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“Toc, toc. Mastitis”

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Asimetría“Toc, toc. Mastitis” Y así, sin mas, se presenta en nuestros senos esta desagradable invitada, una de las complicaciones de la lactancia materna.

Después de dos años y seis meses de lactancia en la que Marco y yo hemos atravesado incluso un embarazo, solo vivimos un episodio que pudo ser una mastitis pero que afortunadamente solo duró un fin de semana con fiebre muy leve, sin embargo si recuerdo una tremenda tristeza, pesadumbre, debilidad y decaimiento.

Desde siempre, con el reflejo de eyección (compresión de la leche que ya está lista, esperando en el lumen alveolar, que no se produce más rápido si no que fluye más rápido), o como se conoce popularmente, “subida de la leche” sentía molestias, o más bien, podía percibirla claramente, (al principio de las tomas y cuando empecé a trabajar y pasábamos horas separados). Sin embargo, no se decir claramente desde cuando, con esta nueva lactancia el reflejo de eyección era muy fuerte, cada vez más doloroso y punzante, como una oleada que fluía quemando hasta el pezón, duraba apenas unos segundos así que fui aguantando hasta que era insoportable. Pensé que sería por el tándem, ya que la cantidad de leche que generaba mi cuerpo era muy grande, y lo consulté en Twitter. Encontré una respuesta que a estas alturas ya debería tener clara, la lactancia materna no duele, en caso de ser así había algún problema. Aconsejada por @Pilar_Mtnez  solicité a mi matrona en el centro de salud un cultivo de mi leche para descartar o diagnosticar una mastitis. Nunca había escuchado que se hicieran cultivos de leche, ni sabía dónde se podían solicitar, no todos los centros de salud tienen matrona, pero entiendo que al menos un enfermero en funciones.

El procedimiento que seguimos fue realizar el cultivo y a la espera de resultados iniciar un tratamiento con probióticos. La mastitis es una inflamación de la mama que puede ser causada por obstrucción, infección o alergia. En este caso hablamos de infección. INFECCIÓN, menudo término, lleno de grandilocuencia, negatividad y dolor. Imaginas purulencia, hedor y rojo sangre. ¿Cómo puedo dar a mis hijos una leche infectada? El desconocimiento te puede confundir una vez mas. La leche materna como tejido vivo es portadora de un elevado número de bacterias mas de 700 tipos. Cuando la cantidad de cada tipo se desequilibra se produce la infección, una descompensación de la flora bacteriana que en muchas ocasiones mejora con probióticos, bacterias activas que colonizan el ecosistema devolviendo el orden. El probiótico recomendado es el lactobacillus reuteri. Si no es suficiente con esto habrá que recurrir al antibiótico, pero para mi esta es la última opción ya que ataca a “buenos y malos” en una guerra sin cuartel que puede terminar invitando a los hongos a la fiesta, al dejar el sistema vulnerable a su proliferación. Qué grandes dramas se desarrollan en nuestro propio cuerpo sin que seamos conscientes, es fascinante, nuestra consciencia apenas acierta a sentir el abatimiento y la desgana que traen consigo.

La leche que se produce durante este trance no solo es apta para los bebés sino que es muy recomendable para el bienestar de la madre, ya que la acumulación de este oro blanco es lo que puede producir los desequilibrios bacterianos y no hay nada mejor para el vaciado de las mamas que la succión.

Es normal que al principio de la lactancia se produzcan desfases entre la leche que se produce y la que se consume, propiciando acumulaciones que derivan en mastitis y en el caso del tándem más ya que el cuerpo debe medir las demandas de dos bebés, que así mismo varían sus necesidades en función del día.

Francamente, creo que tuve suerte porque mi matrona es fantástica, cualquier médico de cabecera, ginecólogo o enfermero al “uso” te recomendaría abandonar la lactancia materna, la infección iría ligada al destete, por eso he querido escribir este post y contar mi experiencia, sería una pena sacrificar una lactancia por un tema tan común como este. Se puede amamantar con mastitis, superarla y despedir el dolor de nuestra agenda cotidiana.

Acerca de las BACTERIAS en la leche materna: “¿Por qué la leche materna tiene tantas bacterias?”

Sobre la mastitis: “Lactancia materna: mastitis por infección bacteriana” por Pilar Martinez asesora de lactancia y autora del blog Maternidad Continuum.

Nota: la imagen está asociada al texto en la medida de su asimetría.

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Un nuevo camino que recorrer

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El ritmo lo impregna todo de nuevo. Mi corazón vive acelerado, vuelve a bombear sangre por dos.

Bullía en mi cabeza un sonsonete de amor, de vida. Un concepto, una idea, un deseo.

Y ya esta aquí, luchando por adherirse a su madre, aferrándose a mi cuerpo, multiplicándose sobre si mismo.

Vuelvo a sentirme madre, vuelvo a sentirme llena, vuelvo a sentirme embarazada.

Así me siento y así estoy. Puede que sea pronto. Puede que no sea definitivo, pero en la hora que me ocupa es mi realidad, es la realidad.

Que ansíes el momento, lo esperes y lo busques, no significa que cuando llegue no te abrume y desestabilice. De hecho el baile de hormonas te conduce vertiginosamente de una emoción a otra.

Pura felicidad y plenitud femenina desembocan en dudas y nervios. Tengo mis planes, siempre los tengo, pero la primera vez que fui madre pude comprobar como todas las ideas preconcebidas que tenía se desplomaban como naipes. El espíritu idealista que te mueve cuando quieres ser madre me presentaba una maravillosa lactancia en tándem, abrazos interminables y una cama por la que se “esturrea” el amor, la leche y el cariño.

Pero al cabo de la noticia Marco ha enfermado, un resfriado común con algo de fiebre, y no dejo de preguntarme si seré capaz de responder a las demandas de los dos, después de una noche difícil como esta me he sentido aterrada, ¿me habré precipitado, rechazará Marco el pecho? Pero como decía en Oscura es la nochela sombra es confusa y la falta de sueño aturde. Ahora, con el sol en la cumbre vuelvo a sentirme feliz porque se que me sobra amor, aunque no paciencia, pero como todo es cuestión de práctica y predisposición solo me queda sumergirme en esta nueva situación que esculpirá mi cuerpo y mi energía, estirando mis brazos, abrazando a mis hombres, llenándonos de vida y confiando en nuestra capacidad para ser familia, en nuestra plasticidad y en nuestras ganas de recorrer este camino nuevo que nos enseñará tantas cosas, buenas y malas, pero que sobre todo nos multiplicará y enriquecerá.

 

En la planta de abajo

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Vengo comprendiendo desde hace un tiempo la necesidad de organizar mis ideas sobre los primeros días con Marco. Su hospitalización. La necesidad de adentrarme en ese dolor, buscar respuestas y darle forma a la herida profunda que se horadó en mi interior, en mi confianza y en mi inocencia. Suelo tener facilidad para contarme, para abrirme y desnudarme, pero ese tema es otro cantar, sé que sangra y que no está digerido, vuelvo la espalda a mis pensamientos y miro hacia delante notando una espina que roza y roza.

Aún a riesgo de ser muy triste a ello voy:

Llegamos a la habitación ebrios de hormonas y felicidad sobre las diez y media de la noche del 14 de Octubre de 2010. La noche transcurrió entre llanto, teta, llanto y un tenue quejío, continuo, que atribuí a sus pesadillas, al revivir de su paso por el estrecho canal del parto. Piel con piel nos encontrábamos cuando una auxiliar  vino muy temprano para bañar al bebé y mostrarnos como hacerlo, aún olía a sangre y gloria. Le tomó la temperatura, su rostro cambió y me lo arrebató. Subió apresuradamente las escaleras, nosotros la seguíamos y desapareció tras una puerta que yo debiera atravesar infinidad de veces a partir de entonces.

El veredicto, sepsis neonatal. Le ingresaron durante diez días, le administraron antibiótico intravenoso por una vía que a partir de entonces siempre le suministraba suero. En una cuna térmica, hermoso y tranquilo, parecía estar en un pesebre.

Como si el oxígeno desapareciera y entrara en otra dimensión, inconsciente, flotante, aturdida, asombrada. Como si las palabras fueran huecas, no significaran nada, zumbidos de abejas. Cual patada en el estómago. Así miraba a mi amor, con las manos vacías, estupefacta. Entonces empezaron a venir las visitas con su flores y sus sonrisas y nosotros en ese frío pasillo, pálidos… Pensando que explicación podíamos dar y de donde sacar las palabras.

En la planta de abajo, con la cuna vacía, con preguntas que no quería que me respondieran, con veinte puntos externos y no se cuantos internos. No sé de donde saque la fuerza, ni si alguna vez la tuve. No pregunté que era una sepsis, no quise saberlo hasta que tuve en mis brazos a Marco camino de casa. Lo viví como un robo perpetrado por el destino. Un robo de mis planes, de los arrullos, del piel con piel, de la lactancia a demanda, del acogerlo en nuestro mundo que tanto lo ansiaba.

Su padre y yo podíamos entrar siempre que quisiéramos, sentarnos junto a la cuna ayudar en su alimentación, (capítulo a parte merece nuestra historia de lactancia y cómo vencimos las vicisitudes, no sin sufrimiento), cambiarle el pañal, etc. Había un estricto horario de alimentación, siesta y baño. A las ocho de la mañana se bañaban los bebés. Los familiares podían atisbar al recién nacido, detrás de un cristal a unas horas concretas. Yo que estaba preparada para advertir a amigos y familiares de que los primeros días necesitábamos tiempo e intimidad para reencontrarnos, me pasaba el día subiendo y bajando escaleras, acompañando hasta el cristal y señalando, aquel de allí, el de la derecha, el gordito, ese es tu nieto.

Aquella misma tarde, la de su primer día de vida, descubrieron, que además tenía la clavícula rota, hubo que cambiar la vía de brazo, al no conocer la lesión estaba puesta en el brazo equivocado. No volvió a tener fiebre, ningún síntoma más. Lo cambiaron a una cuna normal, rodeada de incubadoras, mi sansón de cuatro kilos, parecía el hermano mayor. Así yo, madre primeriza, tenía que coger en brazos a un bebé con un suero en un brazo y el otro inmovilizado. Tenía pánico de hacerle daño pero tragaba saliva y lo apretaba contra mi cuerpo, en una sala llena de cunas, otros padres y personal médico, pero el tiempo parecía detenerse, y yo podía olerlo, besarlo, susurrarle una canción al oído y todo era maravilloso. Viví momentos inolvidables con él, que ahora me duelen y casi no me dejan escribir.

En la planta de abajo esperaba la llamada de la enfermera cuando Marco despertaba, pero no podía conciliar el sueño, creía escucharlo llorar en todo momento, subía las escaleras volando para comprobar que no fuera él, pero la culpabilidad me azotaba, yo era su madre y tenía que cuidarle, era mi única misión en el mundo. Dormía, pero yo recorría el pasillo de los cristales una y otra vez hasta que me daba por vencida y me metía en la cama, entonces recibía la llamada y me culpaba por cada segundo que nos separaba.

Todos los días le sacaban sangre de la cabeza, le hicieron una punción lumbar, buscando… Nunca encontraron, los resultados de las analíticas mejoraron, con antibiótico. Demasiados artículos y libros que hablan de la sensibilidad del neonato, que incluso sufre estrés en el vientre materno y yo todavía lloro por mi bebé que encontró un mundo de pinchazos, dolor, timbres y llantos ajenos y hermanos. Se abrió paso por mi cuerpo, caliente, húmedo y encontró hostilidad, sinrazón, ¿cómo había de entenderlo él? Pero claro, tengo que estar agradecida porque está bien y está con nosotros. Todavía duele, ¡y cuánto!

La temida fiebre

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El calor hace saltar las alarmas, siempre lo hace. Como en una central nuclear, o entre dos personas que se desean, cuando el calor aparece, se desata el torbellino y se pierde el control. El control, esa capacidad tan ansiada y tan sobrevalorada, saber a donde nos conduce el devenir de los acontecimientos, saber que estamos a salvo, que lo que nos rodea es harto conocido, familiar.

Pero cuando la temperatura se eleva…  nuestro cuerpo nos esta avisando de que algo no anda bien, y perdemos el control y el miedo nos atenaza, porque no hablamos de nuestro cuerpo, viejo conocido, sino del cuerpo de nuestro hijo, menudo y enrojecido; indefenso y mudo. La fiebre nos avisa de algo que es difícil de averiguar, el bebé se queja, llora y se inquieta pero no puede contarnos si algo le duele, qué le molesta o cómo podemos ayudarlo.

La explicación médica para la fiebre es que se trata de un mecanismo de defensa, no de una patología, con lo cual la primera reacción  debería ser esperar, favoreciendo la respuesta del organismo frente a los ataques virales o bacterianos. Se aconseja dar antitérmicos a partir de los 38,5º. ¿Pero podemos esperar? El miedo a la fiebre es ancestral en nuestra cultura, síntoma de infección con dramático final hasta la aparición de los antibióticos.

Aún así, circulan las excepciones también en nuestros días, con bebés de menos de seis meses, la alarma es importante; si la sintomatología que acompaña la subida térmica es de tipo respiratorio, o aparecen manchas en la piel, también hablamos de urgencias importantes. Con lo que cunde el pánico igualmente, imaginemos la situación: un bebé incómodo, que llora, se queja, se destempla, y unos padres que deben evaluar la gravedad del asunto, inmersos en un estado de estrés propiciado por el llanto, que en caso nocturno multiplica la ansiedad, ¿cómo decidir si salir corriendo?  Se hace necesaria una llamada a la cordura y al sosiego, para sostener y acompañar a nuestro hijo de manera mas eficaz.

Ahora hagamos un ejercicio de memoria, ¿cómo recordamos nuestros episodios febriles? No eran algo terrible, te absorbía un estado de sopor, un leve mareo, un regocijo animado al abrigarte, se diluían las obligaciones, te replegabas en tu cuerpo ganando consciencia sobre  el mismo, y todo era cuerpo y sensaciones físicas, que de tan físicas se tornaban en psíquicas y leve delirio. Entonces mamá te pasaba compresas frías de colonia por la espalda, por la frente y sentías cómo te cuidaba y cómo te gustaba su atención y sus mimos. La enfermedad eran episodios de intimidad y vínculo. El tiempo se detenía y nada mas era importante, ni el colegio, ni la música ni nada, solo mejorar y describir las sensaciones que te embargaban.

Difícil tarea cuidar cuando temes, ¿pero cómo no hacerlo?

Para mí en la falta de control esta la clave, ¿y para tí?