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Equilibrio

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Lactancia playera¿Cómo se siente una madre reciente en verano? O más bien, ¿cómo me siento yo, madre reciente, en verano?

Como una funambulista, que busca el equilibrio. Equilibrio entre las verdades profundas que me grita mi instinto y lo aprendido y vivido a lo largo de los años.

La brisa es fresca cuando cae la noche y sientes como algo se mueve. Las veladas musicales se suceden en Granada, el evento del año, el Festival de Música y Danza. Las corcheas se apresuran entre los insignes muros de la Alhambra. Las terrazas bullen entre conversaciones y cervezas, pero para mi un lunes de marzo no es distinto a un viernes de julio. Parece que se crea una elipsis y tu sigues flotando en tu propia burbuja balanceante. Yo he elegido y compensa, pero eso no me exime de tener sentimientos, deseos o añoranzas.

Después viene ese otro tema, la biología perfecta que se enfrenta al concepto de lo oportuno, la belleza oportuna, el cuerpo canónico en los tiempos que corren. El intelecto constata lo absurdo de la uniformidad, constata que todos tenemos un cuerpo adecuado, deseable y único. Llevas tiempo sin ver apenas publicidad, sin frecuentar tiendas de moda, pero el hábito hace al monje. Eres la típica mujer del s. XXI que no ha estado contenta con su contorno, con su tono de piel, con su altura, con su cabello, con sus pecas, con su ropa, con su, con su, con su… Y tu intelecto lo vuelve a constatar pero te imaginas en ropa de baño y te estremeces, quizás te avergüenzas.

Son muchos años preparando el momento que une la toalla con la orilla del mar y en este impás de debilidad, de sombra, te sientes blanda, blanca y redonda. La biología tiene maravillosos planes para ti,  has engendrado y alumbrado a un nuevo ser. Te ha cualificado para alimentarlo, protegerlo y amarlo con tu propia leche, se trata de un gran milagro ¿por qué pierdes el tiempo lamentando que no encajas en un contexto social que invisibiliza y menosprecia a las madres? Quizás porque siempre te lamentaste, al margen de una reciente maternidad, nunca encajaste en el molde que había en tu cabeza o en el que pusieron en tu cabeza, ahora eso ya no importa, el daño está hecho y la inseguridad camina de tu mano por cualquier sendero al que te expongas.

De nuevo mi intelecto constata que debe haber otros planes para mi. Que no puede ser tan malo estar a la sombra en la playa, porque así protejo a mi bebé del brillante sol. Que no puede ser tan mala la voluptuosidad, porque así proveo de alimento a mi bebé. Que no puede ser tan malo acompañar cada noche a mis hijos en el tránsito al sueño. No puede serlo.

La sombra está ahí, ¿por qué negarla? Aunque la luz se proclama vencedora, pero esa es otra historia. Amarnos como seres únicos que somos, amar nuestro cuerpo y nuestras circunstancias, no es algo que debamos hacer a propósito de nuestros hijos, si no a propósito de nuestra propia existencia.

Quiero traer a este espacio lecturas que me han conmovido e inspirado estos días.

La soledad de la crianza, de Madres Cabreadas, cuando el mundo gira y tú lo observas.

Un cuerpo bonito. Retratos de madres reales realizados por Jade Beall.

Modelos a seguir. El peso extra que va a parar a nuestras hijas. Estupenda reflexión de Kasey Edwards, que escribe una carta a su madre proponiendo una herencia del concepto corporal preconcebido.

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De percentiles, cuerpos, kilos y yardas

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percentilesLos percentiles, esa guía, línea o límite que designa la normalidad y en la que buscamos más bien la excelencia. Desde fetos ya hay un concepto de lo adecuado y de lo mejor. En esta carrera de fondo, de alta competición que es nuestra enferma sociedad, es motivo de orgullo pensar en un bebé intrauterino de grandes dimensiones, aunque a esto haya que sumar los bienintencionados comentarios que vaticinan una cesárea o un heroico parto.

Después viene el gran momento del bebé. Pesarlo semanalmente y “consultas de niño sano” donde el todopoderoso pediatra nos da la “absolución” y pone nombre a lo que nosotros ya vemos, que está sano. ¿Qué se espera socialmente? Que el bebé sea un “bebote”, rollizo, gordito, con preciosos michelines y roscas en toda articulación que se precie. Empezando el calvario de madres con niños delgaditos, “va a ser que tu leche no alimenta”, escucharán continuamente. En el caso del biberón también comenzarán los sudores fríos, “el envase ha de estar vacío”.

De este modo entramos en la etapa de los sólidos, papillas para algunos y trocitos para otros. Este tema da para mucho y lo dejaremos para otro momento, pero la percepción general sigue siendo casi la misma, los bebés que comen todo cuanto se les ofrece sin rechistar son adorados, con puntos extra si comen espinacas, aunque el “look rollizo” empieza a caer lentamente.

Y así, casi sin enterarnos llegamos al  niño pequeño, digamos a partir de los dos años. Todos podemos ver como los niños sienten predilección por dulces e hidratos de carbono. ¡A quién se le ocurre!. Además pasan por fases en las que pierden el apetito. En cada hogar se resuelve de una manera, algunos optan por que coman cualquier cosa que les guste y mañana será otro día, otros empiezan contiendas muy duras para ambas partes y otros últimos se conforman con el ayuno que el momento trae consigo.

Puedo observar que la correlación entre lo que a los padres les gustaría que sus hijos comieran y lo que de verdad comen empieza a distanciarse. Pero hay un fenómeno curioso, al margen de la alimentación, de repente, en algún punto de esta secuencia de etapas se integra al niño en esta locura del “cuerpo perfecto/cuerpo delgado”. Ya está, ¿y lo mono que es? si parece un hombrecito. Ya no nos importan los percentiles, ni falta que hace, ni ahora, ni antes.

¿Y qué pasa con los niños que comen con normalidad? Con los que prueban alimentos nuevos, con los que se terminan el plato, con los que quieren repetir. Son “raros” y parecen tener un foco. Y tener un foco es tan, tan molesto. Estar en la misma línea del percentil que ya te caracterizaba en el propio útero de tu madre es un problema, y esto no, hasta ahí podríamos llegar.

Los niños aún son puros, inocentes, están aprendiendo del entorno y el entorno debe proporcionarles respeto. Adultos del mundo, ¿a cuántos de vosotros os gusta que la gente que os rodea esté pendiente de la cantidad que ingerís? “Come más, no tanto”. ¿Cuántos de vosotros, un día especial, coméis más de lo habitual u otro tipo de alimentos? ¿Y qué os hace pensar que un niño de dos años no pueda hacerlo? “Yo comeré un pastel de postre, o dos, pero tú una manzana” o mejor aún ” tu hermanita se come tres porque no ha probado la sopa, pero tú ya tienes suficiente”.

Ese foco que no para de alabar lo bien que comes, lo campeón que eres o lo “mucho” que te gusta comer. Y todos comentamos los hábitos alimentarios delante del interesado. Pero resulta que el interesado no tiene madurez suficiente para atravesar críticas o valoraciones y por agradar, por responder a una expectativa o por llamar la atención puede modificar su conducta natural frente a los alimentos. No hay  nada mejor que  poner una etiqueta para que se responda a ella.

Cómo nos relacionamos los adultos con la comida no es algo libre de subjetividad. Todos tenemos nuestra personal e íntima relación con  la alimentación y es nuestra obligación permitir a los niños que vivan su propia vida para que establezcan hábitos saludables. Ellos no tienen la culpa de que te sintieras el gordito de la clase, o de que fueras el bajito, o el flacucho.

La comida es todo un tema, cómo nos socializamos en torno a ella, cómo impacta en nuestro cuerpo, en nuestra mente, en nuestra salud. La excelencia no existe, simplemente somos y la variedad es un hecho, fijémonos en los juegos olímpicos, personas altamente saludables que no se parecen entre sí, una jugadora de baloncesto o una gimnasta rítmica.

Pongamos alimentos saludables al alcance de los niños y lo demás que lo hagan ellos, libres de etiquetas o preconceptos.

¿Qué piensas tú?

¿El conocimiento nos hace felices?

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amar_sin_miedo_a_malcriarMe gustaría hablaros del último libro sobre crianza que he leído, Amar sin miedo a malcriar de Yolanda González Vara.

Es un libro extenso que habla de múltiples temas relacionados con la crianza, pasando por la concepción, el embarazo, el parto natural y los primeros años del niño por mencionar los más generales. Se trata de una mirada desde la Teoría del apego. Su autora es psicóloga y utiliza un lenguaje mas elaborado que otros autores como Carlos González o Rosa Jové, ya que no solo va dirigido a padres, también habla para profesionales de la educación.

Me parece un libro muy completo, que leería más veces. Se pueden saborear cada uno de sus capítulos porque lo que prima a través de sus páginas es la capacidad para hacernos pensar y cuestionárnoslo todo, pero este hábito de pensar tiene sus consecuencias y más cuando buceas en la raíz psicológica de nuestros actos, la influencia de nuestros padres sobre nuestra conducta y influencia futura que tendrán nuestras decisiones sobre la personalidad de nuestros hijos. Tremendo.

Todos sabemos ya en qué consiste la Teoría del apego, desarrollada por el psicoanalista J. Bowlby y que más tarde retomaría Mary Ainsworth, y es en que “el estado de seguridad, ansiedad o zozobra de un niño o un adulto está determinado en gran medida por el grado de accesibilidad y capacidad de respuesta empática de sus padres o principales figuras de afecto”. Lo que del título del libro se desprende, como después subraya a lo largo de sus páginas, es que el amor es la vía más directa para desarrollar la autonomía y la identidad personal, en contra de lo que pudiera parecer. Alegato que se defiende de los ataques de la corriente conductista imperante. Y es que debemos amar sin miedo a malcriar, nunca es demasiado amor.

El libro nos da consejos prácticos para “poner en práctica un modelo saludable, favoreciendo un continuum en la relación, un hilo simbólico invisible, sólido y amoroso sin fisuras ni rupturas en la formación del vínculo padres-bebé y niño. No se trata de ser padres perfectos, porque no existe tal perfección y, mucho menos, en una sociedad neurótica como la nuestra. Lo único real es el deseo y el intento de aproximarnos a la creación de una relación que sea lo más saludable posible, desde la presencia emocional y la capacidad de dar amor”. Aboga por una serie de renuncias temporales que representarán la mejor inversión a largo plazo para lograr una sólida salud emocional en nuestros hijos.

Hay un capítulo revelador y es el de la sexualidad infantil. He leído mucho sobre crianza, apego, lactancia a término, colecho, porteo, pedagogía blanca, abordaje respetuoso de rabietas y un largo etc. pero hasta ahora no había leído nada sobre el sexo en estos términos, es un tema que sigue siendo tabú y necesita un mayor abordaje. Ahí lo dejo da para un post en sí mismo.

Sin embargo, a través de mi andanza por sus páginas no puedo desprenderme de una molesta sensación de culpabilidad, si bien no existe la perfección, y hasta ahí llegamos, toda decisión presente, consciente o inconsciente tiene sus repercusiones futuras. Y yo que soy una pecadora, me declaro culpable de sentir culpa. Es éste un importante defecto que tengo, que debo trabajar, pero que no puedo evitar. Ya antes de ser madre sentía el peso sobre mis hombros del movimiento mismo de la Tierra, como una gran narcisista que aspira a expiar los pecados del mundo. Así pues hay ciertas lecturas como ésta o la célebre Laura Gutman que me colman de preocupación. No se si me estoy volviendo cobarde, si no estoy preparada para enfrentarme a los fenómenos psicológicos que conforman nuestros patrones de conducta o si el modo de expresar ciertos contenidos, aún sin pretenderlo son culpabilizadores.

Pondré un ejemplo fascinante, el estrés o el miedo durante el embarazo pueden mantener contraído el útero propiciando un entorno hostil que podría provocar en algunos casos un parto prematuro y en otros que no se produzca la versión cefálica previa al nacimiento. Si bien esto es posible, es aterradora la sensación de que de alguna manera tenemos lo que construimos con nuestras emociones. Pienso que “descubrir” que sentimos miedo nos puede ayudar para trabajarlo, pero “conocer” que el miedo puede tener consecuencias en nuestro bebé quizás nos podría predisponer a sentirlo, nos atraparía. Entrar en una casa oscura y estar en la obligación de no titubear es demasiado.

No censuro el libro en absoluto, es muy inspirador, pero sí hablo de las reflexiones que ha despertado en mi. La madre sigue pagando, y quizás deba pagar, pero también merece un profundo abrazo porque no es fácil ponerse en su piel.

Y la sirena llegó nadando

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El nacimiento de la sirenaSi, la sirena surcó las aguas de su madre y llegó al mundo acogida por la tibieza de otras aguas. Aguas que se mezclaron con las propias y que en calma la abrazaron. Y no fue en otro sitio que en brazos de madre donde su pecho inhaló la fuerza aérea del nuevo mundo que se expandía en derredor.

Así llegó Maia al mundo, este fue su camino. Casi un mes de pródromos, un susurro, estoy aquí, pero aún no. Su madre no siempre supo leerla, desesperó, caminó, la esperó. Pero también aprendió de la fuerza de la naturaleza, de la fuerza del propio cuerpo, donde no sirven las agendas, donde no importan los planes, ni lo conveniente, ni lo inconveniente.

Aquella mañana su madre lo supo, con más fuerza que otros días que “también” lo había sabido. Y es que la sirena daba pistas pero se tomaba su tiempo, quería decidir sobre su propio momento, su momento único. Y aquella mañana había contracciones desorganizadas, como siempre, pero que le “picaban” incluso recostada. Ocho y cuarto, “hoy si Antonio, lo puedo sentir”, atravesó el pasillo, “hoy si mamá”. Todo el mundo arriba, “¿unos crepes?”, se toman su tiempo pero ella sabe que no lo tiene, amamanta a su tesoro y el dolor se agrava, Marco sumó su propia inyección de oxitocina. Ella decide darse una ducha caliente y después tan solo un bocado dulce, “taxi ya”, llamada telefónica y unas escaleras de pronto infinitas.

En el hospital, otra vez. Cuánta desconfianza, después de la experiencia anterior, parecía tener que demostrar que si, que ahora si. Monitores. “Estas contracciones no son regulares, pero te exploraremos”. “Dilatación completa, el agua clara, la bolsa intacta, se puede ver el pelito”. Y ella, lloró y lloró, olvidó su ropa y descalza fue conducida hasta el paritorio, flotando y llorando…

Un grupo de matronas la recibe, aún sola, y le ofrecen parir en la bañera, dudas y contracciones “¿decidir ahora?” No pensó que tendría tanta suerte y esa posibilidad no estaba apenas considerada. Pero cuando su pareja llegó y la animó, ya no hubo mas dudas, ansiaba ese agua caliente rodeándola.

Las contracciones le dolían pero eran mucho mas orgánicas, si se sentaba en el fondo el agua le llegaba hasta los hombros, la poderosa esfera no tenía que lidiar más con la gravedad. Casi dos horas de expulsivo, lento, de un ir y venir como la marea. La sirena nadaba en su propia bolsa, rebotando en sus propios confines y sin quedar atrapada hasta que fuera el verdadero momento de cruzar de mar a mar.

La madre pudo conectar con sus emociones, con su dolor, con su respiración, con ese “planeta parto” del que se habla. Entre contracciones hablaba con su sirena, “cariño, confío en ti, haz tu camino, te estoy esperando, eres fuerte, eres valiente”, luz tenue, la mejor compañía, Aquarius y Handel. Así llegó el momento de pujar, fuerte, salvaje, intenso. Pero también hubo debilidad, ella se perdía en la vorágine y desconfiaba de su cuerpo, de su fuerza, se disculpaba por sus gritos, el peso de la costumbre era fuerte. Pero la vida se abría paso y ante propios y extraños las aguas se abrieron y Maia sacó su cabecita, sus hombros su torso, su vientre sus piernas, con tiempo pausado, tranquila.

Ojos abiertos bajo el agua y sin nadie que la tocara que no fuesen las entrañas de su madre, que al apenas sentirla salir, alzó con sus manos y tendió sobre su pecho. Y así llegó al mundo la sirena, sin prisa, sin pausa, con calma, con mucha calma. El ambiente que se respiraba no era un estallido de emoción si no un estado milagroso de estupefacción.

 

Como apéndice de este cuento, que si fuera mentira no te lo cuento, me gustaría dar algún dato técnico, durante todo el tiempo que permanecí en la bañera, regularmente, una matrona escuchaba con un aparato de mano sumergible el ritmo cardíaco del bebé. Una vez el cordón umbilical dejó de latir, se cortó y yo pasé a una camilla con una sábana plástica, sin separarme de recién nacida y alumbré la placenta y demás membranas, hasta ese momento la sangre no había aparecido. Tras un pequeño debate de su necesidad o no, me dieron un par de puntos internos y otro externo. También hice uso de óxido nitroso pero no el suficiente tiempo, no podía concentrarme y estar pendiente de inhalarlo.

Mi parto, fue un Parto Respetado y estoy agradecida con el Hospital Clínico de Granada y con el servicio de matronas que me atendió. No es común vivir una situación tan gratificante en un hospital y recibir el alta a las veinticuatro horas, es lo más parecido a un parto en casa a lo que podía aspirar en un centro hospitalario y me siento muy afortunada por ello. Por supuesto, si me lee alguna futura madre, le aconsejaría este tipo de parto si se dan las condiciones, es una experiencia inolvidable en el maravilloso sentido de la palabra.

Pródromos. El cuento de Pedro y el lobo

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Silvia embarazadaVengo viviendo unos días de bastante agitación uterina. Tanto, que en tres ocasiones las contracciones fueron rítmicas y dolorosas. El tercero de estos días la intensidad y frecuencia fueron mayores, cada dos minutos con vigor, así que decidimos desplazarnos al hospital. Las correas no mentían “estaba de parto”, así que primera exploración, solo un centímetro y medio pero buen ritmo, ingresada. La emoción no me dejaba respirar, iba a conocer a mi niña.

Entonces entras en el círculo hospitalario. Te transformas por completo, te vistes con ese enorme saco-camisón y la cara y la actitud es otra, la de paciente. Ya que estás en planta, segundo tacto, dos centímetros y medio, casi tres, “en hora y media otra exploración y para paritorio”. Contracciones y paseos por el pasillo. Llegan las compañeras de habitación, las compañeras de pasillo, gritos y más gritos. “No puedo”, “me quiero morir”, “¡no puedo, me quiero morir!”… ¿Por qué no me traje unos cascos? ¿por qué vine tan pronto? Yo si que no puedo con este ambiente. Mas paseos y paseos, cada vez me duele menos y van 8 horas de contracciones. Dos de la mañana, tercer tacto, tres centímetros, todo igual. Aconsejada por la matrona decido dejar de caminar y me tumbo en la cama, las contracciones dolorosas me abandonan. Cambio de compañera, más cuñadas, más maridos, más cronómetros. Amanece que no es poco, cambio de turno, más correas, más tactos, me voy a casa no sin antes esperar varias horas, hasta las tres de la tarde, para obtener mi parte de alta.

Cuántos consejos, cuántas emociones, cuántos sanitarios diferentes te pueden llegar a ver en 18 horas. Balance, caos total. Miedo.

Vuelvo a casa frustrada, sin mi bebé en los brazos, con dudas, acobardada, dolorida. ¿Cuándo entonces? ¿sabré esperar hasta el momento oportuno la próxima vez? Movilizo a mi familia para nada, lo cierto es que los necesito cerca, para sentirme segura, estar tranquila, confiar en que Marco estará bien acompañado cuando surja, ¿pero cuándo surge? Pasan los días y nada serio, contracciones irregulares al medio día y al atardecer, he expulsado el tapón mucoso, toda una experiencia mística y gelatinosa, pero nada.

El hospital con sus olores, sus visiones, sus sangres ajenas y sus sonidos me han tocado. La fuerza y la ilusión con la que anhelaba el día han abierto paso al miedo y la impaciencia. No me gusta quejarme de esta manera, pero así es como me siento, pequeña frente a una montaña que he de escalar. Defraudada conmigo misma, ¿por qué se paró? Defraudada conmigo misma, dejé a mi niño por primera vez por la noche para nada.

Pródromos o el cuento de Pedro y el lobo. La próxima vez esperaré, pero ¿y si viene el lobo? No se cuándo me puedo quejar, cuándo es dolor, ¡cuándo!

Siento Maia que algún día leas esto, mamá se está permitiendo la cobardía, mamá es humana, ¡tan humana! Pero seguro que expresar esta pesadumbre abre las puertas al amor infinito que nos une y que me guiará en el tránsito que nos reúna.

Girar y girar

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Moxibustión caseraMomentáneamente es el tema de “moda”, la cesárea. Pero mas allá del mundo del famoseo, voy a contar mi historia. Estoy de casi 38 semanas de gestación y allá por la 33 pudimos ver en la ecografía que Maia se encontraba en posición transversa.  posicion-parto-bebe-transversal

Aún quedaba tiempo y aunque no era alentador pensarlo, aparqué la idea mientras tramitaba mi baja laboral y durante la Navidad. Pero los días corrían y el tiempo apremiaba por lo que la idea se instaló en mi cabeza y comencé a pensar en las consecuencias, la irremediable cesárea. Básicamente no deseo un parto de este modo, aún no tengo a la niña entre mis brazos y podría ocurrir cualquier cosa, pero mi energía se dirige hacia un parto vaginal. Sueño con una segunda oportunidad para vivir mis contracciones y sentir cómo a través de la expansión de mis fronteras se abre la vida y de cómo en virtud de la gravedad y de la fuerza que me dota y une a la tierra, puedo facilitar el trabajo que ella realizará para encontrarse de otro modo con nosotros.

Reinicié los encuentros con mi círculo de mujeres y empecé a sentirme incómoda. Bajo la espada de Damocles. No me sentía merecedora de realizar los ejercicios que me guiarían en los trabajos de parto, estaba obstaculizando a mi propia esperanza. Me llovían las sentencias, ya era demasiado tarde y ella no tenía espacio. En definitiva, era muy grande para girar.

Palabras de aliento oportunas y una lección para guardar en el joyero: conectarte con tu cuerpo, escucharlo, aprender a dejarte llevar, liberar la tensión y transformar el dolor no es algo que sólo sea útil durante un parto, son preceptos básicos para vivir una vida.

Pues bien, lo conseguimos, en tres días lo conseguimos, espero que de manera definitiva. Los ingredientes son los que siguen. Atraje a la esperanza de nuevo, abrazándola y guardándole un lugar en el sofá. Nos pusimos en manos de la moxibustión, una de las ramas de la medicina tradicional china que consiste en la estimulación de un punto de acupuntura mediante la aplicación de calor utilizando un puro de moxa (artemisa), en este caso el punto se encuentra en el dedo meñique del pie, se calienta durante quince minutos en cada pie a lo largo de cuatro días. Se puede realizar en casa, dada la imprecisión del foco de calor, no es como el pinchazo de una aguda aguja, es sencillo una vez se aprenden las premisas. Durante estos treinta minutos puse en práctica la meditación y la visualización aprendida en el taller de Mónica Felipe, entre otras cosas imaginaba mi parto ideal, con la cabecita de Maia buscando la luz, sintiéndola, conociéndola y guiándola. A todo esto, supongo, he de añadir la buena suerte, ¿por qué no? el azar también tiene su espacio en el devenir de los acontecimientos. Ahora contamos con tres semanas de “libertad” antes de la próxima ecografía, con las mismas preocupaciones que cualquiera en estado de “buena esperanza”.

Ha sido duro barajar opciones como cesárea programada, versión cefálica externa con todos lo riesgos que conlleva, o iniciar un parto de manera espontánea para terminarlo irremediablemente con cesárea. Difícil decidir cuando cada opción entraña riesgos y beneficios, ponderar qué es más importante, asumir la responsabilidad de las consecuencias de cada una de ellas.

Ahora me viene a la cabeza el tema de la semana, el nacimiento de Milan Piqué Mebarak y me quedaré con estos tres relatos. El análisis de El Parto es Nuestro con cuya escritora me siento totalmente identificada ya que se encuentra en una situación similar a la mía. La visión de Una maternidad diferente que apuesta por ser respetuoso con la opción de cualquier madre, si pedimos respeto por nuestras decisiones, debemos tenerlo con los demás. Y con la revisión de Miriam Tirado, no debemos olvidar que los famosos son un escaparate y tienen muchísima influencia.

Debo añadir que hoy es un gran día para mi, un respiro, una luz que me acerca aún más a mi bebé y así lo estoy viviendo.

El día que nací yo

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ManosHoy es mi cumpleaños, han pasado 32 años desde aquel cambio de paradigma, pasé de sirena intrauterina a mamífera hipnotizada. Y de esto quería hablaros, de aquel parto que hoy conmemoro, de mi madre, protagonista y heroína de mi vida.

El parto continúa siendo propiedad de cualquiera menos de la madre que esta pariendo, pero hace tres décadas era una cuestión aún más peregrina.

Una jovencita de 21 años ingresa en el hospital, sola y asustada, cuatro días antes del alumbramiento, la razón “parto viejo”, supongo que haciendo referencia a un embarazo prolongado mas allá de la semana 40. La solución, cuatro días de pastillas sublinguales que desembocaron al quinto día en un parto de apenas dos horas y media. La situación hospitalaria fue la siguiente, habitaciones de siete pacientes obstétricas de todo tipo, madres recientes, madres inminentes, madres dilatando y mujeres que acaban de abortar, por citar algunos ejemplos. El tiempo de visita del que disponen estas “pacientes” es de dos horas al día, tiempo en el que no está incluido, por supuesto, el parto.

Un parto inducido y no informado me trajo a este mundo, nuestra valiente no contaba con el favor de la epidural para hacer frente a las tremendas contracciones que suponen la inducción, ni que decir tiene, no podía moverse de la cama mientras tanto, en la temida y dolorosa posición de litotomía (tumbada boca arriba) durante la dilatación y el expulsivo. Tampoco pensaba que tuviera derecho a gritar, entre susurros se agarraba a los barrotes de la cama para sobrellevar las contracciones, delante de sus compañeras que no dudaban ni un minuto en opinar: “eso no es nada… la que te espera”, siempre dando ánimos, somos así.

Rompió aguas en su cama, sin idea de lo que significaba aquello, aguas sucias que la avergonzaron, esperando reprimenda. Sin pedir ayuda, sin dar noticia de su estado, esperando que alguien se diera cuenta de que ya estaba de parto, sin molestar a los demás.

Cuando ya coronaba, la matrona la llevó a paritorio. En el potro le ataron las piernas, le realizaron la maniobra de Kristeller en varias ocasiones y la episiotomía, técnicas que se realizaban de serie. Entonces llegué yo. Me dieron un buen baño, me vistieron y me depositaron en la cuna mientras mi madre era “tricotada” sin anestesia. Ella jura que nunca me recuperé del frío que pasé ese 9 de enero.

Volvimos a nuestra acogedora habitación de siete más vástagos. Allí le dieron a mi madre la gran noticia de que su recién nacida sufría displasia de cadera, sin mas información que esta me llevaron para realizarme pruebas, y sola se quedó, llorando, preguntándose la envergadura de la noticia y sin nadie de confianza con quien compartir las grandes emociones vividas en las últimas horas. La estancia en el hospital aún se alargó otros cuatro días por protocolo, con las escasas dos horas de visita en rigor. A esto se sumaron “luminosos” consejos como: “no te duermas, cuida que no te desangres” y “cuidado, la niña puede vomitar y ahogarse”, consejos bienintencionados de las visitas, esos momentos en los que te podías comunicar con los tuyos en entorno de confianza.

Todo esto es lo que yo llamo un parto robado, época oscura en la que no se informaba a la mujer de sus derechos, no se le daba la oportunidad de “participar” en sus propios procesos. Mujeres infantilizadas y apocadas en medio de la vorágine de la sacrosanta medicina, y dando gracias.

Pero mi madre es una heroína, estableció la lactancia, superó un largo principio de lágrimas, culpa y dudas. Tan joven, tan bonita, tan vulnerable, tan inconsciente aún de todo lo que le robaron, tan sin saber lo fuerte que es y lo valiente que fue.

Te quiero mamá, porque tú me diste la vida, tú eres vida, tú fuiste mi alimento, mi refugio, mi consuelo y supiste encontrar el andamiaje que nos sostiene aunque tú no lo hubieras tenido, porque construir sin ayuda es muy complicado y tú has sabido cómo.

Hoy es tu 32 aniversario de madre, gracias por ello y por todo.