre cuando contrarías a alguien, ya sea a propósito o accidentalmente. Durante meses jugábamos a que él era el abuelo, y yo el travieso Pedro que sale al bosque sin preocuparse de lobos ni demás alimañas.

Supongo que lo veis claro, pero yo seguía tejiendo. Cuando el bebé deja de serlo, comienza a elaborar su lenguaje y configura un mundo que poco a poco se llena de los significantes usados en su cultura, se abre un limbo de fantasía, su comprensión de lo que ve se acelera, colores, alimentos, personas… pero hay algo que no se ve, que se siente y que ha de colocar en esquemas apenas creados. Las emociones propias, las ajenas, el concepto de tiempo, el dolor, la muerte, la herida, lo moral, lo aceptable, lo peligroso, lo que podría ser pero no es, la condición, lo permitido, lo prohibido, lo desconocido, el temor, el miedo, el terror.

Con estas diatribas llegué a la maestra de Marco y ¡eureka! El miedo. El miedo se convierte en fascinación a partir de los dos años, es una actitud común entre los niños, “si tengo miedo del lobo, yo soy el lobo”, la manera de conocer lo que me desestabiliza es mirar con esas gafas, es vestir su piel, si soy quien muerde, no recibo el mordisco, tan fácil como eso. Quizás el niño con iniciativa y liderazgo, el que decide ser el tiburón en los juegos de rol es el niño que más miedo tiene, pero se le hace tan intolerable la posibilidad de sufrir que coquetea con ser el malo.

¿Reconocéis a estos niños? Muchos quieren ser caballeros y heroínas, pero ¿cuántos quieren ser el lobo, la bruja, el dragón, el tiranosaurio o el villano? Además se aprende por repetición, doy fe ¿cuántas veces seguidas es capaz de jugar a lo mismo un niño pequeño? Estamos en la fase del Tiranosaurio Rex, duerme con nosotros, ¡con esa cara y esos dientes! El juego de rol de moda en casa es que yo pasto con mis simpáticos dinosaurios herbívoros, y estamos felices, hay comida y luce el sol, pero de repente notamos que alguien nos acecha, ¡es el Rex! Aaaaaaarg ¡Qué miedoooo! Se nos abalanza y vuelta a empezar. Hasta el infinito. Necesita vivir esa sensación de control y eso hacemos, la vivimos, pero he de decir que el momento álgido del ataque es lo menos importante, es incapaz de comprender su verdadera magnitud, lo realmente importante es la preparación, esconderse en las sombras, agazapado, esperando el momento oportuno.

Es un mecanismo muy interesante de superación del miedo ¿por esto nos gustará tanto la literatura y el cine de terror? A mí, me fascina.

¿Y tú, eres el mas malo?

Si no lo eres cubre tus espaldas. Por si acaso.

The Slap. La bofetada

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The Slap (La bofetada), es una serie australiana de tan solo ocho capítulos, pero es de esas, de las que se engullen, una buena experiencia televisiva. Os diré que soy “seriéfila” y no es que sea un gran mérito en los tiempos que corren, pero es así, me encanta devorar series si cumplen unos mínimos criterios estéticos y de contenido.

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¿Y por qué traigo ésta al blog? ¡Pues porque tenéis que verla! Bueno, no solo por eso, la trama está enraizada con temas de crianza y sale a la palestra la violencia hacia los niños y la “crianza con apego” entre otros.

El planteamiento es la típica fiesta de cumpleaños dónde el anfitrión reúne a sus amigos, amigos dispares que provienen de diferentes esferas y que apenas se conocen entre sí. He aquí que nos topamos con una pareja “new age” con un niño de cuatro años que tiene la tarde movida y que no solo mina la paciencia del espectador, también erosiona el “saber estar” de uno de los asistentes que termina propinándole un buen guantazo en la cara. La polémica está servida.

La historia es contada desde la perspectiva de un narrador omnisciente que nos presenta a uno de los invitados en cada uno de los capítulos. El aborto, la infidelidad, la adolescencia, la homosexualidad, la crisis de los ’40, la crisis de los ’70, la inmigración… aspectos vitales y diferentes puntos de vista, todo cabe y como dice Hernán Casciari “el infierno son los otros“, la serie te deja ese regusto, cada uno de ellos está convencido de que tiene la razón, se levantan muros y se interrumpe la comunicación porque remover determinadas convicciones hace mucha “pupa”.

¿Y cómo es el niño de la discordia? Pues es un niño travieso, de cuatro años, que aún no ha interiorizado las normas socialmente aceptadas de propiedad, que llama la atención de los adultos, que hace ruido y que no comprende qué es perder en un juego grupal, ¿os suena? Y ahora viene lo mejor, cuando se aflige su mamá le mima, le contiene y le da “tetita”. Baste decir lo obvio, el retrato de un niño con pocos límites se mezcla con la crianza “con apego” o respetuosa, o como queráis llamarla, de manera peligrosa. Comprendo que se caricaturice al personaje para ganar dramatismo fílmico, pero la verdad, me da mucha pena lo mal parada que resulta la crianza a contracorriente.

La lactancia prolongada parece la excentricidad de una madre neurótica, de la que descubrimos oscuros secretos en el transcurso de la trama.

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La imagen es la de un niño extremadamente mimado que se cobija en el regazo de una madre desquiciada.

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Corregidme si me equivoco, pero la crianza natural no es habitual en el cine y con escarceos de este tipo tampoco creo que vaya a mejorar su imagen. Sin caer en maniqueísmos es perfectamente posible que una madre esté desequilibrada, practique la lactancia prolongada, trabaje fuera de casa diez horas o haga las dos cosas a la vez, que también se puede, pero asociar estos dos conceptos contribuye a construir un icono grotesco de la crianza con apego.

Otro tema es la violencia que se ejerce sobre los niños, de algún modo se atisba su justificación por lo inapropiado del  comportamiento infantil en cuestión y esto, perdonadme el atrevimiento, es inadmisible, hay muchos otros modos para guiar a los niños, por molestos que sean, un guantazo, cachete, bofetada, colleja, NO, esto NO. La violencia habla única y exclusivamente de los recursos del adulto, que en no pocas ocasiones son nulos. No contemplo el humor negro sobre el tema, ni lo justifico en modo alguno. Cuando la violencia aparece el único discurso que debemos elaborar en nuestra mente es el del arrepentimiento y el de la construcción de alternativas. Entre nosotros, los adultos, es muy fácil compadrear, empatizar y “perdonar”nuestros deslices, pero con esta actitud sólo perpetuaremos los cultivos de agresividad que nos asolan por dentro y por fuera.

Estas son las palabras que Casciari pone en boca del protagonista cumpleañero: “En el fondo tú piensas que la criatura se estaba mereciendo un correctivo, pero también piensas que nadie tiene por qué pegarle a un niño ajeno. Piensas que la bofetada era necesaria porque el niño era insufrible”. NO Hernán, no era necesaria, hay otras opciones, pero lo triste es que ésta no es una opinión aislada. Revisitar nuestras convicciones acerca de los correctivos a los niños es de necesaria urgencia. Quizás sea demagógico pero volved a leer el texto entrecomillado y cambiad la palabra criatura por la palabra esposa. !!!