Archivos Mensuales: noviembre 2014

Celos II: las etiquetas.

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Necesitamos categorizar el mundo, las palabras nominan lo que percibimos de nuestra realidad, pero son insuficientes, son parciales y son traicioneras, muy traicioneras. Estoy  hablando de las PALABRAS-ETIQUETA y del modo en el que nos pueden hacer sus prisioneras.

¿Cuándo usamos las etiquetas? Cuando definimos y cuando comparamos, y en este contexto las traigo, las etiquetas entre hermanos, las etiquetas que pueden acentuar los celos y encorsetar personalidades.

Es de lo más habitual decir este tipo de cosas: “es tan nervioso por las noches, no duerme bien, en cambio su hermana lo hacía del tirón desde los cuatro meses”, “el mayor come de todo, ¿pero el pequeño? es caprichoso y sólo bebe leche”, “ella es tan sociable, sin embargo él, pobre mío, es tímido, no saluda, se esconde detrás de mí”, ahora mi favorita “el niño es listísimo, pero muy vago, ¿su hermana? muy trabajadora, le cuesta, pero como trabaja tanto…”, o esta “las niñas son más habilidosas, qué buena psicomotricidad fina tiene la mía, pero los niños… torpes con las manos y tan brutos…”

Podríamos seguir enumerando, quizás recordéis con dolor las vuestras. Yo era “¡tan responsable y estudiosa, una niña de diez!”. Y si para mí era una carga mi propia etiqueta, imaginaos para mi hermana, suerte que nos llevamos bastantes años. No sé por qué, pero una vez que nos definen nos esforzamos muchísimo por cumplir esa expectativa, ya sea en virtud o en defecto: “si soy un niño malo y se espera de mí que no comparta o que pegue a mis amigos, no decepcionaré a nadie, no hay sorpresas, esto es mío o ZAS!

No puedo soportar el extendido uso de este niño “es un bicho”, o “eres un niño malo”, desde que somos bebés nos estamos juzgando unos a otros. Pero si hay un “niño malo” también ha de haber un “niño bueno” y esto no es necesariamente mejor. Para un niño recordar continuamente lo bueno (obediente, sumiso y a-problemático) que es, también le encadena, merma su capacidad de reacción para defenderse. Esto también me pasaba a mí y debo admitir que había una especie de placer al comprobarte absolutamente bondadosa, a pesar del tirón de pelo recibido, porque después siempre encontraba el abrazo reconfortante, “pobrecita tan buena y tan dulce, ven cariño que yo te arropo”, de algún modo merecía la pena.

¿Qué sucede con los hermanos? Que la etiquetas vienen a pares y antagónicas, obediente-desobediente, aplicado-vago, sedentario-deportista, tímido-extrovertido, listo-tonto, frío-sensible, cariñoso-desapegado, bueno-malo… víctima-verdugo, y ésto si que no.

No se a vosotros, pero a mi se me cuelan algunas etiquetas por los rincones y ya me he plantado. Liberemos a los niños. Vamos a reparar en un ejemplo cotidiano, un niño que empuja a otro:

“Eres un pegón, eres malo, eso no se hace” Y “pobrecita mi pequeña, ¿te duele?” Estamos reforzando las etiquetas de agresor y agredido, de víctima y verdugo y hemos de considerar que lo que practicamos en casa es lo que vuela fuera, formando parte de la personalidad que se va gestando. No queremos ni víctimas ni verdugos.

La situación es injusta para la víctima, pero confiamos en que se podría resolver de otro modo, esto es: “Dile que no quieres que te  pegue, que te hace daño” y “estoy segura de que la próxima vez podrás resolverlo de otro modo, yo se que eres amable, ¿pensamos una solución juntos? ¿qué se te ocurre?”. No hay víctimas, no hay verdugos, o al menos en teoría.

Otra etiqueta que por su simplicidad puede pasar inadvertida es la de mayor-pequeño, el concepto de primogénito, el del medio o el de benjamín, en sí mismo encierra unas características de personalidad concretas, ¿por qué el mayor ha de ser el más responsable? ¿20 meses de adelanto se pueden traducir en un modo de actuar para siempre? ¿o por qué el más pequeño ha de ser más mimado o dependiente? ¿y el del medio, libre o ignorado, siempre pugnando por su lugar? Los padres podemos condicionar más de lo que pensamos.

Ahora el juego consiste en ser creativos para liberar a los niños de sus etiquetas, eliminar los NUNCAS y SIEMPRES de nuestro vocabulario, ofrecerles alternativas, ya sabéis, también paciencia y bla-bla-blá.

¿Pero y los adultos? todo esto está muy bien para los niños, ellos tienen una mente plástica, en movimiento, en plena ebullición… Pero ¿y nosotros? ¿y nuestra pareja? ¿y nuestros amigos y familiares? Liberémonos todos de las etiquetas, atrevámonos a ser y confiemos en los demás. Ejemplo: “siempre estás cansada a estas horas, no se puede contar contigo después de la cena, eres aburrida, tienes poca batería” a “veo que hoy estás cansada, ¿puedo ayudarte de algún modo?, seguro que mañana nos animamos a ver una película después de dormir a los niños”. Creo que esta actitud es más creativa, ¿os animáis?

POR UNA ABOLICIÓN DE LAS ETIQUETAS

Para saber más: Las terribles consecuencias del “efecto pigmalión“.

¿Y tú? Do you speak english?

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Marco mano englishHoy os traigo una pequeña historia que habla de expectativas, y es que os voy a hablar de nuestra particular relación con el inglés en casa.

Hasta no hace mucho, el gran objetivo de toda una generación de padres era que sus hijos estudiasen una carrera, que sus hijos fuesen a la universidad, sin embargo, los padres contemporáneos esto ya lo damos por hecho y lo que esperamos son universitarios bilingües, mínimo. (Lease este texto con cierto tono de ironía, pero solo con “cierto tono”).

Nuestro plan de ataque fue el siguiente, Marco solo veía la televisión en inglés, cuando la veía, hasta casi los tres años. Alrededor de sus ocho meses, una jovencita de confianza, con perfecto inglés americano, venía a jugar con el pequeño un par de tardes a la semana y aunque aún no hablaba respondía perfectamente a los estímulos en otro idioma. El tiempo pasó y nuestro tesoro de confianza voló libre, se hizo azafata de vuelo y nos dejó sin nuestra primera inmersión inglesa. Era difícil encontrar otra nativa/o en la que confiáramos y nos aventuramos en una Escuela de inglés que comenzaba con un proyecto en el que los bebés asistían a las clases en compañía de sus padres (dos años tenía mi rubio y como ya sábeis no estaba escolarizado). Ésto funcionó muy bien, el niño nos sorprendía con vocabulario nuevo a cada momento, pero el grupo no era costeable para la Escuela porque sólo contaba con dos alumnos, y una baja supuso la extinción del grupo. Había otro grupo de la misma edad, pero sin padres, sospecho que para ellos era más provechoso hacer la compra mientras tanto, la cuestión es que lo probamos y a la tercera clase fue inviable, sólo acercarnos al perímetro de la academia suponía un llanto desconsolado.

El tiempo fue pasando y su contacto con el inglés era algún cuento, algunos dibujos y compartir alguna siesta en el sofá al sonido de un cine en versión original.

Este verano fuimos de viaje al país de Gales y los niños experimentaron la inmersión linguísica. Maia aún no habla, razón por la que utiliza otros medios para comunicarse, pero Marco deseaba hablar y jugar con otros niños y adultos y se topó con la temida barrera lingüística, a veces se enfadaba de pura frustración y otras lograba una suerte de mímica suficiente para reír en compañía durante un ratito.

La conciencia sobre los idiomas fue profunda por parte del niño, me pedía hablar en inglés, ver la televisión en inglés y tenía muchas preguntas acerca del fenómeno lingüístico, de manera que decidí, unilateralmente, apuntarle a clases de inglés en una fantástica escuela de método revolucionario, con profesores nativos, donde se descalzan, saltan, se mueven y no tienen ni sillas. Pero… no deja de ser una actividad extraescolar en un contexto de adaptación al colegio. Si, más leña al fuego. Lo sé, “he pecado” y encima me enfadé y frustré cuando no funcionó.

Marco fue a la primera clase, con cierta expectación y ya no fue a más, me dijo: “Mami al cole si voy, pero al cole de inglés no quiero, me duele el corazón, te echo de menos y quiero estar contigo en el parque”. Lo sé, es un amor y encierra más sabiduría que yo en un millón de años. En mi obcecación, lo intenté un segundo día, era un lugar tan estupendo…, así que lo volvimos a negociar, seguía en sus trece y no lo quise forzar. Volvimos a casa sin hablar y con velocidad frenética, lo dejé con su padre y me fuí a tomar un café muy azucarado. No dejaba de escuchar en mi cabeza: “se cerrará la ventanita, todo el esfuerzo será en vano, no será bilingüe, ni tendrá buen acento inglés, será un español de la media, osea, “como yo”, esto era el apocalipsis, se me revelaba la verdad en mis narices y seguía sin verla.

Suerte que la tarta de zanahoria funcionó, bueno, eso y algunos whatsapps bastante sabios: “¿qué quieres, un niño que sepa inglés o un niño libre?” CATACRACK algo se rompió dentro de mí.

El problema, como siempre que hay una expectativa, es que la necesidad de saber inglés es propia, y también el complejo ¿por qué no decirlo? Quizás debería matricularme yo en Inglés Divertido, esto es así. Los españoles tenemos demasiado complejo con el inglés, pienso que ya es hora de abrazar nuestro propio acento, nuestras particularidades con la lengua británica y potenciar su valor comunicativo por encima de cualquier otra cuestión. A veces el sentido del humor castellano, ése humor negro, ésa sorna cuando algún famoso habla en inglés nos hace un flaco favor, después nos sentimos ridículos, y para los andaluces que además no pronunciamos las eses se hace aún más impostado.

He de andar mi propio camino, mis pasos no son capitales para mis hijos, ellos han de manejar sus propios hitos. Así nacen mis nuevos objetivos: sacudir las telarañas a mi inglés, aceptar y acompañar a Marco y Maia en sus necesidades, proponer para después adaptar a sus respuestas y bueno, lo más importante, amarlos más allá de mis expectativas, sin condiciones, verdaderamente sin condiciones.

El próximo “plan de ataque” es practicar “nuestro inglés” en casa, cuentos y canciones, así, castizos, cantadas y contados por no-nativos.

¿Y vosotros? ¿Tenéis un plan de ataque o de no-ataque con el inglés?