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Vacaciones bretonas con niños

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Flores y roca, roca y salitre; de los albores del hombre, la roca menhir. Roca que atrinchera ciudadelas y que empuña faros, así he sentido la Bretaña francesa, escenario abrumador de tanta y tanta historia humana al punto que baluarte natural del fin del mundo.

Aventura de once días, vuelo a Nantes, cuatro alojamientos, Nantes, Vannes, Quimper y Dinan y kilómetros de canciones, de orilla a orilla, en nuestro coche de alquiler.  


El clima es amable, como una primavera en Andalucía, pero cuando sale el sol lo hace con fuerza y una vez luces tus tirantes debes buscar el chubasquero sin parsimonia, es imprevisible y con niños no debes dudarlo, necesitas un poco de todo, incluyendo la crema solar aunque amanezca lloviendo.

La comida es fantástica, ¿qué os voy a contar de Francia? Pero de la zona bretona en particular destacar las Galettes que son crepes de trigo sarraceno, saladas y deliciosas, (los papás las pueden acompañar de sidra); el marisco y en particular mejillones y ostras son plato para repetir, vivimos la estupenda experiencia de cenar junto al mar en un mercado de pescadores que servía el material de la zona bien fresquito. Por lo demás destacar las galletas y dulces bretones, Galletas Lu es una empresa de Nantes, si, galletas príncipe y compañía, o el far bretón. Los enlaces contienen las recetas, ñaming.



En Francia no podemos olvidar una tela para picnics, cualquier lugar se presta a un buen almuerzo sobre la hierba, como los de Manet y Cèzanne pero con niños, casi, casi.

¿Qué ver y hacer? Es como para volverse loco por la intensa concentración monumental y natural: ciudades y pueblos medievales, castillos, palacios, ciudades portuarias, ciudadelas defensivas, bosques, islas como las del Golfo de Morbihan, playas de arena blanca, yacimientos prehistóricos, bucólicos ríos, catedrales, iglesias y capillas, (góticas sobretodo), las típicas fachadas bretonas, acantilados e históricos faros, has de dejarte mucho en el camino.


Las actividades clásicas con niños siempre están disponibles en Bretaña, la visita al Grand Aquarium de Saint Maló o las infalibles playas, prados y lagos son algunas de ellas. ¿Qué puede haber mejor, después de una buena aventura, que acabar el día solazándote en una bonita playa? Lo importante para hacer turismo con bebés es la disponibilidad, en nuestro caso, brazos, mochila, tetita, preveer los desplazamientos a la hora de la siesta, flexibilidad y paciencia, ya que el sueño diurno no siempre se da con el ajetreo, y en los lugares donde sea posible, que no son muchos, la silla ligera para cualquiera de los dos niños. En cambio la clave del éxito con un niño de cuatro años es la fantasía que rodea la actividad, no es lo mismo dar un paseo por un puerto que correr una aventura en busca de corsarios y piratas. Además he de señalar que la enorme curiosidad de Marco por todo lo místico nos facilita mucho el trabajo, de hecho es él el que no pierde la oportunidad de entrar en cualquier templo, la visita a los Alignements de Carnac fue muy emotiva, más de 3.000 menhires, todo un espectáculo, “tumbas de los antiguos”, ¿a qué más? También conocimos a los célebres bretones Asterix y Obelix, que nos acompañaron durante todo el viaje con sus historias de druidas.


Para los alojamientos hemos hecho uso en dos ocasiones de los Auberge de Jeunesse, funcionan muy bien, son económicos y puedes conseguir una habituación privada con dos literas, es bastante común en Europa encontrar familias en los albergues juveniles, la pega es compartir el baño, pero me parece bonito el ambiente para los niños, sencillo y de cooperación, compartiendo y participando en la limpieza de las instalaciones, como en la cocina y la sala de estar. El albergue de Dinan es maravilloso, rodeado de un bosque con su riachuelo. La otra opción que utilizamos fueron las Chambres d’hôtes, el equivalente de los Beds and Breakfast en Francia, una muy buena y acogedora opción que además te da la oportunidad de hablar con los lugareños y degustar un fantástico desayuno casero.

Por otro lado quisiera hablaros de mis impresiones, totalmente subjetivas, sobre los niños y la crianza en Francia, durante los once días tan solo vi a una madre dando el pecho, me sentía algo intimidada para hacerlo yo, por ejemplo en los restaurantes,  la cantidad de niños bastante mayores con chupete, o chupándose el dedo con mantita era llamativo, tanto es así que incluso llegué a ver alguna postal con un niño chpuándose el dedo vestido con el traje típico bretón, los sistemas de porteo si eran algo más populares pero en general mi impresión es  que el apego no es una premisa  demasiado estandarizada. Éste ha sido nuestro segundo viaje como familia de cuatro y no puedo evitar las comparaciones con nuestro viaje anterior, y  la verdad es que  como en Gales hay menos turismo  es más sencillo y fluido, la gente es más cercana  y hospiralaria y hay parques de columpios por doquier, en cafeterías, frente a los monumentos, por todos sitios. Quizás Francia es tan turística que puedes  sentirla a veces algo prefabricada, con pueblos monumento  perfectos pero sin vida  fuera de los negocios turísticos. Pero solo es mi sensación.

Estamos muy contentos y pensando ya en nuestro nuevo destino, aunque aún falte mucho tiempo, demasiado.

 

De percentiles, cuerpos, kilos y yardas

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percentilesLos percentiles, esa guía, línea o límite que designa la normalidad y en la que buscamos más bien la excelencia. Desde fetos ya hay un concepto de lo adecuado y de lo mejor. En esta carrera de fondo, de alta competición que es nuestra enferma sociedad, es motivo de orgullo pensar en un bebé intrauterino de grandes dimensiones, aunque a esto haya que sumar los bienintencionados comentarios que vaticinan una cesárea o un heroico parto.

Después viene el gran momento del bebé. Pesarlo semanalmente y “consultas de niño sano” donde el todopoderoso pediatra nos da la “absolución” y pone nombre a lo que nosotros ya vemos, que está sano. ¿Qué se espera socialmente? Que el bebé sea un “bebote”, rollizo, gordito, con preciosos michelines y roscas en toda articulación que se precie. Empezando el calvario de madres con niños delgaditos, “va a ser que tu leche no alimenta”, escucharán continuamente. En el caso del biberón también comenzarán los sudores fríos, “el envase ha de estar vacío”.

De este modo entramos en la etapa de los sólidos, papillas para algunos y trocitos para otros. Este tema da para mucho y lo dejaremos para otro momento, pero la percepción general sigue siendo casi la misma, los bebés que comen todo cuanto se les ofrece sin rechistar son adorados, con puntos extra si comen espinacas, aunque el “look rollizo” empieza a caer lentamente.

Y así, casi sin enterarnos llegamos al  niño pequeño, digamos a partir de los dos años. Todos podemos ver como los niños sienten predilección por dulces e hidratos de carbono. ¡A quién se le ocurre!. Además pasan por fases en las que pierden el apetito. En cada hogar se resuelve de una manera, algunos optan por que coman cualquier cosa que les guste y mañana será otro día, otros empiezan contiendas muy duras para ambas partes y otros últimos se conforman con el ayuno que el momento trae consigo.

Puedo observar que la correlación entre lo que a los padres les gustaría que sus hijos comieran y lo que de verdad comen empieza a distanciarse. Pero hay un fenómeno curioso, al margen de la alimentación, de repente, en algún punto de esta secuencia de etapas se integra al niño en esta locura del “cuerpo perfecto/cuerpo delgado”. Ya está, ¿y lo mono que es? si parece un hombrecito. Ya no nos importan los percentiles, ni falta que hace, ni ahora, ni antes.

¿Y qué pasa con los niños que comen con normalidad? Con los que prueban alimentos nuevos, con los que se terminan el plato, con los que quieren repetir. Son “raros” y parecen tener un foco. Y tener un foco es tan, tan molesto. Estar en la misma línea del percentil que ya te caracterizaba en el propio útero de tu madre es un problema, y esto no, hasta ahí podríamos llegar.

Los niños aún son puros, inocentes, están aprendiendo del entorno y el entorno debe proporcionarles respeto. Adultos del mundo, ¿a cuántos de vosotros os gusta que la gente que os rodea esté pendiente de la cantidad que ingerís? “Come más, no tanto”. ¿Cuántos de vosotros, un día especial, coméis más de lo habitual u otro tipo de alimentos? ¿Y qué os hace pensar que un niño de dos años no pueda hacerlo? “Yo comeré un pastel de postre, o dos, pero tú una manzana” o mejor aún ” tu hermanita se come tres porque no ha probado la sopa, pero tú ya tienes suficiente”.

Ese foco que no para de alabar lo bien que comes, lo campeón que eres o lo “mucho” que te gusta comer. Y todos comentamos los hábitos alimentarios delante del interesado. Pero resulta que el interesado no tiene madurez suficiente para atravesar críticas o valoraciones y por agradar, por responder a una expectativa o por llamar la atención puede modificar su conducta natural frente a los alimentos. No hay  nada mejor que  poner una etiqueta para que se responda a ella.

Cómo nos relacionamos los adultos con la comida no es algo libre de subjetividad. Todos tenemos nuestra personal e íntima relación con  la alimentación y es nuestra obligación permitir a los niños que vivan su propia vida para que establezcan hábitos saludables. Ellos no tienen la culpa de que te sintieras el gordito de la clase, o de que fueras el bajito, o el flacucho.

La comida es todo un tema, cómo nos socializamos en torno a ella, cómo impacta en nuestro cuerpo, en nuestra mente, en nuestra salud. La excelencia no existe, simplemente somos y la variedad es un hecho, fijémonos en los juegos olímpicos, personas altamente saludables que no se parecen entre sí, una jugadora de baloncesto o una gimnasta rítmica.

Pongamos alimentos saludables al alcance de los niños y lo demás que lo hagan ellos, libres de etiquetas o preconceptos.

¿Qué piensas tú?

El extraño caso de las galletas vacilantes

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Estoy participando en un reto repostero quincenal con compañeras de twitter. Hace dos semanas horneamos cupcakes de chocolate y naranja y en esta ocasión galletas con chocolate (receta libre, en mi caso extraída de un libro de cocina para niños, regalo de cumpleaños, gracias Oli).

Pues bien, nunca pensé que unas galletas me dieran tanto que pensar. Lo primero que se me pasa por la cabeza cuando cocino dulces es compartir. Su laboriosidad y artesanía me conectan con mi lado mas que maternal, fraternal; no pretendo proteger a nadie sino comunicarme por otros medios, repartir algo que he elaborado con mis manos, galletas de chocolate, ¿a quién no le gustan las galletas de chocolate? DULCE.

Me encargué de que las cantidades fueran propicias para el reparto y con mimo embalé en sobres de manufactura propia e individuales siete super galletas para mis compañeros de trabajo, un ensayo de sábado por la mañana se merecía una buena cookie. Reconozco que me quedaron buenas y también que tenían su enjundia. Ahora bien, que de siete que regalé, cinco de ellas tengan que comerse en dos veces, desayuno y merienda, ya sabéis, además de ser re-repartidas entre vástagos varios al llegar a casa, cuando supuestamente estaban ricas y bueno, era una galleta por cabeza… ¿Qué nos esta pasando? ¿inapetentes? ¿preocupados por nuestro aspecto? ¿en determinados contextos no es sofisticado comer? Ya se lo que estáis pensando, en serio, estaban muy buenas.

No puedo evitar pensar que de alguna manera castigamos nuestro cuerpo,¿ni una galleta nos merecemos? ¿tan férreo es nuestro control? ¡Fuera caprichos que la primavera se acerca inexorablemente! ¿En qué lugar quedamos los imprudentes que nos atrevemos? ¡Ya llorareis incautos!

En algún momento dejamos de amar lo que somos, lo que nos envuelve, sintiendo el cuerpo como algo ajeno que nos es injusto, buscando un perfil universal e impersonal al que nunca responderemos. Nos olvidamos del amor diario que necesitamos frente al espejo y que solo puede emanar de nuestros ojos. Pienso que esto nos incapacita para apreciar la belleza que nos rodea, no solo la nuestra, también las pequeñas cosas que hacen únicos a los demás, las que nos/los alejan de maniquíes huecos, haciéndonos/los humanos, queribles y diferentes. Tanto como para no poder disfrutar de una galleta.

Espero que se deba a que la repostería no es lo mío y aún tengamos esperanza como especie feliz.

Amenazo con un bizcocho marmolado.