La madre que siente

Estándar

la esperanza

A veces se abre el suelo bajo mis pies, un abismo. El vacío, el caos, lo desconocido, lo temido, lo no vivido.

Entonces quiero ser esa mujer que podía elegir qué hacer, llorar, gritar, bailar, girar, dormir o fingir hacerlo.

Libre de sentirme desproporcionadamente triste, o desproporcionadamente preocupada, o desproporcionadamente loca.

Ese placer que da sentir los extremos, comprobar que estás vivo, que no eres postiza.

Cuando la cabeza te va a estallar de tanto llorar, cuando tu craneo se quiere independizar de un modo físico, cuando la sien aprieta.

Ahora que no puedo entregarme a un estado cuando me apetece, lo añoro, no estaba mal, me deslizaba por el tobogán de las emociones y las vivía, las exploraba, me cansaba de sentir y volvía a empezar. Tan tangible, tan salvaje, tan vital.

Partidaria de masticar lo que vives, de digerir la experiencia. Sin miedo al dolor, sin miedo al llanto, atravesar los ethos, transitar los pathos, sin vergüenza, con valentía. Porque sentir no te hace vulnerable, te hace sabia, te hace.

Hoy me mueve un cóctel de miedo, de esperanza, de procesos de espera, de resultados e hipótesis. Cuando el apellido de una palabra puede cambiar el curso de las cosas. Cuando imaginar es más doloroso que cruzar, o quizás no.

Estás de mal humor, quieres poder estarlo. Quizás es rabia, quizás es ira, quizás temor.

Puede que llores, te rindas y entonces se acerque tu bebé “ya está mami, ya está” y quieres llorar aún más, pero tragas saliva, asumes tu condición de mujer-madre, las emociones tienen que esperar su turno, el nudo aguarda mientras trabajas, el nudo aguarda mientras los niños te rodean, pero la madeja encontrará su espacio para rodar ligera.

Los procesos son diferentes cuando eres madre, es indudable que cuando eres responsable de alguien pierdes libertad, las prioridades cambian.

Sigo buscando mi “habitación propia”, que mis hijos sepan darme espacio igual que yo a ellos, no sentir vergüenza por mostrar, ni sobrecargarles con lo que no es suyo, ese equilibrio, ese preciado equilibrio que da la educación emocional.

Soy esa madre que siente, que a veces llora, que otras aguarda su momento y la que otras olvida por qué estaba triste, ésa si es una ventaja de la maternidad, no hay tiempo y has de seleccionar qué cosas merecen ser sentidas y cuales no tanto.

Puede que esa selección sea una mera ilusión, pero me gusta tanto pensar que controlo y protagonizo mi vida…

Soy esa mujer que siente.

 

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  1. Silvia, preciosa, eres puro sentir… desearía ofrecerte un espacio para dar rienda suelta a tus emociones, sin controlarlas, sin juzgarlas ni juzgarte por ellas. Hay momentos muy difíciles y frágiles. Me reconocozco en algunas de las sensaciones que transmites… A mí me gusta cuando el caudal encuentra por donde salir, sea una grieta por donde fluir o sea un torrente arrollador.
    Te abrazo y te acompaño.

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