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Destete nocturno

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Pronto haremos tres semanas intentando cambiar de fase, intentando el destete nocturno Maia y yo. Veintisiete meses de feliz lactancia pero algo empezaba a rondarme ¿y si descansamos mejor por la noche? Bueno, al menos yo. Mi experiencia previa fue con un Marco algo más pequeño y un embarazo que ya pesaba y reclamaba su espacio. Fue muy sencillo eliminar las tomas “intra-noche”, le ofrecía agua cuando despertaba, lloró la primera vez que le dije que “las tetitas dormían” y cambiamos de nivel. Me animé a tomar la decisión cuando leí este Post de Miriam Tirado.

Pero en esta ocasión no ha sido fácil, sigue siendo difícil. Quizás no confié en su capacidad para ganar independencia o quizás sea la maldita culpabilidad.

La secuencia de los acontecimientos es la siguiente: Después de unas semanas agotadoras de muchos, muchísimos despertares y de que una de las tomas fuera demasiado distendida, de una hora o mas sobre las cuatro de la madrugada, sentí que había llegado mi momento y pensé en tantearla. La primera noche fue infernal unas tres rabietas interminables en las que me sentí como una bruja, su llanto era una clamor de rabia y dolor, mantuve la calma y la acompañé en su llanto pero no me dejaba tocarla, no me dejaba consolarla se volvía de espaldas y lloraba y lloraba, “no papá, no agua, no dormir ¡a levantar!”. Tremendo. La segunda noche no fue mejor, mucho llanto, aunque ya encontramos una solución, con su mano sobre mi pecho lograba dormirse. La tercera noche fue milagrosa no se despertó hasta las 7 de la mañana. He de aclarar que la toma de las 7 cuenta como diurna, ahí he cedido, es nuestro momentito de paz, de tregua, y nuestro último sueñecito después de tanto ir y venir durante la noche. Pero esa tercera noche tan solo fue un espejismo, imagino que fruto del puro agotamiento. Aunque hemos mejorado mucho, las noches se suceden, normalmente, con una mini-rabieta y la toma del amanecer, los días no son sencillos, nuestra relación es presa del recelo, yo tengo miedo de que me guarde rencor por no darle lo que necesita y ella se siente impotente, frustrada e inicia luchas de poder por cualquier nimiedad, necesita reafirmarse más que nunca, soy consciente y no lucho, la comprendo e intento darle espacio, si no quiere carrito pues andamos, aunque lleguemos tarde, aunque llueva, aunque se detenga el mundo.

Pero me siento perdida, dicotómica y absolutamente bipolar. Me llega a decir durante la noche “necesito tetita” y me rompe o rompo el alma, deseo no haber empezado nunca con esta situación, deseo eliminar de mi memoria los llantos que le he causado, deseo haber sido otra madre, diferente, más fuerte, más segura o esa mamífera sencilla que se deleita en los encuentros nocturnos con su cría y no desfallece.

Y entonces me descubro haciendo lo que quería hacer, convencida de que es el momento, de que la lactancia debe ser hermosa para los dos miembros del binomio y de que yo ya necesitaba un pequeño paréntesis de entrega, algunas horas de sueño ininterrumpido. Unos inmensos ojos azules me dijeron que yo sabía lo que estaba haciendo, calmaron mi alma y me dieron aliento. Puedo sonar exagerada pero realmente mi yo zigzagcea sin descanso. Por eso, es por esto que se nos está haciendo tan largo y difícil y vuelve la culpa, Maia y yo aún somos una y no hay pensamiento que me atraviese que ella no presienta, por eso lucha y no me deja ir, tampoco se siente segura, conecta con mi angustia y yo me siento atrapada, con esa desagradable sensación de hacerlo todo mal.

No quería escribir este Post así, de hecho podría ser de cualquier color, de cualquier color que anduviera cruzándome en el preciso instante en el que tamborileara sobre el teclado.

Imagino que solo me queda aceptar mis incongruencias y la inseguridad que me nubla para que se torne en alguna otra cosa.

Nota: Marco duerme con nosotras y no se ha despertado ni una sola vez durante nuestros mini-dramas.

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Un año de Maia

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Maia Potato

Qué fácil Maia, qué fácil es quererte.

Nos has regalado un año de presencia, de piel, de paz destilada y de sonrisa.

Llegaste como una sirena, nadando y emocionando a tu madre. Mojadas estábamos la primera vez que nos miramos, nos fundimos y nos abrazamos. Formamos una burbuja de éxtasis, de leche y de calor, el calor del amor, el amor de la sangre, la sangre de la vida.

La tranquilidad de la experiencia nos ha llenado de seguridad. Las convicciones nos dan respuesta, no hay duda, no hay angustia. Tuve el temor de que cogieras el “rol” que quedaba libre, ese de bebé tranquilo que no demanda porque ya hay suficiente demanda en tu hermano, pero no fue así, reclamaste tu espacio, brazos, contacto, piel, mucha piel y complacidos supimos dártela sin titubeos. Nunca tuviste una cuna que te separase de nosotros, cuando llorabas sabíamos que no había nada malo en ti, que buscabas lo que te correspondía, había necesidad primal y no manipulación.

Desde el principio creasteis una relación muy especial, Maia y papá, papá y Maia, en no pocas ocasiones él supo calmarte mejor que yo, sosegarte y dormirte. Quizás notabas mi dispersión o simplemente querías cambiar y completar el círculo. Cuando me incorporé al trabajo, ya tenías ocho meses y volviste a hacerlo fácil, nunca fue un problema, compartes tiempo a solas con papá, sin despedidas dramáticas y con sonrisa de bienvenida.

Tu sonrisa, si, tu sonrisa, siempre la has tenido, desde que contabas pocas horas sonreías y mucho, cuando soñabas, cuando mirabas, dulce y feliz, eres nuestro bebé feliz. Tardaste en dar carcajadas sonoras pero la luz de la placidez siempre te ha acompañado. A veces se desatan tormentas a tu alrededor pero tú no pierdes el aura de alegría que te envuelve.

Sin embargo Maia, te me escapas de los sentidos, quieres volar; tu curiosidad y tu prisa me arrebataron a mi pequeña bebé mas pronto que tarde, con cuatro meses te sentabas sin ayuda, con seis te levantabas y agarrabas a los muebles para con ocho empezar a caminar sola.  ¡No corras Maia, espera conmigo! Pero no es conmigo con quien quieres estar, persigues a Marco, le imitas, le acompañas, se iluminan tus ojos cuando le miras y escuchas. Apenas aparece por la puerta y ya gritas con algarabía, te zafas de mis brazos y sales corriendo a su encuentro. Juntos aprendéis el oficio de ser hermanos, habéis compartido pecho por once meses y el mismo lecho os alberga junto a mamá, aunque hay desencuentros, prima la armonía, de todos modos ¿qué malo puede haber en una disonancia? Nuestro lenguaje es complejo pero también rico. Vamos creciendo contigo sirena, porque cada día cambias las reglas del juego, creces rápido y te relacionas más y más y nosotros hemos de ensayar esta comunión nueva.

Me derriten tus dedos, tus pies, tus manos. Suave y blanda. Blanca y luminosa. Feliz y radiante. Qué fácil es quererte, todo un privilegio, ¡no corras Maia!

Un año como mamá de dos

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Un año como mamá de dos. Respiro profundamente y abro mi me memoria para vosotros.

La maternidad real, esa que tiene sombras llegó cuando mi cuerpo albergaba a Maia. El acto de amor más intenso, el descubrimiento de las verdaderas necesidades de bebés y niños, mi revolución del amor, aquella que remaba a contracorriente, la que deshacía mitos, la que viajaba a la esencia humana, al instinto, dónde encontraba las respuestas, todo aquello era tan sublime, me hacía tan feliz que no pude parar, quería más, quería dar más, quería recibir más, quería otro bebé.  Pero no encontré un bebé, encontré tres conmigo y ya nunca era suficiente. La mujer empoderada, el nuevo hallazgo de madre que había en mí estaba insegura, había de cuidar a un niño de dos años, a una recién nacida y a sí misma confundida y sedienta.

Debía pedir ayuda, lo hice y la encontré. He tenido la gran fortuna de contar con personas que no me han cuestionado y que me han regalado su presencia cada día. He leído mucho sobre “la tribu” y la importancia que tiene para criar a un niño pequeño, mi pareja y yo habíamos contado con ella pero no era una necesidad tan acuciante, sino más bien un extra, pero con dos cachorros la manada era, y es, un imperativo. Por un tiempo pensé que la situación era un fracaso, pero ahora veo la riqueza de la diversidad de referentes, esa tribu que empieza por una pareja que co-materna y que suma a otras personas que con su amor y su mirada participan en nuestro núcleo familiar, aportando la alegría y la frescura que en muchas ocasiones nos falta.

Este año me ha mostrado varias lecciones, he comprendido mis límites, he vivido el agotamiento y he visto en el espejo cómo lo que imaginaba era distinto a lo que después mis dedos acariciaban. En el proceso me sentí pequeña, me sentí víctima de mí misma, de mis delirios de súper-mamá, abatida y fracasada. Tuve miedo de quedarme sola con mis dos hijos, no soportaba la idea de que llorasen a dúo, de desbordarme, de llorar con ellos, de perder la paciencia, de enfrentarme a mi monstruo, de no encontrar la empatía, de no tener ocurrencias imaginativas que resolvieran los conflictos. Como una niña perdida grité auxilio y de forma mágica, durante meses, siempre tuve compañía a la hora de dormir a los niños, para las siestas, para las noches, siempre conté con alguien que contuviera a Maia mientras yo acompañaba a Marco. No hubieron largas tardes, o mañanas de aburrimiento para un niño inquieto junto a su madre y la bebé apéndice. Encontré el tiempo de intimidad para vincularme a Maia, las horas de teta, las horas de porteo, las horas de nana que un bebé necesita. Nos mecimos y nos miramos a dúo, nos mecimos y nos miramos a trío. Diez meses de lactancia en tándem y mucha cama compartida.

En no pocas ocasiones la sensación ha sido de que siempre fallas a alguien, o a los dos. Pero las sensaciones son sólo eso, hay que reconocerlas y mirarlas a la cara para dejarlas ir. Poco a poco he ido ganando valentía, el sueño ya nos encuentra juntos, el juego es compartido y lo que yo imaginaba de la maternidad múltiple va ganando terreno de luz. Dejo ir a la Silvia que se victimiza y acojo a la que se hace responsable sin miedo ni angustia. El colmo de una mujer egocéntrica es convertirse en madre, la culpa se alza por tus pantorrillas y no dejas de ver a tus hijos en el diván, parloteando sobre los grandes errores que cometió su progenitora, las malas decisiones, los malos ratos. Esta actitud es inmóvil, sólo me conduce al drama y encuentro mi segunda gran verdad: aceptar y acepto; fluir y fluyo. No puedo controlar pero me puedo adaptar. Ninguna organización me asegura una hora de dormir constante, un espacio personal, otro tiempo con mi pareja, no puedo asegurar ni predecir nada, lo puedo intentar y después, solo me queda eso, aceptar. Este año como madre de dos, más que nunca, dejo de pelear, entiendo la naturaleza pasajera y acojo lo que no me gusta, o lo intento. Compruebo que no soy perfecta, que mis hijos tampoco son modélicos, ni de apego, ni sin apego, sólo son, y para culminar mi resumen os diré que mi relación de pareja debe ser fantástica, porque sobrevive a la espiral de emociones, nos encontramos, flotamos y nos volvemos a encontrar.

Ser mamá de dos es una experiencia absolutamente brutal. No tienes opciones, debes agarrar la tabla que flota y aprender y absorver todo aquello que te conecte contigo misma para después devolverlo. No cambiaría nada, cada hecho ha tenido su función, atesoro mis experiencias y las escribo para no olvidarlas.

Y tú, ¿cómo llevas la maternidad múltiple?

¡Participa en el carnaval de blogs sobre la bimaternidad!

Un pequeño gran paso

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20130714-095857.jpg Quería hablaros de algo que me sucedió hace algunas noches. Un atisbo de independencia. Marco es cada día más y más mayor. Respetando su ritmo todo llega, con dulzura, tiempo y comprensión, aunque no siempre es fácil, hace tanto tiempo que dejamos de ser niños que en ocasiones confundimos necesidades genuinas con simples caprichos.

Marco siempre duerme a la tibieza de mi pecho, al arrullo de mi voz, enroscaditos, como trenzas, suaves y enredados. Las honrosas excepciones son las noches que pasamos en el hospital, cuando Maia anunció su llegada y cuando realmente lo hizo. Desde entonces los rituales que anteceden al sueño se suceden o se superponen, pero siempre se acompañan. El éxito de tal empresa es variado y siempre, siempre imprevisible. Hemos atravesado cólicos de recién nacido o llantos de desahogo al terminar el día, según se mire y la respuesta de Marco podía discurrir en dos sentidos, o bien se unía al desconsuelo, o bien esperaba paciente su porción de mamá.

Sin embargo, hace algunas noches, Maia conoció el bochorno de las noches de verano y su hermano con actitud resuelta, cogió a su padre de la mano y le pidió dormir, juntos, en su cuarto, mientras nosotras nos entendíamos con el abanico y con el lloro.

“¿Pero qué invento es este? No se dormirá sin mí”. Y sí, se durmió.

Como podéis ver, este post, habla más de mí que de él. Cuando hube dormido a la benjamina, con sigilo me robé a mi niño y lo llevé a mi vera, a mi otro costado, así pegadito a mí, oliendo su cabello, sintiendo su menudez serena. Y cuando estuvo, así, en su lugar, salí fuera con mi compañero, y me expliqué, aunque no sabía como hacerlo, sólo fingía tener motivos racionales, y lloré y me abrumé, cual niñita, ¿es posible querer tanto? La sensación de pérdida era tan intensa, no lo había imaginado así. Quiero un acuerdo convencido, meditado, compartido y feliz. Que lo vivamos como un logro y no como una rendición resignada, y así, mientras tanto, me voy haciendo a la idea.

Me aferro a no perderme ni un minuto de mis pequeños. Esquivo el hecho de que tan solo se llevan dos años y cuatro meses, quiero darles lo mismo que a dos hijos únicos, pero multiplicando la diversión. No es justo que tengan que resentirse sus periodos de fusión, el intenso vínculo que une a un bebé con su madre, especialmente en el caso de Marco, el hermano mayor. Ese es mi gran objetivo.

Sin embargo, y al margen de la circunstancia de tener una hermanita, el proceso de independencia habría empezado en algún momento, eso es impepinable pero ya nunca sabré cuanto habría durado nuestra lactancia sin Maia, ni hasta cuándo habríamos colechado, sólo tenemos las variables que tenemos.

Pero hay algo que sí se, he de soltar, he de permitir y he de acompañar de una forma nueva y diferente. He de escucharle y dejarme guíar por su sabiduría, esa que tienen los niños, esa que es instintiva e inagotable, para poder discurrir por caminos separados y sin embargo sembrados de puentes a cada paso.

Y es que este Post habla más de mi que de él.

“Gracias Antonio por no juzgarme en ese momento, por permitirme hacer, sin juicios,
lo que entonces me pedían las entrañas. Yo también daré ese pequeño gran paso, sólo dame tiempo”.

¿El conocimiento nos hace felices?

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amar_sin_miedo_a_malcriarMe gustaría hablaros del último libro sobre crianza que he leído, Amar sin miedo a malcriar de Yolanda González Vara.

Es un libro extenso que habla de múltiples temas relacionados con la crianza, pasando por la concepción, el embarazo, el parto natural y los primeros años del niño por mencionar los más generales. Se trata de una mirada desde la Teoría del apego. Su autora es psicóloga y utiliza un lenguaje mas elaborado que otros autores como Carlos González o Rosa Jové, ya que no solo va dirigido a padres, también habla para profesionales de la educación.

Me parece un libro muy completo, que leería más veces. Se pueden saborear cada uno de sus capítulos porque lo que prima a través de sus páginas es la capacidad para hacernos pensar y cuestionárnoslo todo, pero este hábito de pensar tiene sus consecuencias y más cuando buceas en la raíz psicológica de nuestros actos, la influencia de nuestros padres sobre nuestra conducta y influencia futura que tendrán nuestras decisiones sobre la personalidad de nuestros hijos. Tremendo.

Todos sabemos ya en qué consiste la Teoría del apego, desarrollada por el psicoanalista J. Bowlby y que más tarde retomaría Mary Ainsworth, y es en que “el estado de seguridad, ansiedad o zozobra de un niño o un adulto está determinado en gran medida por el grado de accesibilidad y capacidad de respuesta empática de sus padres o principales figuras de afecto”. Lo que del título del libro se desprende, como después subraya a lo largo de sus páginas, es que el amor es la vía más directa para desarrollar la autonomía y la identidad personal, en contra de lo que pudiera parecer. Alegato que se defiende de los ataques de la corriente conductista imperante. Y es que debemos amar sin miedo a malcriar, nunca es demasiado amor.

El libro nos da consejos prácticos para “poner en práctica un modelo saludable, favoreciendo un continuum en la relación, un hilo simbólico invisible, sólido y amoroso sin fisuras ni rupturas en la formación del vínculo padres-bebé y niño. No se trata de ser padres perfectos, porque no existe tal perfección y, mucho menos, en una sociedad neurótica como la nuestra. Lo único real es el deseo y el intento de aproximarnos a la creación de una relación que sea lo más saludable posible, desde la presencia emocional y la capacidad de dar amor”. Aboga por una serie de renuncias temporales que representarán la mejor inversión a largo plazo para lograr una sólida salud emocional en nuestros hijos.

Hay un capítulo revelador y es el de la sexualidad infantil. He leído mucho sobre crianza, apego, lactancia a término, colecho, porteo, pedagogía blanca, abordaje respetuoso de rabietas y un largo etc. pero hasta ahora no había leído nada sobre el sexo en estos términos, es un tema que sigue siendo tabú y necesita un mayor abordaje. Ahí lo dejo da para un post en sí mismo.

Sin embargo, a través de mi andanza por sus páginas no puedo desprenderme de una molesta sensación de culpabilidad, si bien no existe la perfección, y hasta ahí llegamos, toda decisión presente, consciente o inconsciente tiene sus repercusiones futuras. Y yo que soy una pecadora, me declaro culpable de sentir culpa. Es éste un importante defecto que tengo, que debo trabajar, pero que no puedo evitar. Ya antes de ser madre sentía el peso sobre mis hombros del movimiento mismo de la Tierra, como una gran narcisista que aspira a expiar los pecados del mundo. Así pues hay ciertas lecturas como ésta o la célebre Laura Gutman que me colman de preocupación. No se si me estoy volviendo cobarde, si no estoy preparada para enfrentarme a los fenómenos psicológicos que conforman nuestros patrones de conducta o si el modo de expresar ciertos contenidos, aún sin pretenderlo son culpabilizadores.

Pondré un ejemplo fascinante, el estrés o el miedo durante el embarazo pueden mantener contraído el útero propiciando un entorno hostil que podría provocar en algunos casos un parto prematuro y en otros que no se produzca la versión cefálica previa al nacimiento. Si bien esto es posible, es aterradora la sensación de que de alguna manera tenemos lo que construimos con nuestras emociones. Pienso que “descubrir” que sentimos miedo nos puede ayudar para trabajarlo, pero “conocer” que el miedo puede tener consecuencias en nuestro bebé quizás nos podría predisponer a sentirlo, nos atraparía. Entrar en una casa oscura y estar en la obligación de no titubear es demasiado.

No censuro el libro en absoluto, es muy inspirador, pero sí hablo de las reflexiones que ha despertado en mi. La madre sigue pagando, y quizás deba pagar, pero también merece un profundo abrazo porque no es fácil ponerse en su piel.

Un nuevo camino que recorrer

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El ritmo lo impregna todo de nuevo. Mi corazón vive acelerado, vuelve a bombear sangre por dos.

Bullía en mi cabeza un sonsonete de amor, de vida. Un concepto, una idea, un deseo.

Y ya esta aquí, luchando por adherirse a su madre, aferrándose a mi cuerpo, multiplicándose sobre si mismo.

Vuelvo a sentirme madre, vuelvo a sentirme llena, vuelvo a sentirme embarazada.

Así me siento y así estoy. Puede que sea pronto. Puede que no sea definitivo, pero en la hora que me ocupa es mi realidad, es la realidad.

Que ansíes el momento, lo esperes y lo busques, no significa que cuando llegue no te abrume y desestabilice. De hecho el baile de hormonas te conduce vertiginosamente de una emoción a otra.

Pura felicidad y plenitud femenina desembocan en dudas y nervios. Tengo mis planes, siempre los tengo, pero la primera vez que fui madre pude comprobar como todas las ideas preconcebidas que tenía se desplomaban como naipes. El espíritu idealista que te mueve cuando quieres ser madre me presentaba una maravillosa lactancia en tándem, abrazos interminables y una cama por la que se “esturrea” el amor, la leche y el cariño.

Pero al cabo de la noticia Marco ha enfermado, un resfriado común con algo de fiebre, y no dejo de preguntarme si seré capaz de responder a las demandas de los dos, después de una noche difícil como esta me he sentido aterrada, ¿me habré precipitado, rechazará Marco el pecho? Pero como decía en Oscura es la nochela sombra es confusa y la falta de sueño aturde. Ahora, con el sol en la cumbre vuelvo a sentirme feliz porque se que me sobra amor, aunque no paciencia, pero como todo es cuestión de práctica y predisposición solo me queda sumergirme en esta nueva situación que esculpirá mi cuerpo y mi energía, estirando mis brazos, abrazando a mis hombres, llenándonos de vida y confiando en nuestra capacidad para ser familia, en nuestra plasticidad y en nuestras ganas de recorrer este camino nuevo que nos enseñará tantas cosas, buenas y malas, pero que sobre todo nos multiplicará y enriquecerá.

 

Oscura es la noche

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Las sombras hacen palidecer a la razón. La noche nos engulle, el tempo se hace eterno.

Cuando no podemos dormir los minutos son horas y las horas son eternos cismas que nos distancian y alejan del descanso. Nuestras preocupaciones se sobredimensionan, se engrosan como una gran bola de nieve que desciende ladera abajo. Llegamos incluso a vivir estados de vigilia somnolienta o sueños conscientes, que no comprendemos ni dominamos, entramos en una dimensión temporo-espacial diferente, irracional, subconsciente… Nuestra imaginación campa a sus anchas, como una semilla que se arremolina en el estómago y despliega sus tentáculos, sus ramificaciones; como un timbal que percute y percute, constante, obstinado, salimos del pensamiento, entramos en el pensamiento, salimos, entramos, salimos, y más… Un laberinto kafkiano, una opresión, un muro que se disipa con la luz del día.

Cuando el sol se alza todo es relativo, nos sorprendemos de la impotencia que nos atenazó y abrazamos soluciones y alternativas, propósitos y objetivos que mitiguen nuestro malestar. Un café humeante, aromático. Agua limpia, fresca. En la cara. Y todo gira.

No se si reconocéis una situación semejante, aislada o habitual. ¿Le puede ocurrir esto a niños y bebés? Un desequilibrio, una “semilla” no digerida ¿les puede aterrar en la noche?

Tres veces al año mi trabajo me separa de Marco bien entrada la noche, no regreso a casa hasta las 2 de la madrugada aproximadamente. Son fechas temidas por todos. Marco suele dormirse enroscado a mi, teteando y arrullado, los dos respirando a una, relajándonos juntos, oliéndonos y sintiéndonos. Pero cuando se vuelve a despertar (varias veces cada noche), necesita comprobar que todo está como lo dejó, así se siente seguro. Pero la noche del lunes mamá no estaba y en su capacidad de razonamiento no había señales de que volvería, como  vuelve día tras día a la hora de la comida. Esto era distinto, papá no era suficiente. Rabia y llanto hasta el vómito, solo los dibujos animados pudieron alejarlo de su pena. Algún que otro intento de cuento frustrado, de paseos en mochila frustrados. Pero significaba dormir, ¿dormir? ¿sin saber el paradero de mamá? No, eso era demasiado. De este modo solo la compañía de papá y las imágenes divertidas de la pantalla hicieron más llevadera la espera.

Por un lado comprendo la impotencia de un padre que entrega por entero su paciencia y su contacto. No lo puedo imaginar porque siempre soy consuelo y bálsamo. Solo le queda la empatía, conectar con un cerebro de 19 meses en pleno vínculo, extrañado, enfadado y aterrado. Ahora piensas que Marco “no se conforma contigo” pero él se ha sentido acompañado y comprendido en su espera y su delirio.

Dos pesadillas a lo largo de la noche, con mamá al lado, atestiguan el calibre del sufrimiento y la gestión del estrés por parte de nuestro bebé.

Todo esto ¿qué supone? Según mi punto de vista el vínculo está intacto, como es normal para su edad, hasta los dos años no se produce la ruptura de la díada, de forma progresiva y en virtud del carácter de cada niño. Si no estuviera criado “con apego”, ¿no notaría mi ausencia? Para que esta circunstancia se dé se habría deshabituado a mi presencia en cualquier otro momento, pero lo habría hecho, con todo el sufrimiento que conlleva para un bebé que aún no está preparado. Es obvio que nos podemos acostumbrar a cualquier cosa, pero particularmente no me compensa, no nos compensa, pasar por semejante trance que puede conllevar un destete precoz (si precoz, porque no significaría una lactancia a termino), por tres días al año, porque el resto del tiempo no tengo nada mejor que hacer que velar por el dulce sueño de mi bebé. No me cabe la menor duda de que cuando él esté preparado recuperaré mayor libertad nocturna. Pero todavía no es nuestro momento. Somos una perfecta díada que sobrevive gracias al soporte que nos brinda papá. Pero esto merece otra reflexión. El papel fundamental del padre durante la lactancia, cuando es toda nuestra tribu, al menos de noche.