Archivos Mensuales: abril 2014

El cambio de armario

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Urgar en los armarios te devuelve lo guardado, el ayer al hoy, ahora. Con el cambio de estación desanidas lo anidado, con esmero o con descuido impúdico se te revela.

Tu cuerpo grande y también el pequeño, prendas premamá, también postmamá.

Camiseta brillante, la que usabas cuando la noche era una posibilidad. Tus Converse verdes, pantalón de yoga y hasta de capoeira.

Ahí están todas ellas, las que son y fueron, debiste deshacerte mucho antes de las pruebas.

La eterna estudiante, curso de cine, pintura de tardes.

La dura y oscura, tatuaje de brazo, raya en el ojo.

La eco-new-age, verde, color y fantasía.

La embarazada orgullosa, la madre lactante, embarazada lactante y madre orgullosa, que a veces se oculta, que a veces ni se ve, ¿qué se ve y quién lo ve?

Es ridículo verte en ellas y no encontrarte en ninguna.

La maternidad te horada en lo más profundo y tras regurgitarte te arroja en un nuevo limbo.

Siento que el atuendo es frívolo, pero los objetos a su vez nos representan, o quizás no,  qué se yo.

Me siento más sabia pero no lo suficiente.

Me miro y no me veo, me intuyo.

Es difícil estar y no pertenecer.

La famosa mochila en aras de confundirme, la miro a la cara pero ríe más fuerte.

Me conozco hermosa pero me inclino sobre mis hombros.

Busco el suelo, me marchito.

Pesan mis párpados, pesan mis pómulos.

El cambio de armario o una buena fogata.

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Crónica de un asesinato anunciado

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A veces necesitamos a un niño cerca para darnos cuenta del grado de violencia al que estamos sometidos y acostumbrados. Elevamos el tono de voz con falicidad, nuestro repertorio de tacos es florido y el uso del sarcasmo es un habitual, pero cuando un niño anda cerca tomas conciencia de que te puede malinterpretar, la ironía o las bromas sarcásticas están fuera de lugar, demasiado artificio. “¡Qué cabrón, qué bien te lo montas“.

Esta violencia es representativa de nuestro adulto-céntrico mundo pero no es la única. ¿Qué ocurre cuando la propia cultura es violenta? ¿Qué ocurre cuando la religión imperante está representada por una persona crucificada? Esto es, un hombre clavado en una cruz, con clavos si, de hierro, sangrante, torturado, derrotado. Nosotros ya sabemos lo que pasa, hemos decidido que categoría le asignamos, si mito, si símbolo cultural, artístico o de fe. Pero ¿y los niños? ¿cómo le explicamos a un niño curioso y sensible, de tres años, el tinglado que se monta en su ciudad esta semana? “Semana Santa, semana de Pasión”.

No es fácil evitar el tema, bares y escaparates están llenos con los pósters que promocionan las cofradías y seamos francos, no anuncian aceite de oliva, muestran imágenes de hombres maltrechos y moribundos y mujeres que lloran amargamente. Quizás para nosotros no signifiquen tanto de pura habitualidad pero repito, para un niño de tres años se abren grutas de imaginación oscuras y terroríficas.

La imagen que ilustra este Post está tomada en la puerta de casa y atrae al niño como a un imán. Cristo es para Marco “Jesús que tiene pupa” y la Virgen es “la mujer que llora”. Intentamos dar respuestas sencillas pero sinceras a sus infinitas preguntas pero no queda satisfecho. Recuerda las procesiones del año pasado, las que vimos de lejos porque le aterraba el ruido de los tambores, lo relaciona y todas las noches antes de dormir vuelven las preguntas: “¿los tambores no entrarán en casa? ¿tampoco los escucharemos en el cielo? (imagino que eso es a lo lejos) No quiero que vengan, me da pena, me da pena el Jesús que tiene pupa, ¿le duele? ¿y se va a curar? ¿y quién le ha hecho pupa? ¿y por qué? pero… ¿los tambores no vienen no? ¿tú les pegas a los tambores para que no me hagan daño?”

Y es que si lo pensamos tanta pasión no es apta para cardíacos, ¿qué es la cuaresma, año tras año, sino la crónica de un asesinato? Las manifestaciones culturales del pueblo son lícitas pero invasivas y no somos conscientes del grado de violencia y dolor que muestran. No comprendo como en tantos y tantos colegios de Andalucía se realizan procesiones de infantes, entiendo que los niños son hijos de su cultura pero igual que le pongo a Marco los dibujos de Pepa Pig y no Walking dead, no comparto esta inmersión prematura con determinados aspectos de la vida como es la tortura y el asesinato. Basta de asustar a los niños de ese modo, o lo que es peor, inmunizarlos ya frente a la barbarie. Una cosa es imaginar que el lobo se come a caperucita y otra bien distinta es contemplar el rostro sangrante de una persona que muere mutilada.

Otras culturas antiguas fueron particularmente escabrosas, como los mayas, pero eso no las/nos exime de reflexión y auto-crítica. No reniego de mi lugar en el mundo, la Semana Santa ha alumbrado grandes obras de arte como las pasiones de Bach por citar solo un ejemplo y entiendo que la muerte, la pena y la angustia son circunstancias humanas, pero reniego de la invasión del espacio, invito a la reflexión y califico a mi cultura, o parte de ella, como sanguinaria y extremadamente expansiva, afectada y subrayada.