Archivo de la categoría: Puerperio

Cuando las crisálidas vuelan

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Por fin me siento ante la pantalla, cristal que me refleja y que os devuelve mi imagen, una imagen. Este largo paréntesis del blog, el más largo, no responde a una crisis de la palabra o de mi persona, es más bien que se amontonan mis prioridades sin que por ello sea capaz de decidirme o reconocerlas. Esta situación debería ser interpretada, y es que creo que ahora si, ahora el puerperio no es mi realidad, no se cuando dejó de serlo pero mi persona despierta paulatinamente, cada una de sus facetas luchan por florecer y expresarse, el pasmo maternal en el que me cobijaba, el nido que habitaba se ha terminado de desenroscar.

Recientemente me acusaron de este modo “tienes muchos proyectos parece que te falta oxitocina”, mis sistemas de alarma saltaron, ¿cómo podía ser posible? ¿el centro de mi mundo ya no eran mis bebés? quizás mis bebés ya no lo eran tanto, quizás tengo la ilusión de que me despego de ellos y posiblemente sean ellos los que se desprenden de mí. Ayer fue la primera vez que no los recogí del cole, y no hubo drama, venían contentos, qué tontería ¿no? pues claro. Pude comprobar dos cosas, me apetecía hacer otra cosa y además no era necesaria la culpa, nadie sufre.

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Un año como mamá de dos

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Un año como mamá de dos. Respiro profundamente y abro mi me memoria para vosotros.

La maternidad real, esa que tiene sombras llegó cuando mi cuerpo albergaba a Maia. El acto de amor más intenso, el descubrimiento de las verdaderas necesidades de bebés y niños, mi revolución del amor, aquella que remaba a contracorriente, la que deshacía mitos, la que viajaba a la esencia humana, al instinto, dónde encontraba las respuestas, todo aquello era tan sublime, me hacía tan feliz que no pude parar, quería más, quería dar más, quería recibir más, quería otro bebé.  Pero no encontré un bebé, encontré tres conmigo y ya nunca era suficiente. La mujer empoderada, el nuevo hallazgo de madre que había en mí estaba insegura, había de cuidar a un niño de dos años, a una recién nacida y a sí misma confundida y sedienta.

Debía pedir ayuda, lo hice y la encontré. He tenido la gran fortuna de contar con personas que no me han cuestionado y que me han regalado su presencia cada día. He leído mucho sobre “la tribu” y la importancia que tiene para criar a un niño pequeño, mi pareja y yo habíamos contado con ella pero no era una necesidad tan acuciante, sino más bien un extra, pero con dos cachorros la manada era, y es, un imperativo. Por un tiempo pensé que la situación era un fracaso, pero ahora veo la riqueza de la diversidad de referentes, esa tribu que empieza por una pareja que co-materna y que suma a otras personas que con su amor y su mirada participan en nuestro núcleo familiar, aportando la alegría y la frescura que en muchas ocasiones nos falta.

Este año me ha mostrado varias lecciones, he comprendido mis límites, he vivido el agotamiento y he visto en el espejo cómo lo que imaginaba era distinto a lo que después mis dedos acariciaban. En el proceso me sentí pequeña, me sentí víctima de mí misma, de mis delirios de súper-mamá, abatida y fracasada. Tuve miedo de quedarme sola con mis dos hijos, no soportaba la idea de que llorasen a dúo, de desbordarme, de llorar con ellos, de perder la paciencia, de enfrentarme a mi monstruo, de no encontrar la empatía, de no tener ocurrencias imaginativas que resolvieran los conflictos. Como una niña perdida grité auxilio y de forma mágica, durante meses, siempre tuve compañía a la hora de dormir a los niños, para las siestas, para las noches, siempre conté con alguien que contuviera a Maia mientras yo acompañaba a Marco. No hubieron largas tardes, o mañanas de aburrimiento para un niño inquieto junto a su madre y la bebé apéndice. Encontré el tiempo de intimidad para vincularme a Maia, las horas de teta, las horas de porteo, las horas de nana que un bebé necesita. Nos mecimos y nos miramos a dúo, nos mecimos y nos miramos a trío. Diez meses de lactancia en tándem y mucha cama compartida.

En no pocas ocasiones la sensación ha sido de que siempre fallas a alguien, o a los dos. Pero las sensaciones son sólo eso, hay que reconocerlas y mirarlas a la cara para dejarlas ir. Poco a poco he ido ganando valentía, el sueño ya nos encuentra juntos, el juego es compartido y lo que yo imaginaba de la maternidad múltiple va ganando terreno de luz. Dejo ir a la Silvia que se victimiza y acojo a la que se hace responsable sin miedo ni angustia. El colmo de una mujer egocéntrica es convertirse en madre, la culpa se alza por tus pantorrillas y no dejas de ver a tus hijos en el diván, parloteando sobre los grandes errores que cometió su progenitora, las malas decisiones, los malos ratos. Esta actitud es inmóvil, sólo me conduce al drama y encuentro mi segunda gran verdad: aceptar y acepto; fluir y fluyo. No puedo controlar pero me puedo adaptar. Ninguna organización me asegura una hora de dormir constante, un espacio personal, otro tiempo con mi pareja, no puedo asegurar ni predecir nada, lo puedo intentar y después, solo me queda eso, aceptar. Este año como madre de dos, más que nunca, dejo de pelear, entiendo la naturaleza pasajera y acojo lo que no me gusta, o lo intento. Compruebo que no soy perfecta, que mis hijos tampoco son modélicos, ni de apego, ni sin apego, sólo son, y para culminar mi resumen os diré que mi relación de pareja debe ser fantástica, porque sobrevive a la espiral de emociones, nos encontramos, flotamos y nos volvemos a encontrar.

Ser mamá de dos es una experiencia absolutamente brutal. No tienes opciones, debes agarrar la tabla que flota y aprender y absorver todo aquello que te conecte contigo misma para después devolverlo. No cambiaría nada, cada hecho ha tenido su función, atesoro mis experiencias y las escribo para no olvidarlas.

Y tú, ¿cómo llevas la maternidad múltiple?

¡Participa en el carnaval de blogs sobre la bimaternidad!

Los ojos que dan

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Tengo un subidón brutal de oxitocina.

O puede que sólo sea que estoy contenta, siento una corriente eléctrica por mis brazos, por mis piernas, por mis dedos… Pareciera primavera.

Y es que preciosas y esperadas vidas comienzan a asomar con su dulzura, dónde miro hay emoción por la inminencia o alegría por la certeza.

Mujeres bellas me brindan sus ojos que son ventanas.

Encuentro en la bandeja de entrada hermosas cartas de palabras limpias, resuenan sus vivencias en mi interior y su sabiduría ahonda en mi conciencia.

Me siento acompañada y valiente para conocer más y más.

He vuelto al círculo y he sonreído con mis comadres.

Regreso a casa y pienso en aquellas otras que también están conmigo, allende los mares, allende los kilómetros, a un click de generosidad compartida.

La sensación es de ofrecer, de dar, de estar, eso quiero, eso hago y lo mejor es la sorpresa, lo mucho que se encuentra en otros ojos, en otros oídos, en otro corazón.

La energía que me movió a abrir el blog vuelve con fuerza, el astío que me atravesaba me abandona por fin. Este viaje interno ya me transforma y me expande, me devuelve de nuevo, igual pero siempre diferente.

Tengo ganas de reír, de contar, de imaginar. Confío, relativizo, dejo correr. Acepto, sonrío, veo la luz, atravieso las tinieblas, me despido de mi baby-blues, me reencuentro, me saludo y saludo.

Ya no tengo miedo a mi prosa, a mi canto, a mi “flower-power”.

Gracias por estar y ser. A los de carne y hueso, a los de carne y banda ancha, a las hermosas valientes y a los valientes por ser hermosos. Afortunada por vuestra presencia, porque siempre comentáis mis desvaríos, no los comentáis, los compartís y los dejáis pasar. Gracias siempre gracias.

Destete

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la fotoÉste es uno de esos Post que cuesta, de los que escribes y re-escribes en tu cabeza sin valentía para publicarlo ni teclearlo. Este Post es sobre el destete. Experiencia tremenda que ha llegado a nuestras vidas.

La lactancia es una forma de vida, es un modo de criar que habla de disponibilidad, de amor, de comunicación, de entrega, de consuelo, que nutre, que nos nutre, que inmuniza y minimiza. Pero ¿y cuándo se acaba? ¿cómo se acaba?

En mis pronósticos cuando mis hijos quisieran, cuando estuvieran preparados, de forma progresiva, orgánica y pacífica. Abanderé y abandero la lactancia materna, no dejaré de escribir entradas que promuevan sus beneficios y denuncien los efectos de la desinformación, el rencor de los “no practicantes” y la desnaturalización del cuerpo femenino.

Por éstas y por otras muchas razones me resulta tan duro hablar de mis flirteos con el destete.

La alegría que supuso la llegada de Marco a nuestra vida, la plenitud que sentía, el modo en el que me descubría y reafirmaba como persona y mujer me alentaron a quedarme embarazada de nuevo y vivir una crianza doble. Una llama de confianza y deseo; quería construir una familia de cuatro, con tándem en todo, lactancia, colecho, porteo si era preciso, amor y caricias multiplicadas. Y así fue; pero lo que era confianza se tornó en duda y agotamiento. El famoso “puerperio de sombras” postulado por Laura Gutman me golpeaba en la cara con mi segundo hijo.

La Agitación del amamantamiento llegó para quedarse en el segundo trimestre de embarazo, cuando Marco contaba dos años. Por etapas, cada toma se hacía más dura que la anterior y nuestro camino ya no era más un sendero, subimos y bajamos montañas, escalamos escarpadas paredes y nos deslizamos también por hermosas laderas.  Noe del Barrio lo explica a piel descubierta en esta entrada, que siempre me emociona al verme entre sus líneas, qué es y qué se siente con la agitación del amamantamiento.

¿Cómo era posible? ¿Cómo podía ocurrirme algo así? Aún no he encontrado respuesta, solo he conseguido cierta aceptación de la circunstancia.

Un año después, este verano, inicié un destete progresivo. Había llegado el momento, Marco tenía casi tres años, pero  la tristeza inundaba el momento porque él no había tenido la iniciativa.

Mis razones: sin duda la principal era la intermitente y subterránea agitación,  hacer algo que no me apetecía estaba perdiendo su esencia, no quería hacerlo por obligación, pero hay algo que sí tenía muy claro debía ser de la manera más respetuosa posible. También quería ganar terreno en cuanto a su independencia, ya que habíamos decidido escolarizarlo este otoño. Otro tema era la angustia que me causaba que se despertasen los dos a la vez, ya que en la práctica, en la cama no podían lactar los dos simultáneamente sin acrobacias con cojines que terminaban de espabilar a uno o a los dos, cuando eres madre de dos, parece que siempre le fallas a alguien.

El procedimiento: la primera fase, sin duda, fue el destete nocturno, y fue relativamente fácil, cuando se despertaba le ofrecía agua y le explicaba que las “tetitas” tenían sueño, hubo algún llanto pero imperaba el cansancio. Para reducir las tomas diurnas recurrí al consabido “no ofrecer, no negar” y a la técnica del “chupito“, ésto no fue tan sencillo de comprender al principio, yo ponía el final a la toma y a los dos nos costó trabajo digerirlo, hubo llantos, enfados bilaterales y mucha negociación. Mantuvimos en el tiempo y en la duración la toma previa al sueño, siesta y noche, ésos seguían siendo nuestros momentos. Pero con el tiempo la ansiedad por que este momento no se acabara terminó tiñéndolo todo, cuando parecía dormido y sacaba el pezón de su boca, Marco se despertaba enajenado por la rabieta, las tomas podían durar más de 40 minutos en los que otra persona debía cuidar de Maia, fue un tiempo muy complicado, duro, difícil, no quiero engañar a nadie, escribo este Post por si alguna madre se ve reflejada, compartir este tipo de experiencias siempre ayuda entre comadres. Empecé a temer la hora del sueño, dormir sin peleas era una gran victoria porque nunca era suficiente. Esta situación duró unos tres complicados meses.

Sin embargo hubo un click en su cabeza y un buen día se olvidó de pedir “tetita” antes de dormir, aproveché la coyuntura  y cuando sí se acordaba le ofrecía un “chupito” que él aceptaba con deportividad.

En ese punto estamos, chupito a chupito cuando él los considera necesarios. Admitiré que las primeras  veces que no pedía me sentía terriblemente triste, entré en un estado de psicosis, cualquier cosa que sucediera, cualquier enfado, cualquier rabieta me la achacaba, “era fruto de la frustración y el enfado que yo le causaba con el destete”.

Me faltan las palabras para describiros cómo me he sentido. Admito haber estado en un limbo emocional, agridulce, dulce-salado, amargo.

La nebulosa se empieza a aclarar y ya puedo expresarme al respecto. Volveré sobre el tema con la venia de la audiencia.

Os recomiendo la lectura de Destetar sin lágrimas de Pilar Martínez, sabios consejos y normalización del tema.

Sólo quiero dormirme al tic-tac de tu respiración

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PendientesHoy he vuelto a usar perfume. Dejé de hacerlo, las náuseas del embarazo me alejaban de almizcles dulzones . Después viniste tú, sirena. No quería confundirte, ni alejarte de tu esencia, la nuestra, la misma, porque somos una.

Pero he vuelto a trabajar. Me alejo poco tiempo, pero es el suficiente para oler otros perfumes cuando te abrazo. Y el corazón se me quiebra. Y es que te he perdido un poco, se que es poco, pero yo YA se que eso es principio y final de algo y he vuelto a usar perfume.

No se en que mundo siento como acude la leche que habrías de tomar y solo atino a escucharte llorar a través del teléfono. No se en que mundo, pero es el nuestro y lo he elegido.

Duele la despedida. Desde que empezó Septiembre siento que no hago otra cosa más que despedirme.

Me abro hacia fuera, despliego mis alas y vivo estados olvidados pero solo quiero llegar a casa y acurrucarme entre vosotros, y encontrar, besar, cantar, replegar.

Tengo miedo de hallarme sin vosotros y que no me guste lo que veo. Ya no soy la misma, ni puedo ni quiero.

Circulo por caminos desgastados, atuendos, peinados, prisas, agendas, pelos que sobran, sombras que faltan.

Paladeo lo que puedo y se hacer. Ese sabor ácido y excitante pero un peso me oprime el pecho. Es el cordón umbilical que aunque se estira y se estira mucho, aún nos envuelve.

Podría ser liberador, pero no quiero ser liberada, sólo quiero dormirme al tic-tac de tu respiración.

Me pongo en tus zapatos

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piececitosEstar vivo es enfrentarte cada día a muchas situaciones, buenas y malas, divertidas y tristes, plácidas o rabiosas.

Cada día hablas más y más pero lo que expresas con palabras no responde al código “adulto” que yo se manejar. Me declaro en prácticas, de momento no muy competente, espero me perdones, si no antes, al menos cuando leas esto.

Soy consciente de la dificultad que entraña ser hermano mayor, sin ni apenas contar tres años. ¿Pero soy consciente, o solo digo serlo? Sabía que sería difícil y tenía mi estrategia, sin embargo comprobar que no puedo evitarte todo sufrimiento, me desarma, sí Marco, me desarma, y no hago otra cosa que empeorarlo más.

Vigilo tus miradas. Espío tus reacciones. Te espero siempre razonable, contento, agradecido. Pero no puedes, ni debes darme eso, no es tu tarea.

Si, sabía que sería difícil, natural, previsible, pero saberlo no es vivirlo. Sonrío cuando os imagino pugnando por el mismo juguete, pero desde aquí me sincero, o mejoro mis prácticas de empatía infantil o cuando vivamos esa situación tan cotidiana, me parecerá otro drama griego. No sé si serán las hormonas, mi apasionamiento de “artista” o cansancio vulgar nada más, pero cuando veo esa sombra que cruza tu mirada, me desarmo.

Me pongo en tus zapatos, si acaso puedo: “Una bebé preciosa, que sonríe por doquier, que todos quieren tocar, que hipnotiza con su vitalidad, con sus ganas de salir corriendo, entusiasta donde las haya, que dice “tatatá”, ¡vaya novedad! Pero se les cae la baba, aunque deliberadamente disimulen, aunque minimicen. Una bebé preciosa que siempre está sobre mamá, que con suerte no está mamando o que a lo peor está jugando con papá, el nuevo héroe que me aleja de la escena. Eso en casa, con los propios, ¿pero qué pasa con los ajenos? ¿Por qué en la playa, en la compra o en el parque, todos quieren dirigirse a la pequeña, con voz aguda, melosa y ridícula? Tomo la iniciativa de participar de la actividad, me abalanzo sobre ella con voz dulzona y todos exclaman, ¡cuidado, con calma, ya es suficiente, no tan cerca! y mi frustración va en ascenso, entre triste y enfadado, y a la próxima, si puedo, apretaré más el abrazo o empujaré un poquito y a ver qué pasa, a ver cómo reaccionan aquellos que me guían.

¿Y qué hace mamá? Me observa a cada paso y traduce mi discurso buscando significados ocultos que le demuestren que algo hace mal, que no soy feliz. Me persigue intentando tener conversaciones profundas sobre emociones que apenas sé reconocer, o peor aún, que apenas sé controlar“.

Ay cariño, y es que te escruto, te escruto buscando la clave, buscando una pista que me ilumine para hacer más llevadera tu comprensión de que la familia ha crecido y de que esto no supone que recibas menos. Me declaro incapaz de verte sufrir, ni un poquito, y este es el gran trabajo que tengo que hacer, reconocer la frustración, la rabia, la tristeza, la confusión como emociones humanas, que vas a vivir, que yo no puedo evitar y que te harán de carne y hueso.

Eres una persona real, con recovecos, que paladea con intensidad todo lo que vive y que no puede dejarse chantajear por mí. El atajo al dolor es cosa mía, tú debes llorar, reír, sufrir, amar, vivir. Esta es mi lección, acompañarte permitiendo, admitiendo, sin miedo al llanto y sin miedo a nada.

Me pongo en tus zapatos y elijo caminar a pasos cortos, intuitivos y llenos, llenísimos de energía y curiosidad. Te quiero tanto que podría reventar.

Esos días

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El túnel
Esos días, sí, esos.
En los que tienes la cara hinchada y roja y la cabeza te va a estallar.
En los que quieres borrar, parar, desaparecer.
En los que cualquier muestra de cariño te parece un mundo. Una mirada a los ojos, reconocerte y querer llorar, llorar de encuentro, llorar de compañía.
En los que te sientes drama, te piensas drama y eres drama.
Y de nuevo quieres parar.
El aire apenas se puede respirar.
Y emponzoñas.
Y lo estropeas todo, aunque respires, aunque grites hacia dentro y murmures hacia fuera.
Aunque pienses soluciones, las inventes o las comiences.
Porque las personas son imprevisibles y cada universo se mueve despacio muy despacio.
Y para cuando has olvidado una ha llegado otra, y no, aún no habías olvidado.
Quizás no has olvidado ni cómo te aferrabas al origen, al cordón umbilical.
Y cuánto más piensas, más desdibujas, y cuánto más hablas, más emponzoñas y si no lo haces, puedes estallar.
Y ese agujero que todo lo engulle, negro y que duele.
Y quieres olvidar, borrar, parar.
Tiras una piedra al agua y las ondas vacilantes se convierten en tsunami.
Y rezas: para que mañana no sea uno de esos días, pero en el fondo sabes que depende de ti, no del calendario.