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Destete

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la fotoÉste es uno de esos Post que cuesta, de los que escribes y re-escribes en tu cabeza sin valentía para publicarlo ni teclearlo. Este Post es sobre el destete. Experiencia tremenda que ha llegado a nuestras vidas.

La lactancia es una forma de vida, es un modo de criar que habla de disponibilidad, de amor, de comunicación, de entrega, de consuelo, que nutre, que nos nutre, que inmuniza y minimiza. Pero ¿y cuándo se acaba? ¿cómo se acaba?

En mis pronósticos cuando mis hijos quisieran, cuando estuvieran preparados, de forma progresiva, orgánica y pacífica. Abanderé y abandero la lactancia materna, no dejaré de escribir entradas que promuevan sus beneficios y denuncien los efectos de la desinformación, el rencor de los “no practicantes” y la desnaturalización del cuerpo femenino.

Por éstas y por otras muchas razones me resulta tan duro hablar de mis flirteos con el destete.

La alegría que supuso la llegada de Marco a nuestra vida, la plenitud que sentía, el modo en el que me descubría y reafirmaba como persona y mujer me alentaron a quedarme embarazada de nuevo y vivir una crianza doble. Una llama de confianza y deseo; quería construir una familia de cuatro, con tándem en todo, lactancia, colecho, porteo si era preciso, amor y caricias multiplicadas. Y así fue; pero lo que era confianza se tornó en duda y agotamiento. El famoso “puerperio de sombras” postulado por Laura Gutman me golpeaba en la cara con mi segundo hijo.

La Agitación del amamantamiento llegó para quedarse en el segundo trimestre de embarazo, cuando Marco contaba dos años. Por etapas, cada toma se hacía más dura que la anterior y nuestro camino ya no era más un sendero, subimos y bajamos montañas, escalamos escarpadas paredes y nos deslizamos también por hermosas laderas.  Noe del Barrio lo explica a piel descubierta en esta entrada, que siempre me emociona al verme entre sus líneas, qué es y qué se siente con la agitación del amamantamiento.

¿Cómo era posible? ¿Cómo podía ocurrirme algo así? Aún no he encontrado respuesta, solo he conseguido cierta aceptación de la circunstancia.

Un año después, este verano, inicié un destete progresivo. Había llegado el momento, Marco tenía casi tres años, pero  la tristeza inundaba el momento porque él no había tenido la iniciativa.

Mis razones: sin duda la principal era la intermitente y subterránea agitación,  hacer algo que no me apetecía estaba perdiendo su esencia, no quería hacerlo por obligación, pero hay algo que sí tenía muy claro debía ser de la manera más respetuosa posible. También quería ganar terreno en cuanto a su independencia, ya que habíamos decidido escolarizarlo este otoño. Otro tema era la angustia que me causaba que se despertasen los dos a la vez, ya que en la práctica, en la cama no podían lactar los dos simultáneamente sin acrobacias con cojines que terminaban de espabilar a uno o a los dos, cuando eres madre de dos, parece que siempre le fallas a alguien.

El procedimiento: la primera fase, sin duda, fue el destete nocturno, y fue relativamente fácil, cuando se despertaba le ofrecía agua y le explicaba que las “tetitas” tenían sueño, hubo algún llanto pero imperaba el cansancio. Para reducir las tomas diurnas recurrí al consabido “no ofrecer, no negar” y a la técnica del “chupito“, ésto no fue tan sencillo de comprender al principio, yo ponía el final a la toma y a los dos nos costó trabajo digerirlo, hubo llantos, enfados bilaterales y mucha negociación. Mantuvimos en el tiempo y en la duración la toma previa al sueño, siesta y noche, ésos seguían siendo nuestros momentos. Pero con el tiempo la ansiedad por que este momento no se acabara terminó tiñéndolo todo, cuando parecía dormido y sacaba el pezón de su boca, Marco se despertaba enajenado por la rabieta, las tomas podían durar más de 40 minutos en los que otra persona debía cuidar de Maia, fue un tiempo muy complicado, duro, difícil, no quiero engañar a nadie, escribo este Post por si alguna madre se ve reflejada, compartir este tipo de experiencias siempre ayuda entre comadres. Empecé a temer la hora del sueño, dormir sin peleas era una gran victoria porque nunca era suficiente. Esta situación duró unos tres complicados meses.

Sin embargo hubo un click en su cabeza y un buen día se olvidó de pedir “tetita” antes de dormir, aproveché la coyuntura  y cuando sí se acordaba le ofrecía un “chupito” que él aceptaba con deportividad.

En ese punto estamos, chupito a chupito cuando él los considera necesarios. Admitiré que las primeras  veces que no pedía me sentía terriblemente triste, entré en un estado de psicosis, cualquier cosa que sucediera, cualquier enfado, cualquier rabieta me la achacaba, “era fruto de la frustración y el enfado que yo le causaba con el destete”.

Me faltan las palabras para describiros cómo me he sentido. Admito haber estado en un limbo emocional, agridulce, dulce-salado, amargo.

La nebulosa se empieza a aclarar y ya puedo expresarme al respecto. Volveré sobre el tema con la venia de la audiencia.

Os recomiendo la lectura de Destetar sin lágrimas de Pilar Martínez, sabios consejos y normalización del tema.

Edad del destete. ¿Qué opinan los primatólogos?

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Este Post está escrito por Auberiv, compañero de trabajo y muy amigo mío. Muchas son las opiniones tras el revuelo que provocó la portada de TIME, este punto de vista era sin duda imperdible e interesantísimo. Gracias por colaborar con este blog y por tu inestimable aportación Auberiv.

Dato: el niño que apareció en la portada de TIME pronto cumplirá 4 años y es amamantado.

Más datos: las reacciones generadas van desde el rechazo extremo a la defensa inflamada, pasando por los intentos de ridiculizar esta práctica, o que la portada es bochornosa y desafortunada aunque lo de dentro está bien, o no entremos a trapo, o que la crianza de un hijo o hija no es una competición, etc., etc., etc.

Es decir, nos hemos lanzado, como buenos primates, a la confrontación de ideas y puntos de vista, proceso que, habitualmente, deriva en una ceremonia de polémica y de confusión en la que también se pueden acabar enredando quienes intentan poner calma en el asunto. Por un lado, los beneficios de la lactancia materna son tan claros que ni me molestaré en aportar enlaces; por otro, entre las opiniones en contra de amamantar hasta determinadas edades se han vertido, a raíz de esta portada, perlas tales como que se están causando “problemas psicosexuales devastadores” que acompañarán a estos niños y niñas a lo largo de su vida adulta, o que este tipo de crianza es “una receta para el desastre psicológico”; es decir, que estaríamos ante un acto aberrante.

En nuestras sociedades es frecuente asumir que una práctica es “natural” o “normal” simplemente porque no conocemos o no nos hemos expuesto a otros modos de llevarla a cabo. La sabiduría popular alcanza, en este sentido, elevados grados de sofisticación y detalle. Conozco a una madre que vive en un pueblo pequeño (muy pequeño) a la que han pasado de decirle “le estarás dando pecho, ¿no?” a “¡aún le estás dando pecho!” en el transcurso de unas pocas semanas, lo cual prueba lo mucho que somos capaces de afinar en nuestros criterios de lo que se debe y lo que no se debe hacer, de lo que es normal y no lo es, muchas veces no tanto en lo que atañe a nuestras vidas sino con respecto a las vidas de los demás. ¿Qué criterios se están usando aquí para definir “normalidad”? Yo quisiera centrar mi argumentación en el punto de vista biológico y así, como buenos primates, ¿cuál sería la edad natural a la que deberían destetar los humanos?

La mayoría de los datos que siguen los he extraído del blog The Primate Diaries, que aloja el sitio web de la revista Scientific American y que podéis también consultar. Confieso que hay muchas frases y la estructura de algún párrafo que he dejado sin cambiar con tal de mantener una claridad en la exposición original que no me siento capaz de mejorar.

Existe un estudio clásico, “Life History Variation in Primates” que los zoólogos británicos Paul H. Harvey y Tim Clutton-Brock  publicaron en la revista científica Evolution. En conjunto, se trata de la más completa recopilación de datos disponible sobre las sociedades primates (hasta 135 de ellas, incluida la humana) y los parámetros registrados abarcan desde el tamaño de la camada o la edad de su destete hasta el peso de la hembras o la duración de su período de celo. Al relacionar todos estos datos usando técnicas estadísticas, identificaron una serie de patrones que se mantienen a lo largo de todo el linaje primate.

Una de estas correlaciones, que se presenta de un modo especialmente consistente, es la que relaciona el peso de la hembra adulta con la de la edad de destete de sus crías, de modo que, conociendo el primer dato, es posible predecir el segundo con un rango de acierto del 91%. A raíz de esto, se puede calcular que la edad (en días) a la que un joven primate se destetará es igual a 2’51 veces el peso de su madre (en gramos) elevado a la potencia 0’56. Este cálculo, muy sencillo, predice que los humanos deberían destetar a una edad media de entre 2’8 y 3’7 años.

¿Hasta qué punto concuerda esta predicción con las prácticas de nuestra especie? Según los datos recopilados por UNICEF, la mitad de la población mundial prosigue con el amamantamiento hasta los dos años. Y, lo que es más, el destete es sólo parcial, ya que no supone el abandono completo de la lactancia. La ingesta de leche materna prosigue durante algunos meses más o incluso años. No obstante, estos registros estadísticos provienen del análisis de sociedades sedentarias y agrícolas que, en mayor o menor grado, se pueden haber visto influidas por las tendencias de crianza occidentales. ¿Qué ocurre con otras sociedades cuyos estilos de vida guardarían mayor similitud con la de nuestros ancestros del pleistoceno?

Para hallar la respuesta, el antropólogo Clellan Stearns Ford, de la Universidad de Yale, recurrió a la más amplia colección de registros antropológicos disponible, aglutinados bajo la denominación Human Relations Area Files, y averiguó la edad de destete de 64 sociedades tradicionales de pequeñas poblaciones cazadoras-recolectoras. Su análisis (como se observa en la siguiente gráfica) determinó que la edad promedio del destete es de, aproximadamente, 3 años. Resulta importantísimo hacer notar que, dado que estas sociedades se reparten por todo el globo y no tienen contacto unas con otras (a veces con nadie más, aparte del ocasional antropólogo o antropóloga que se pasean por allí) este comportamiento supone una muestra lo suficientemente amplia y variada como para pensar que, desde el punto de vista biológico, estamos ante lo más cercano a “natural” que podamos hallar.

Y no sólo esto. Además de por la lactancia materna habitual y mantenida en el tiempo, los grupos humanos cazadores-recolectores se caracterizan también por unos niveles extraordinariamente altos de contacto y proximidad entre padres e hijos. Las tendencias globales de estas sociedades serían, pues, muy claras y consistentes: los humanos destetan a una edad equiparable (de acuerdo con el cálculo basado en el tamaño de la mujer) a la de otros primates, 3 años, y a partir de ahí este período variaría ligeramente debido a factores ambientales o culturales.

En contraste con estas tendencias globales que se dan en las sociedades tradicionales y las no occidentales, los niveles de lactancia materna en Europa, EEUU y Canadá indican que sólo entre un 15 y un 25% de las madres continúan amamantando a sus bebés a los seis meses tras el parto. Las naciones occidentales se muestran, de este modo, como una desviación extrema de la media con respecto a lo que ha sido y sigue siendo mayoritariamente un comportamiento habitual para nuestra especie. Sobre este punto, tanto la Organización Mundial de la Salud como UNICEF, con sus recomendaciones sobre lactancia, se alinean con las predicciones basadas en nuestros parientes primates.

Podría parecer que el amamantamiento es un mero complemento o incluso un capricho en nuestras confortables y sobrealimentadas sociedades occidentales. Los beneficios de la lactancia se han comprobado ampliamente en las partes del mundo menos ricas y tecnificadas, donde supone el mejor remedio contra la malnutrición, la incidencia de enfermedades infecciosas o problemas como la diarrea que, sin tratamiento adecuado, pueden ser mortales; pero estos efectos son universales y también se observan en nuestros hijos. No sólo los bebés amamantados están mejor nutridos y protegidos contra las modernas epidemias de obesidad y diabetes asociadas con la sobreabundancia de alimentos, sino que la mejor salud general de estos niños y niñas supone un alivio para los saturados sistemas sanitarios de nuestros países.

Ahora bien, está claro que nuestras circunstancias han cambiado apreciablemente con respecto al entorno de una sociedad tradicional. Por nombrar algunas evidentes: podemos trabajar a muchos kilómetros del lugar que habitamos, las relaciones y exigencias sociales se han vuelto más complejas, la mujer prosigue su camino de incorporación en igualdad de condiciones al entorno profesional, existe una tecnología que ofrece alternativas alimenticias a los bebés, el tamaño de las familias se ha ido reduciendo hasta poder llegar ser monoparentales, o incluso se puede dar el caso en que el niño esté a cargo de alguien que no tenga pechos con los que amamantar. También cloramos el agua que bebemos, tomamos aspirinas y debemos esperar ante un semáforo en rojo. Y, por supuesto, se han producido cambios en el modo de criar a los niños. Ambiente y comportamiento se influyen y retroalimentan inevitablemente pero esto no debería impedirnos observar ambos con espíritu crítico para evaluarlos y decidir qué podría ser cambiado y mejorado desde el debate informado y el consenso.

La mayoría de las sociedades humanas no comparte nuestra traumática relación con la lactancia. Amamantar hasta los dos, tres o más años, lejos de ser meramente una rareza, un estilo de crianza más o menos caprichoso o incluso una perversión, como se apunta desde algunos grupos, es una norma natural que tiene implicaciones muy importantes para el desarrollo físico y emocional de madres y niños y también es relevante en cuestiones relativas a la salud pública y al bienestar global de una sociedad. Se trata de conocer cómo son nuestros cuerpos, cómo funcionan y qué es conveniente para ellos. Al igual que sabemos que pesar 140 kg midiendo 155 cm es perjudicial, sabemos que amamantar durante dos, tres o cuatro años es beneficioso. Toda mi argumentación ha estado encaminada a mostrar mi desagrado a que se usen justificaciones biológicas a la hora de rechazar este tipo de crianza cuando, en realidad, están operando otros motivos que pueden ir desde la desinformación o la imposibilidad hasta algunos que, desde mi parecer, resultan siniestros. En última instancia, corresponde a las madres (y a los padres) decidir cuánto (o cuán poco) quieren amamantar a sus hijos. Todas las decisiones, si son meditadas, informadas y buscan el mejor compromiso posible entre los intereses de todas las personas involucradas en ellas (teniendo en cuenta que no existen bebés capaces de decidir y opinar por y para sí mismos), deberían ser válidas. Sin embargo, creo que, como sociedad, deberíamos apoyar y garantizar que todos tengamos acceso a una información de calidad y asegurar un entorno en el cual las madres que decidan amamantar a sus hijos no se hallen expuestas a estigmatización y a juicios de valor por hacer algo que, al fin y al cabo, es sencillamente natural.