Archivos Mensuales: abril 2015

No llores

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¿Qué es el llanto? Quejido del alma, agua dolorosa, materialización del sentimiento, cuerpo que se comunica y ya deja de intuirse para mostrarse. Le damos la vuelta a nuestra piel, no podemos contener más, empujamos el dique y el agua se desborda.

El recién nacido de piel transparente, sin mas subterfugios ni palabras clama presencia y necesidad con su llanto, sin agua, llanto seco y penetrante, provisto de cualidades que lo hacen visible y urgente. Sin embargo este llanto primal, que tanto nos molesta, ya es inaceptable en nuestra sociedad, aprendemos a obviarlo, “quiere brazos, déjale que ensanche los pulmones, no lo malcríes” y así comienza la rueda del olvido, la rueda de necesidades desatendidas, la rueda de frustración. Pero no es cierto que aprendamos a ignorar el llanto, aprendemos a paralizar nuestra respuesta natural y eso nos rompe por dentro.

Después viene el llanto de niños pequeños, ésos que ya saben expresar de mil maneras, con miradas, gestos y hasta palabras. Este llanto también nos molesta, pensamos que les hace débiles, “no es para tanto, no pasa nada”, pero los débiles somos nosotros, incapaces de empatizar buscamos una solución rápida, con urgencia, nos ponemos nerviosos, enfadados, puede que furiosos, “¡No llores!”

¿Conocéis la sensación? Llegas tarde, tu bebé de dos años tiene sueño aún, y llora, un llanto tenue y constante, no quiere que lo vistas, no quiere calcetines, no quiere pañal limpio, no quiere chaqueta, los minutos pasan, te desesperas, alzas la voz “¡Venga ya!”, ahora el llanto no es tenue, se enciende, es llanto ofendido, llanto traicionado, te enfadas más aún pero no dices nada, solo te mueves de manera enérgica, os alejáis emocionalmente. La rueda debe parar, la incomprensión que nos dedicamos debe parar, no son los lloros los que han de parar, son las razones que los producen, el concepto de tiempo, tan ajeno a los niños, y la frustración, tan familiar para el adulto. Limitar la brecha y extender puentes que transitar. Sería ideal disponer de paciencia infinita acompañada de una comprensión honesta, de esa mirada hacia el “otro” tan necesaria, pero el plano de las ideas solo puede ser eso, inspiración y no imposición. Quizás esa incomodidad que sentimos cuando los niños lloran es evolutiva, mueve nuestros resortes y nos hace reaccionar, sería oportuno pensar en ello, después del incidente, con calma, averiguar que parte de nosotros se estresa para calmarla sin culpar de nuevo al “otro” por su inmadurez. Nosotros somos los adultos y nuestro trabajo es guiar a los niños sobretodo con ejemplo.

¿Aceptamos el llanto? Ya no hablo de las emociones de los niños. ¿Aceptamos el llanto adulto? Unas veces nos da vergüenza que otra persona llore, “¿cómo consolarla? que acabe rápido”, algunas otras nos parecen ridículas o exageradas, puede que hasta nos hagan enfadar, provoquen piedad en nosotros, avancemos para abrazarlas, contenerlas, escucharlas; o quizás no podamos dejar de hablar, de dar soluciones, de no aceptar la explosión emocional, de querer arreglarlo todo.

Llorar es un tabú social, si eres un artista, o “una mujer” igual se te “perdona”, porque bueno, va integrado en el pack, sin embargo, ¿qué nos distingue de los demás animales? La inteligencia y las emociones, una vaca no llora ni pinta, pero una persona si. Pienso que anular una parte tan importante de nosotros trabaja en nuestra contra, introyectamos los sentimientos “incómodos” hacia dentro comportándonos como algo que no somos, autómatas, no nos damos permiso para sentir de verdad, para sufrir de verdad, para superar de verdad aquello que nos atenaza. La alfombra está sobre una mole mugrienta. ¿Intentamos barrerla aunque se nos estropee un poco el peinado?

Llora, llora todo lo que quieras hasta que se te sequen los ojos y solo brote la sal.

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Maia va al cole

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Hoy vengo dispuesta a mostrar un poco más mi humanidad. Ya hace casi dos meses  que Maia ha empezado un nuevo camino, está escolarizada, asiste de lunes a viernes a un taller matinal de dos horas y media sin padres, podría llamarse guardería a efectos prácticos pero nosotros no lo sentimos así, es “otra cosa”.

Mi viaje interno en este sentido ha sido agitado. La iniciativa la tuvo su padre, principal cuidador de Maia por las mañanas y tuvo miedo para plantear el tema, noté sus titubeos, sus rodeos, su miedo a mi respuesta, estaba a la defensiva esperando mi ofensiva. Entonces me di cuenta de lo dogmática que debo ser, no soy la propietaria de nadie, salvo de mí misma y una mirada mas abierta era necesaria en ese momento. Por aquél entonces comencé a pensar en la figura del padre y me salió este Post, acompañar a una mamífera empoderada no ha de ser sencillo, eso seguro, y a final de cuentas yo no he renunciado a mi trabajo es él el que tiene una reducción de jornada para hacerse cargo de su hija. Solté lastre, accedí pero me desentendí de la adaptación, mi cara contaba historias, “la llevas al matadero”.

¿Cómo reaccionó Maia? Él lo podría contar mejor, pero se despedía y se quedaba jugando aparentemente bien. Nos cuentan sus maestras que al principio observaba mucho y participaba poco. Después cuando la recogíamos tenía grandes rabietas, se enfadaba y lloraba, un día más de cuarenta minutos, tenía que expresar su malestar, estaba contrariada porque la habíamos dejado sola. La primera vez que yo la llevé, entonces lloró al quedarse, la puerta se cerró y podía escuchar cómo me llamaba, me fui desolada. Ahora sí, culpaba a su padre con la mirada, con ciertos comentarios, estábamos estropeando nuestro tesoro, habíamos sucumbido, no sé bien a qué, muy dramático, mis confidentes escuchaban los relatos de rabietas que les traía, las rabietas de todos.

Siempre he pensado, aunque esto ya lo sabéis, que los niños intuyen nuestras emociones y las hacen propias, somos sus referentes y yo no estaba convencida, me sentía culpable, tenía miedo. Si la experiencia de separarse de sus figuras de apego es complicada para una niña de dos años, sentir el temor materno lo hace aún más difícil.

El día del llanto fue el quinto día, el viernes, durante el fin de semana nos alimentamos de presencia, de teta, de leche, de cuentos, de caricias, de risas y como por arte de magia todo ha ido como la seda desde entonces. Maia no ha enfermado ni un solo día a lo largo de estos dos meses, va contenta, me habla de sus compañeros, de sus maestras, de sus juegos; en casa escenifica la partida, coge su mochilita y se despide contenta, todo un milagro.

Mi cerebro digiere esta información, me siento feliz y tranquila con el paso que hemos dado, ¿qué hemos ganado? algo de tiempo, poco, pero el suficiente para encontrar algún desayuno romántico, organizar las comidas con sosiego, lectura u horas de estudio que ya tocaban.

¿Qué gana Maia? Algo de independencia, juegos diferentes, compañías diferentes, estoy encantada con el lugar, ocho niños, a veces diez de cero a tres, juntos, dos maestras, a veces cuatro a la vez. Tienen mucha atención y se relacionan con niños de diferentes edades. Maia adora a sus compañeras bebés, las de menos de un año, porque ella a su manera también es un bebé, y admira la pericia de los mayores. En serio, es un lugar maravilloso, con especial atención al desarrollo armónico psicomotriz. Pensaréis que estoy loca pero ahora empiezo a pensar que ese proyecto habría beneficiado a Marco, que no se escolarizó hasta comenzar el cole y le costó muchísimo. No hay manera de saberlo, no podemos retroceder en el tiempo y una cosa es segura, cada niño es diferente y las circunstancias que les rodean también. Hemos de escuchar a nuestros hijos y responder a sus necesidades de expansión o de fusión hasta que ellos mismos se sientan seguros para avanzar. Maia florece como la primavera, Marco necesitaba sentirse seguro porque su hermana acababa de nacer y ya eran suficientes cambios para él. Así lo siento en este momento.

Hay tantas soluciones como familias y cada vez detesto más los dogmas, quizás sólo me quedo con parte del lote de la crianza con apego, pero no podemos encadenarnos a una idea, debemos hacer honor a la característica esencial del cerebro humano, su plasticidad. Sí con principios, no con imposiciones.

Nota: si os interesa conocer el proyecto educativo del que hablo, contactad conmigo.