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Una escuela libre y democrática

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En pocos días empieza Septiembre, ya sabéis a lo que me refiero, horarios, adpataciones, síndrome post-vacacional para grandes y chicos, algunos miedos empiezan a rondar y también ilusiones, muchas ilusiones. En este entorno personal os traigo una de mis últimas lecturas, Summerhill hoy de la editorial Litera.

La educación de mis hijos y el sistema educativo español es un tema que me preocupa, que duda cabe, así que indago y siempre me gusta hacerlo volviendo a las semillas de la revolución, recuperar los sueños de grandes pedagogos de la historia para salvar las ideas que se puedan aplicar a mi entorno, o sencillamente para crear debate, se pueden sacar algunas conclusiones de la confrontación de ideas.

¿Y qué es Summerhill? Summerhill es una escuela situada al sur de Inglaterra fundada en 1923 por Alexander Sutherland Neill, es una Escuela Libre pionera, entre sus muros conviven niños de primaria y secundaria de manera interna por lo que cuentan con amplios espacios, hectáreas de campo, dormitorios colectivos, aulas, comedores…

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Maia va al cole

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Hoy vengo dispuesta a mostrar un poco más mi humanidad. Ya hace casi dos meses  que Maia ha empezado un nuevo camino, está escolarizada, asiste de lunes a viernes a un taller matinal de dos horas y media sin padres, podría llamarse guardería a efectos prácticos pero nosotros no lo sentimos así, es “otra cosa”.

Mi viaje interno en este sentido ha sido agitado. La iniciativa la tuvo su padre, principal cuidador de Maia por las mañanas y tuvo miedo para plantear el tema, noté sus titubeos, sus rodeos, su miedo a mi respuesta, estaba a la defensiva esperando mi ofensiva. Entonces me di cuenta de lo dogmática que debo ser, no soy la propietaria de nadie, salvo de mí misma y una mirada mas abierta era necesaria en ese momento. Por aquél entonces comencé a pensar en la figura del padre y me salió este Post, acompañar a una mamífera empoderada no ha de ser sencillo, eso seguro, y a final de cuentas yo no he renunciado a mi trabajo es él el que tiene una reducción de jornada para hacerse cargo de su hija. Solté lastre, accedí pero me desentendí de la adaptación, mi cara contaba historias, “la llevas al matadero”.

¿Cómo reaccionó Maia? Él lo podría contar mejor, pero se despedía y se quedaba jugando aparentemente bien. Nos cuentan sus maestras que al principio observaba mucho y participaba poco. Después cuando la recogíamos tenía grandes rabietas, se enfadaba y lloraba, un día más de cuarenta minutos, tenía que expresar su malestar, estaba contrariada porque la habíamos dejado sola. La primera vez que yo la llevé, entonces lloró al quedarse, la puerta se cerró y podía escuchar cómo me llamaba, me fui desolada. Ahora sí, culpaba a su padre con la mirada, con ciertos comentarios, estábamos estropeando nuestro tesoro, habíamos sucumbido, no sé bien a qué, muy dramático, mis confidentes escuchaban los relatos de rabietas que les traía, las rabietas de todos.

Siempre he pensado, aunque esto ya lo sabéis, que los niños intuyen nuestras emociones y las hacen propias, somos sus referentes y yo no estaba convencida, me sentía culpable, tenía miedo. Si la experiencia de separarse de sus figuras de apego es complicada para una niña de dos años, sentir el temor materno lo hace aún más difícil.

El día del llanto fue el quinto día, el viernes, durante el fin de semana nos alimentamos de presencia, de teta, de leche, de cuentos, de caricias, de risas y como por arte de magia todo ha ido como la seda desde entonces. Maia no ha enfermado ni un solo día a lo largo de estos dos meses, va contenta, me habla de sus compañeros, de sus maestras, de sus juegos; en casa escenifica la partida, coge su mochilita y se despide contenta, todo un milagro.

Mi cerebro digiere esta información, me siento feliz y tranquila con el paso que hemos dado, ¿qué hemos ganado? algo de tiempo, poco, pero el suficiente para encontrar algún desayuno romántico, organizar las comidas con sosiego, lectura u horas de estudio que ya tocaban.

¿Qué gana Maia? Algo de independencia, juegos diferentes, compañías diferentes, estoy encantada con el lugar, ocho niños, a veces diez de cero a tres, juntos, dos maestras, a veces cuatro a la vez. Tienen mucha atención y se relacionan con niños de diferentes edades. Maia adora a sus compañeras bebés, las de menos de un año, porque ella a su manera también es un bebé, y admira la pericia de los mayores. En serio, es un lugar maravilloso, con especial atención al desarrollo armónico psicomotriz. Pensaréis que estoy loca pero ahora empiezo a pensar que ese proyecto habría beneficiado a Marco, que no se escolarizó hasta comenzar el cole y le costó muchísimo. No hay manera de saberlo, no podemos retroceder en el tiempo y una cosa es segura, cada niño es diferente y las circunstancias que les rodean también. Hemos de escuchar a nuestros hijos y responder a sus necesidades de expansión o de fusión hasta que ellos mismos se sientan seguros para avanzar. Maia florece como la primavera, Marco necesitaba sentirse seguro porque su hermana acababa de nacer y ya eran suficientes cambios para él. Así lo siento en este momento.

Hay tantas soluciones como familias y cada vez detesto más los dogmas, quizás sólo me quedo con parte del lote de la crianza con apego, pero no podemos encadenarnos a una idea, debemos hacer honor a la característica esencial del cerebro humano, su plasticidad. Sí con principios, no con imposiciones.

Nota: si os interesa conocer el proyecto educativo del que hablo, contactad conmigo.

La señora Carnaval

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La señora Carnaval

Hoy he vivido una de esas experiencias que por su cualidad mágica nunca se olvida, hoy he prestado mi carne a la Señora Carnaval.
¿Y quién o qué es ella o él? Espectro que se deja palpar aunque vive, late y siente en el mundo de la imaginación.
Esta es su historia: cada carnaval una enigmática figura se sienta en su sillón y nos regala su presencia y esencia durante toda una semana. Los días se suceden bajo las consignas de carnaval: un regalo harás, algo azul traerás, viandas que comerá… Los niños le sirven el desayuno, la cuidan, le hablan, la tocan, la aprietan, la investigan, curiosean a su alrededor, la magia está servida hasta que llega el día, ¡la fiesta de carnaval!

El sol nos abrigaba con su generosidad, el patio lucía las mini-bancadas y la señora Carnaval ya respiraba tras la máscara esperando a los niños.
Fijé la mirada en un tronco y noté como el pulso se aceleraba, los niños caminaban con cautela sin quitar ojo a la señora. Los más pequeños no podían esperar, tocaban su pierna, tocaban su mano y salían corriendo, la expectación se espesaba.
Fue entonces cuando empezó la música, los sones que los niños habían preparado, cantaban felices y miraban. Miraban tanto y tanto.

Alegría y luz la sacaban de su letargo, “¿ha movido un ojo? ¡Si, ha movido un ojo!” “¡La cabeza, mueve la cabeza!” Con parsimonia fue cobrando vida, movió la pierna, movió sus manos y ceremoniosa se alzó en pie no sin ayuda. La excitación ya era irrefrenable, todos querían tocar, querían preguntar, querían saber. Con mímica se fue explicando, lenta, muy lentamente. Juntos recorrieron el patio y después la calle Berma hasta el momento de la despedida en el que niños y señora dividieron sus caminos pero no sus corazones.

Diré que me siento como una impostora, recogí un amor que no era para mí como yo misma, pero en ese momento era todo lo que ellos querían, pura fantasía. Me sorprendían con sus abrazos, con sus besos en la mano, con su cariño infinito, con lo genuino del ser humano, con la generosidad y afecto de los niños, ese modo de sentir que sólo ellos pueden, esa inocencia, esa entrega, esa alegría desmedida, esos ojos claros, ese amor gratis. Fue muy difícil contener las lágrimas en ocasiones, no devolverles los abrazos o sencillamente no desayunar con ellos en alegre cháchara y compañía. También añadiré que Marco me agarró la mano y no me la soltó durante todo el proceso, me miraba extasiado, bueno, a la Señora.

Hoy es uno de esos días en los que me maravillo ante la infancia y sus cualidades casi místicas, la capacidad de asombro y de ilusión. He pensado en figuras mágicas como Papá Noel o los Reyes Magos, en los actores que los encarnan en Navidad y en la cantidad de historias y cariño que deben recibir de los niños. Sin embargo la señora Carnaval no venía a darles regalos, tan solo cristalizaba de manera física aquello que estaba en sus imaginaciones, la fantasía por la fantasía, sin grandes fastos, sin ruido, despacito, a fuego lento. La Señora Carnaval tan solo se ha dejado querer, ha recibido y se ha movido en un momento dado. Quizás este recurso humano de maravillarse ante lo inexplicable o desconocido sea el germen de la religión.

No tengo palabras para agradecer la oportunidad de haber estado ahí, de haber puesto por un día la piel a lo enigmático. Atesoro cada palabra de cariño, las preguntas de los más grandes, la espontaneidad de todos ellos y no puedo dejar de pensar en la profesión del educador que cada día convive con todas esas personitas mágicas que no dejan de dar amor y que no ahorran ni un poquito de curiosidad.

¿Y tú? Do you speak english?

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Marco mano englishHoy os traigo una pequeña historia que habla de expectativas, y es que os voy a hablar de nuestra particular relación con el inglés en casa.

Hasta no hace mucho, el gran objetivo de toda una generación de padres era que sus hijos estudiasen una carrera, que sus hijos fuesen a la universidad, sin embargo, los padres contemporáneos esto ya lo damos por hecho y lo que esperamos son universitarios bilingües, mínimo. (Lease este texto con cierto tono de ironía, pero solo con “cierto tono”).

Nuestro plan de ataque fue el siguiente, Marco solo veía la televisión en inglés, cuando la veía, hasta casi los tres años. Alrededor de sus ocho meses, una jovencita de confianza, con perfecto inglés americano, venía a jugar con el pequeño un par de tardes a la semana y aunque aún no hablaba respondía perfectamente a los estímulos en otro idioma. El tiempo pasó y nuestro tesoro de confianza voló libre, se hizo azafata de vuelo y nos dejó sin nuestra primera inmersión inglesa. Era difícil encontrar otra nativa/o en la que confiáramos y nos aventuramos en una Escuela de inglés que comenzaba con un proyecto en el que los bebés asistían a las clases en compañía de sus padres (dos años tenía mi rubio y como ya sábeis no estaba escolarizado). Ésto funcionó muy bien, el niño nos sorprendía con vocabulario nuevo a cada momento, pero el grupo no era costeable para la Escuela porque sólo contaba con dos alumnos, y una baja supuso la extinción del grupo. Había otro grupo de la misma edad, pero sin padres, sospecho que para ellos era más provechoso hacer la compra mientras tanto, la cuestión es que lo probamos y a la tercera clase fue inviable, sólo acercarnos al perímetro de la academia suponía un llanto desconsolado.

El tiempo fue pasando y su contacto con el inglés era algún cuento, algunos dibujos y compartir alguna siesta en el sofá al sonido de un cine en versión original.

Este verano fuimos de viaje al país de Gales y los niños experimentaron la inmersión linguísica. Maia aún no habla, razón por la que utiliza otros medios para comunicarse, pero Marco deseaba hablar y jugar con otros niños y adultos y se topó con la temida barrera lingüística, a veces se enfadaba de pura frustración y otras lograba una suerte de mímica suficiente para reír en compañía durante un ratito.

La conciencia sobre los idiomas fue profunda por parte del niño, me pedía hablar en inglés, ver la televisión en inglés y tenía muchas preguntas acerca del fenómeno lingüístico, de manera que decidí, unilateralmente, apuntarle a clases de inglés en una fantástica escuela de método revolucionario, con profesores nativos, donde se descalzan, saltan, se mueven y no tienen ni sillas. Pero… no deja de ser una actividad extraescolar en un contexto de adaptación al colegio. Si, más leña al fuego. Lo sé, “he pecado” y encima me enfadé y frustré cuando no funcionó.

Marco fue a la primera clase, con cierta expectación y ya no fue a más, me dijo: “Mami al cole si voy, pero al cole de inglés no quiero, me duele el corazón, te echo de menos y quiero estar contigo en el parque”. Lo sé, es un amor y encierra más sabiduría que yo en un millón de años. En mi obcecación, lo intenté un segundo día, era un lugar tan estupendo…, así que lo volvimos a negociar, seguía en sus trece y no lo quise forzar. Volvimos a casa sin hablar y con velocidad frenética, lo dejé con su padre y me fuí a tomar un café muy azucarado. No dejaba de escuchar en mi cabeza: “se cerrará la ventanita, todo el esfuerzo será en vano, no será bilingüe, ni tendrá buen acento inglés, será un español de la media, osea, “como yo”, esto era el apocalipsis, se me revelaba la verdad en mis narices y seguía sin verla.

Suerte que la tarta de zanahoria funcionó, bueno, eso y algunos whatsapps bastante sabios: “¿qué quieres, un niño que sepa inglés o un niño libre?” CATACRACK algo se rompió dentro de mí.

El problema, como siempre que hay una expectativa, es que la necesidad de saber inglés es propia, y también el complejo ¿por qué no decirlo? Quizás debería matricularme yo en Inglés Divertido, esto es así. Los españoles tenemos demasiado complejo con el inglés, pienso que ya es hora de abrazar nuestro propio acento, nuestras particularidades con la lengua británica y potenciar su valor comunicativo por encima de cualquier otra cuestión. A veces el sentido del humor castellano, ése humor negro, ésa sorna cuando algún famoso habla en inglés nos hace un flaco favor, después nos sentimos ridículos, y para los andaluces que además no pronunciamos las eses se hace aún más impostado.

He de andar mi propio camino, mis pasos no son capitales para mis hijos, ellos han de manejar sus propios hitos. Así nacen mis nuevos objetivos: sacudir las telarañas a mi inglés, aceptar y acompañar a Marco y Maia en sus necesidades, proponer para después adaptar a sus respuestas y bueno, lo más importante, amarlos más allá de mis expectativas, sin condiciones, verdaderamente sin condiciones.

El próximo “plan de ataque” es practicar “nuestro inglés” en casa, cuentos y canciones, así, castizos, cantadas y contados por no-nativos.

¿Y vosotros? ¿Tenéis un plan de ataque o de no-ataque con el inglés?

La vuelta al cole. El niño “retador”

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Ya soy toda una madre veterana en los ardides de la escolarización, pero los días van pasando y el “Post-guía” que quería dedicar a todos los que pasáis por ahí por primera vez, la verdad, se me está atragantando.

Bebés y niños lloran cuando les dejas allí, ya se que no todos, pero ése sería un claro síntoma de inadaptación al medio escolar, evidente y duro pero sencillo a nivel emocional, sientes pena, derramas compasión, empatía y mimos, pero… ¿y si ese no es el síntoma? ¿y si te dicen que ya les gusta el cole, van contentos y animados pero te traes a casa al “demonio de Tasmania”? Esto ya complica la respuesta paterna. Te pones por montera la paciencia, pero no es un salto de altura, es una carrera de fondo y como tal, conforme van pasando las horas, el cansancio y la dificultad se van acumulando.

Creo que a veces no se habla claro de niños de ciertas edades. Abundan los blogs de bebés, con sus cólicos, sus lactancias, sus sociabilidades, y demás características pero cuando estos niños crecen y sus mamás superan los puerperios se difuminan sus andanzas en las redes y perdemos esos referentes, esos espejos, esa conexión de tribu que tanto hace falta, sobre todo desde el respeto a la infancia.

Las rabietas no son causadas por el escaso manejo del lenguaje verbal, todo lo contrario, empiezan a ser elaboradas y derivan en lo que yo denomino “el niño/a retador”. Describiré un ejemplo: “se que no es apropiado escupir, ya me lo has manifestado en varias ocasiones, aún así podríamos decir que estoy experimentando con mis fluidos, pero deliberadamente no permito que ignores que estoy mezclando mi saliva con el agua del vaso; y después de esto, otra cosa y después otra“. Traducción: “a nivel físico estoy agotado, realmente cansado en una nueva etapa de niño mayor dónde no se contempla la siesta. ¿Y a nivel emocional? estoy extra-excitado, a ratos mi pereza social me abruma, son muchos los estímulos. Conflictos y alegrías entre iguales, relación piramidal con mis maestros, bregar con límites y normas en un entorno menos previsible que el de casa, recolocar mis expectativas, mis capacidades, mis destrezas, mis intereses… ¿Acaso se reconocer toda esta vorágine en mi interior? Necesito saber que hay algo que yo pueda controlar en mi vida, ¿qué pasa si hoy no me lavo los dientes? ¿por qué no puedo decidir yo cuando se apaga la televisión? Siento rabia, estoy de mal humor y no puedo controlarlo, no se poner palabras a mi malestar por más que me lo preguntes, ¿y qué me encuentro? Caras de decepción, de frustración, solo quiero un abrazo y !”pelillos a la mar”! Dejad de inventar teorías, de buscar explicaciones o culpables, contenedme y abrazadme una vez más, y otra y otra“.

Así que no sé, Septiembre es un mes difícil, me reitero, pero no pierdo la esperanza, los comienzos son complejos y la sensibilidad es nuestro fuerte. Muta nuestra reacción, mutan nuestras dificultades, mutan nuestras respuestas y hasta muta nuestro amor, pero espero que para hacerse más maduro y contundente. De modo que si hoy, después de este día tan estrafalario, me miráis a los ojos esperando alguna frase que alivie peso en vuestra alma, lo único que se me ocurre es daros un abrazo fuerte que me consuele a mi también.

Este texto de Elena Mayorga es imperdible Conflictos en la crianza con apego: crisis de crecimiento.

Septiembre

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Ya es septiembre y un escalofrío recorre mi espalda. Confío en que este año será diferente, mejor, pero recuerdo el año pasado y con dolor transito a través de mi mente cada momento vivido, su dolor, sus pesadillas, pesadillas incluso en la siesta, Jake y los piratas de Nunca Jamás para desconectar, su angustia y sus intermitentes y constantes preguntas, su nana favorita en ese momento, sus tomas de cobijo, su teta de niño grande, su retorno a la cama grande, su pérdida de apetito.

Los primeros días permanecía en estado de alerta, yo no sabía si era mejor hablar del tema o no recordárselo en absoluto. Pienso que la incertidumbre era su peor aliada, él necesitaba saber qué iba a pasar, necesitaba rutina para calmarse pero la concepción del tiempo y su medida eran ,y apenas son, muy abstractas para su entendimiento. Para los que llegáis por primera vez al blog, Marco estaba por cumplir tres años y era la primera vez que se escolarizaba separándose de nosotros.

Para ayudarle en este sentido hicimos un calendario como éste:

calendario semanal

Cada día de la semana tiene un color -el mismo sistema que usan en su colegio- los fines de semana son rosas y cada día se divide en tres secciones, mañana-tarde-noche, así podía ver qué cantidad de tiempo estaba en el colegio y qué cantidad de tiempo estaba en casa. Cada día al regresar le preguntaba que qué tal lo había pasado, si me respondía que bien pintábamos una carita sonriente. Siempre me contestaba que había estado contento, de manera que reafirmábamos ese hecho, lo categorizábamos, así fue perdiendo el miedo. En el espacio de la tarde dibujábamos algo que aludiese a cómo habíamos gastado el tiempo y las noches tenían lunas. Funcionó, Marco comprendía qué iba a suceder y aunque no fuese lo que más deseaba la angustia se redujo considerablemente. Lo usamos unas tres semanas y conservamos uno, de vez en cuando me pedía verlo, se situaba en la semana, hacía memoria y sabía que a pesar de su incertidumbre lo cierto era que disfrutaba en el colegio. De hecho, una de sus estrategias cuando ya mediaba el curso, después de Navidad, fue hacer una “huelga de disfrute”, deliberadamente se sentaba sólo en el patio y luchaba por no divertirse, así podría contarme después que no lo había pasado bien, “mami hoy no lo he pasado bien, no he jugado, será mejor que mañana no vaya más”.

Los niños necesitan sinceridad, saber qué va a pasar en cada momento, que les expliquemos que nosotros también les echamos de menos, que siempre, siempre les recogeremos, nunca es demasiado, han de escuchar, han de saber. Si algún día olvidaba decirle que le recogería después del cole él mismo me lo recordaba. También hemos de animarles a que expresen sus emociones aunque no estemos nosotros, recordarles que les queremos todo el tiempo, cuando están con nosotros y cuando no lo están, cuando están enfadados y cuando están contentos.

Septiembre ha llegado de nuevo, espero que os sirvan algunos de estos consejos, y bueno suelo pensar que lo que nos hace sufrir no debe caer en saco roto, cuando algo es nuevo o difícil, ése es el momento de aprender de nosotros mismos y por supuesto de los niños, esos grandes maestros.

Os dejo un Post muy interesante de la Pedagogía Blanca: Consejos para preparar el nuevo curso

¿Y vosotros, cómo estáis viviendo los prolegómenos del curso?

La pereza social

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Mediados de Junio y finalizando un importante período, el primer año de colegio de Marco. ¿Se ha adaptado? ¿Nos hemos adaptado? Pues sí y no. Una parte de mí sabe que no terminará de hacerlo, el lunes pasado al entrar en el recinto me lo recordó: “mamá no quiero ir al cole, quiero quedarme en casa”. Batacazo. Confieso que volví a casa taciturna y algo abatida. Mi mamá-drama, ésa que no tolera que nada salga mal o simplemente que no sea fantástico, empieza con su parlamento: “no se divierte, ¿es infeliz? ¿nos hemos equivocado? ¿cuál será el problema? ¿y si tal? ¿y si cuál? ¿y si Pascual?”  Un rayo de luz se me cruza y no os voy a mentir, bastantes horas después veo las cosas de otro modo.

Siempre, siempre desde hace ya bastantes meses el balance y las narraciones después de la jornada escolar son positivas, me explica con todo lujo de detalles sus juegos, sus juntas, sus idas y venidas y lo cierto es que se divierte, aprende, se emociona y se asombra a partes iguales. ¿Entonces? Muy sencillo, a mí no siempre me apetece ir al trabajo, me imagino algunas conversaciones y situaciones que se darán allí y los más suave que puedo decir es que me da pereza, una terrible pereza social. Esto es, las  emociones de Marco con respecto al colegio han mutado y madurado, al principio tenía miedo al abandono, miedo a lo desconocido, a que no volviésemos a recogerle y ahora tiene pereza social porque bregar con los deseos de tantos niños, con los de sus maestras y con los suyos propios es complicado, las relaciones sociales satisfactorias son una gran asignatura pendiente para todos, o para muchos. Todo es muy nuevo, ahora entiende conceptos como ser egoísta o generoso, la turnicidad en el juego, hablar y escuchar (eso que tanto nos cuesta), ganar, perder, el halago y la crítica, la capacidad para expresar lo que NO nos gusta o NO queremos sin recurrir a la violencia física o verbal y sin dejarnos someter, las burlas, los celos, las envidias, el chantaje… ¿qué pereza verdad?

De nuevo mi mamá-drama, “¿cómo es posible que ya se den estas circunstancias tan desagradables?” En el momento en el que nos exponemos socialmente  aparecen. Ilustraré algunos ejemplos y les daré la importancia que tienen, toda, porque no por tratarse de niños son cosas irrelevantes, el modo en el que aprendemos a resolver nuestros conflictos marcará nuestro carácter.

-“Mamá a Victoria no le gusta mi torre, dice que es fea” Desde pequeños ya nos gusta molestar o juzgar a otros, no sé si reproduciendo lo que vemos en casa o en otros compañeros. “-¿Y qué has hecho? -He llorado. -He tirado mi torre. -He tirado su torre…” ¿Solución? Os cuento la mía pero no toméis nota soy una madre más. “A Victoria puede no gustarle tu torre, igual que a ti no te gustan los garbanzos y es una comida muy buena, lo importante es que tu torre te guste a ti, además cada día las harás más bonitas porque practicas mucho” ¿Lo entendió? Pues tiene tres años, ni idea. Podemos cambiar torre por dibujo, camiseta, zapatos, escultura, etc.

-Hablar chinchando, eso es la gran adquisición vital: “Yo tengo un dinosaurio en mi camiseta y tú no-o” “Yo he llegado primero y tu no-o” Os podéis imaginar que Marco se enfurece cuando le chinchan, peeeero es algo que se aprende muy rápido, si me chinchas, te chincho. Solución: entiendo que te molesta que te digan eso pero… ¿no es importante ganar? ¿no es importante tener un dinosaurio en la camiseta? ¡Cuéntaselo al capitalismo! pero no, no es importante, igual tu amigo tiene un mal día y te dice eso porque está enfadado, pero no es buena idea, lo importante es divertirse con los amigos.

-“Mamá no quiero jugar al juego de los monstruos porque me da miedo” Pues dile a Alejandro que no te gusta ese juego que podéis jugar a otra cosa.

-“Mamá Alejandro dice que no será mi amigo más porque no juego con él al juego de los monstruos”. Solución: juega con otros compañeros, ya se le pasará.

-Entre los niños: -“Dame ese coche” -“No” -“Tonto! Como no me lo des te pego”.

-Marco y mamá: -“Dame una fanta” -“No hay fanta eso es para los cumpleaños” -“Tonta! Te voy a pegar”  Solución: Dosis extra de paciencia y “No me gusta que me digas tonta, me pongo triste, entiendo que quieres una fanta pero no puede ser, es mala para los dientes, así no se piden las cosas…”

Todo esto y más nos aporta la socialización entre iguales, ¿hay un momento perfecto para la inmersión? ¿Si esperamos demasiado nuestros niños no tendrán recursos para defender su espacio? Al contrario ¿su integridad estará intacta por tanta seguridad mientras son bebés y después no se vendrán abajo?

No tengo las respuestas, dependerá de cada niño, pero si sé algo seré más empática con él cuando manifieste su pereza con respecto al colegio ¿quién no la tendría? No nos hagamos los inocentes los niños no se pasan cinco horas haciendo dibujos y soñando con duendes, también aprenden otras facetas de la vida no tan agradables pero si cruciales para su crecimiento como personas.