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Y la sirena llegó nadando

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El nacimiento de la sirenaSi, la sirena surcó las aguas de su madre y llegó al mundo acogida por la tibieza de otras aguas. Aguas que se mezclaron con las propias y que en calma la abrazaron. Y no fue en otro sitio que en brazos de madre donde su pecho inhaló la fuerza aérea del nuevo mundo que se expandía en derredor.

Así llegó Maia al mundo, este fue su camino. Casi un mes de pródromos, un susurro, estoy aquí, pero aún no. Su madre no siempre supo leerla, desesperó, caminó, la esperó. Pero también aprendió de la fuerza de la naturaleza, de la fuerza del propio cuerpo, donde no sirven las agendas, donde no importan los planes, ni lo conveniente, ni lo inconveniente.

Aquella mañana su madre lo supo, con más fuerza que otros días que “también” lo había sabido. Y es que la sirena daba pistas pero se tomaba su tiempo, quería decidir sobre su propio momento, su momento único. Y aquella mañana había contracciones desorganizadas, como siempre, pero que le “picaban” incluso recostada. Ocho y cuarto, “hoy si Antonio, lo puedo sentir”, atravesó el pasillo, “hoy si mamá”. Todo el mundo arriba, “¿unos crepes?”, se toman su tiempo pero ella sabe que no lo tiene, amamanta a su tesoro y el dolor se agrava, Marco sumó su propia inyección de oxitocina. Ella decide darse una ducha caliente y después tan solo un bocado dulce, “taxi ya”, llamada telefónica y unas escaleras de pronto infinitas.

En el hospital, otra vez. Cuánta desconfianza, después de la experiencia anterior, parecía tener que demostrar que si, que ahora si. Monitores. “Estas contracciones no son regulares, pero te exploraremos”. “Dilatación completa, el agua clara, la bolsa intacta, se puede ver el pelito”. Y ella, lloró y lloró, olvidó su ropa y descalza fue conducida hasta el paritorio, flotando y llorando…

Un grupo de matronas la recibe, aún sola, y le ofrecen parir en la bañera, dudas y contracciones “¿decidir ahora?” No pensó que tendría tanta suerte y esa posibilidad no estaba apenas considerada. Pero cuando su pareja llegó y la animó, ya no hubo mas dudas, ansiaba ese agua caliente rodeándola.

Las contracciones le dolían pero eran mucho mas orgánicas, si se sentaba en el fondo el agua le llegaba hasta los hombros, la poderosa esfera no tenía que lidiar más con la gravedad. Casi dos horas de expulsivo, lento, de un ir y venir como la marea. La sirena nadaba en su propia bolsa, rebotando en sus propios confines y sin quedar atrapada hasta que fuera el verdadero momento de cruzar de mar a mar.

La madre pudo conectar con sus emociones, con su dolor, con su respiración, con ese “planeta parto” del que se habla. Entre contracciones hablaba con su sirena, “cariño, confío en ti, haz tu camino, te estoy esperando, eres fuerte, eres valiente”, luz tenue, la mejor compañía, Aquarius y Handel. Así llegó el momento de pujar, fuerte, salvaje, intenso. Pero también hubo debilidad, ella se perdía en la vorágine y desconfiaba de su cuerpo, de su fuerza, se disculpaba por sus gritos, el peso de la costumbre era fuerte. Pero la vida se abría paso y ante propios y extraños las aguas se abrieron y Maia sacó su cabecita, sus hombros su torso, su vientre sus piernas, con tiempo pausado, tranquila.

Ojos abiertos bajo el agua y sin nadie que la tocara que no fuesen las entrañas de su madre, que al apenas sentirla salir, alzó con sus manos y tendió sobre su pecho. Y así llegó al mundo la sirena, sin prisa, sin pausa, con calma, con mucha calma. El ambiente que se respiraba no era un estallido de emoción si no un estado milagroso de estupefacción.

 

Como apéndice de este cuento, que si fuera mentira no te lo cuento, me gustaría dar algún dato técnico, durante todo el tiempo que permanecí en la bañera, regularmente, una matrona escuchaba con un aparato de mano sumergible el ritmo cardíaco del bebé. Una vez el cordón umbilical dejó de latir, se cortó y yo pasé a una camilla con una sábana plástica, sin separarme de recién nacida y alumbré la placenta y demás membranas, hasta ese momento la sangre no había aparecido. Tras un pequeño debate de su necesidad o no, me dieron un par de puntos internos y otro externo. También hice uso de óxido nitroso pero no el suficiente tiempo, no podía concentrarme y estar pendiente de inhalarlo.

Mi parto, fue un Parto Respetado y estoy agradecida con el Hospital Clínico de Granada y con el servicio de matronas que me atendió. No es común vivir una situación tan gratificante en un hospital y recibir el alta a las veinticuatro horas, es lo más parecido a un parto en casa a lo que podía aspirar en un centro hospitalario y me siento muy afortunada por ello. Por supuesto, si me lee alguna futura madre, le aconsejaría este tipo de parto si se dan las condiciones, es una experiencia inolvidable en el maravilloso sentido de la palabra.

Pródromos. El cuento de Pedro y el lobo

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Silvia embarazadaVengo viviendo unos días de bastante agitación uterina. Tanto, que en tres ocasiones las contracciones fueron rítmicas y dolorosas. El tercero de estos días la intensidad y frecuencia fueron mayores, cada dos minutos con vigor, así que decidimos desplazarnos al hospital. Las correas no mentían “estaba de parto”, así que primera exploración, solo un centímetro y medio pero buen ritmo, ingresada. La emoción no me dejaba respirar, iba a conocer a mi niña.

Entonces entras en el círculo hospitalario. Te transformas por completo, te vistes con ese enorme saco-camisón y la cara y la actitud es otra, la de paciente. Ya que estás en planta, segundo tacto, dos centímetros y medio, casi tres, “en hora y media otra exploración y para paritorio”. Contracciones y paseos por el pasillo. Llegan las compañeras de habitación, las compañeras de pasillo, gritos y más gritos. “No puedo”, “me quiero morir”, “¡no puedo, me quiero morir!”… ¿Por qué no me traje unos cascos? ¿por qué vine tan pronto? Yo si que no puedo con este ambiente. Mas paseos y paseos, cada vez me duele menos y van 8 horas de contracciones. Dos de la mañana, tercer tacto, tres centímetros, todo igual. Aconsejada por la matrona decido dejar de caminar y me tumbo en la cama, las contracciones dolorosas me abandonan. Cambio de compañera, más cuñadas, más maridos, más cronómetros. Amanece que no es poco, cambio de turno, más correas, más tactos, me voy a casa no sin antes esperar varias horas, hasta las tres de la tarde, para obtener mi parte de alta.

Cuántos consejos, cuántas emociones, cuántos sanitarios diferentes te pueden llegar a ver en 18 horas. Balance, caos total. Miedo.

Vuelvo a casa frustrada, sin mi bebé en los brazos, con dudas, acobardada, dolorida. ¿Cuándo entonces? ¿sabré esperar hasta el momento oportuno la próxima vez? Movilizo a mi familia para nada, lo cierto es que los necesito cerca, para sentirme segura, estar tranquila, confiar en que Marco estará bien acompañado cuando surja, ¿pero cuándo surge? Pasan los días y nada serio, contracciones irregulares al medio día y al atardecer, he expulsado el tapón mucoso, toda una experiencia mística y gelatinosa, pero nada.

El hospital con sus olores, sus visiones, sus sangres ajenas y sus sonidos me han tocado. La fuerza y la ilusión con la que anhelaba el día han abierto paso al miedo y la impaciencia. No me gusta quejarme de esta manera, pero así es como me siento, pequeña frente a una montaña que he de escalar. Defraudada conmigo misma, ¿por qué se paró? Defraudada conmigo misma, dejé a mi niño por primera vez por la noche para nada.

Pródromos o el cuento de Pedro y el lobo. La próxima vez esperaré, pero ¿y si viene el lobo? No se cuándo me puedo quejar, cuándo es dolor, ¡cuándo!

Siento Maia que algún día leas esto, mamá se está permitiendo la cobardía, mamá es humana, ¡tan humana! Pero seguro que expresar esta pesadumbre abre las puertas al amor infinito que nos une y que me guiará en el tránsito que nos reúna.

El día que nací yo

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ManosHoy es mi cumpleaños, han pasado 32 años desde aquel cambio de paradigma, pasé de sirena intrauterina a mamífera hipnotizada. Y de esto quería hablaros, de aquel parto que hoy conmemoro, de mi madre, protagonista y heroína de mi vida.

El parto continúa siendo propiedad de cualquiera menos de la madre que esta pariendo, pero hace tres décadas era una cuestión aún más peregrina.

Una jovencita de 21 años ingresa en el hospital, sola y asustada, cuatro días antes del alumbramiento, la razón “parto viejo”, supongo que haciendo referencia a un embarazo prolongado mas allá de la semana 40. La solución, cuatro días de pastillas sublinguales que desembocaron al quinto día en un parto de apenas dos horas y media. La situación hospitalaria fue la siguiente, habitaciones de siete pacientes obstétricas de todo tipo, madres recientes, madres inminentes, madres dilatando y mujeres que acaban de abortar, por citar algunos ejemplos. El tiempo de visita del que disponen estas “pacientes” es de dos horas al día, tiempo en el que no está incluido, por supuesto, el parto.

Un parto inducido y no informado me trajo a este mundo, nuestra valiente no contaba con el favor de la epidural para hacer frente a las tremendas contracciones que suponen la inducción, ni que decir tiene, no podía moverse de la cama mientras tanto, en la temida y dolorosa posición de litotomía (tumbada boca arriba) durante la dilatación y el expulsivo. Tampoco pensaba que tuviera derecho a gritar, entre susurros se agarraba a los barrotes de la cama para sobrellevar las contracciones, delante de sus compañeras que no dudaban ni un minuto en opinar: “eso no es nada… la que te espera”, siempre dando ánimos, somos así.

Rompió aguas en su cama, sin idea de lo que significaba aquello, aguas sucias que la avergonzaron, esperando reprimenda. Sin pedir ayuda, sin dar noticia de su estado, esperando que alguien se diera cuenta de que ya estaba de parto, sin molestar a los demás.

Cuando ya coronaba, la matrona la llevó a paritorio. En el potro le ataron las piernas, le realizaron la maniobra de Kristeller en varias ocasiones y la episiotomía, técnicas que se realizaban de serie. Entonces llegué yo. Me dieron un buen baño, me vistieron y me depositaron en la cuna mientras mi madre era “tricotada” sin anestesia. Ella jura que nunca me recuperé del frío que pasé ese 9 de enero.

Volvimos a nuestra acogedora habitación de siete más vástagos. Allí le dieron a mi madre la gran noticia de que su recién nacida sufría displasia de cadera, sin mas información que esta me llevaron para realizarme pruebas, y sola se quedó, llorando, preguntándose la envergadura de la noticia y sin nadie de confianza con quien compartir las grandes emociones vividas en las últimas horas. La estancia en el hospital aún se alargó otros cuatro días por protocolo, con las escasas dos horas de visita en rigor. A esto se sumaron “luminosos” consejos como: “no te duermas, cuida que no te desangres” y “cuidado, la niña puede vomitar y ahogarse”, consejos bienintencionados de las visitas, esos momentos en los que te podías comunicar con los tuyos en entorno de confianza.

Todo esto es lo que yo llamo un parto robado, época oscura en la que no se informaba a la mujer de sus derechos, no se le daba la oportunidad de “participar” en sus propios procesos. Mujeres infantilizadas y apocadas en medio de la vorágine de la sacrosanta medicina, y dando gracias.

Pero mi madre es una heroína, estableció la lactancia, superó un largo principio de lágrimas, culpa y dudas. Tan joven, tan bonita, tan vulnerable, tan inconsciente aún de todo lo que le robaron, tan sin saber lo fuerte que es y lo valiente que fue.

Te quiero mamá, porque tú me diste la vida, tú eres vida, tú fuiste mi alimento, mi refugio, mi consuelo y supiste encontrar el andamiaje que nos sostiene aunque tú no lo hubieras tenido, porque construir sin ayuda es muy complicado y tú has sabido cómo.

Hoy es tu 32 aniversario de madre, gracias por ello y por todo.

Inicios de nuestra lactancia

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Esta semana se celebra en España la Semana Mundial de la Lactancia Materna 2012, en el resto del mundo tiene lugar del 1 al 7 de agosto, este año el lema es “Comprendiendo el Pasado-Planificando el Futuro”. Esta circunstancia me ha animado a contar nuestra historia.

Tendida, sudorosa y en éxtasis, así me encontraba cuando me entregaron a Marco, desnudo y bañado en los fluidos que hasta ahora le habían dado la vida. Se que fue casualidad, pero me miró a los ojos y pareció verme, reconocerme. Estallé en lágrimas y el mundo se detuvo, aún tenía que parir mi placenta y recibir puntos y puntos, pero francamente ¿a quién le importa? Su cuerpo tibio se fundió en el mío. Así permanecimos dos horas, fugaces e intensas, en nuestro paritorio, en intimidad. Él se prendió al pecho y se enjugó con las primeras gotas color miel.

Llegamos a la habitación sobre las once y a las ocho  de la mañana tras una larga noche de quejidos y calor Marco fue ingresado en neonatos patológicos. Las órdenes de pediatría eran claras, quería saber de manera exacta cuanto líquido ingería el bebé, lo que excluía la lactancia materna de sus planes y así me los expuso, “eso no es importante ahora”, quizás no fuera importante pero era lo mejor que podía hacer por él, lo único que podía hacer por mi niño además de darle compañía. De manera que saqué una fuerza de la que no me sabía poseedora y me encomendé a los fantásticos sacaleches del hospital. Cercano a la tortura, aún no me había subido la leche, faltaban dos días para eso, pero conseguía sacar unos mililitros dorados y espesos, mi calostro. La cantidad que faltaba a lo prescrito se rellenaba con leche de fórmula, por suerte yo podía estar en todas las tomas, el modo de administración era el llamado “fingerfeeder”, con una jeringuilla que acaba con un tubito muy fino, se introduce en la boca del bebé el tubito y un dedo, de este modo el bebé succiona de un modo similar al pecho, manera muy distinta a la succión en un biberón, para que el esfuerzo y la sensación fuesen similares a la teta; por supuesto esto lo hacía mi compañero o yo. En la toma de las tres de la madrugada, el servicio sanitario daba la leche a Marco con un vasito especial, con la misma finalidad, evitar la confusión pezón-tetina.

Llegó el fin de semana y con él el cambio de pediatra, una buena enfermera me animó para aprovechando la coyuntura proponerle si el pecho directamente era una buena idea, le pareció bien y las puertas del cielo se abrieron, atesoré contra mi cuerpo a la razón de mi vida y el oro blanco empezó a fluir, se produjo la comunión, el gran vínculo que aún nos une, de nuevo lloré de alegría mientras me mecía y cantaba en una gran sala rodeada de cunas e incubadoras, y no había mejor lugar en el mundo.

A partir de ese momento el niño empezó a tener leche materna a demanda, lo que significaba que las tomas no se podían espaciar cada tres horas como marcaban los protocolos, así que mi móvil estaba disponible todo el tiempo, después tuve que cambiar el tono, se me saltaba el corazón cada vez que lo oía. Las normas de la planta de neonatos dictaban que ambos progenitores podían entrar casi las 24 horas del día, exceptuando el tiempo en el que los pediatras pasaban sala. En teoría, pero en la práctica el servicio sanitario, dependiendo de los turnos, prefería que durante la noche hubiera “mas quietud”. Así empezó mi pequeño calvario, cada turno con cuatro enfermeras/os y tres auxiliares, todo tipo de consejos, buenas y malas contestaciones, no se lo recomiendo a nadie, los problemas que no me ha dado ni familia ni vecinos me los dieron ellos: “este niño tiene mas hambre, no tienes leche” y que decir cuando me negué a que usara chupete me llegaron a decir que “estaba privando a mi hijo del único consuelo que tenía en un entorno en el que lo sometían pruebas cruentas”, pruebas cruentas, jamás olvidaré eso, tan poco tacto con una madre hiperhormonada y preocupada. Como mencionaba antes claudiqué con la toma de las tres, me sacaba la suficiente leche en dos o tres veces durante el día.

Once jornadas son muchas, tengo historias de todo tipo pero me quedo con las horas en la sala de lactancia, compartiendo con mujeres como yo, heridas pero luchando y mirando hacia el futuro, sufriendo, riendo, aprendiendo. Supongo que en este caso la clave del éxito estuvo muy relacionada con la testarudez y la tenacidad, siempre me he caracterizado por esto y en esta ocasión no iba a ser diferente, pero un cabezota sin cariño y respaldo se tambalea, doy fe, por eso, muchas gracias.

En la planta de abajo

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Vengo comprendiendo desde hace un tiempo la necesidad de organizar mis ideas sobre los primeros días con Marco. Su hospitalización. La necesidad de adentrarme en ese dolor, buscar respuestas y darle forma a la herida profunda que se horadó en mi interior, en mi confianza y en mi inocencia. Suelo tener facilidad para contarme, para abrirme y desnudarme, pero ese tema es otro cantar, sé que sangra y que no está digerido, vuelvo la espalda a mis pensamientos y miro hacia delante notando una espina que roza y roza.

Aún a riesgo de ser muy triste a ello voy:

Llegamos a la habitación ebrios de hormonas y felicidad sobre las diez y media de la noche del 14 de Octubre de 2010. La noche transcurrió entre llanto, teta, llanto y un tenue quejío, continuo, que atribuí a sus pesadillas, al revivir de su paso por el estrecho canal del parto. Piel con piel nos encontrábamos cuando una auxiliar  vino muy temprano para bañar al bebé y mostrarnos como hacerlo, aún olía a sangre y gloria. Le tomó la temperatura, su rostro cambió y me lo arrebató. Subió apresuradamente las escaleras, nosotros la seguíamos y desapareció tras una puerta que yo debiera atravesar infinidad de veces a partir de entonces.

El veredicto, sepsis neonatal. Le ingresaron durante diez días, le administraron antibiótico intravenoso por una vía que a partir de entonces siempre le suministraba suero. En una cuna térmica, hermoso y tranquilo, parecía estar en un pesebre.

Como si el oxígeno desapareciera y entrara en otra dimensión, inconsciente, flotante, aturdida, asombrada. Como si las palabras fueran huecas, no significaran nada, zumbidos de abejas. Cual patada en el estómago. Así miraba a mi amor, con las manos vacías, estupefacta. Entonces empezaron a venir las visitas con su flores y sus sonrisas y nosotros en ese frío pasillo, pálidos… Pensando que explicación podíamos dar y de donde sacar las palabras.

En la planta de abajo, con la cuna vacía, con preguntas que no quería que me respondieran, con veinte puntos externos y no se cuantos internos. No sé de donde saque la fuerza, ni si alguna vez la tuve. No pregunté que era una sepsis, no quise saberlo hasta que tuve en mis brazos a Marco camino de casa. Lo viví como un robo perpetrado por el destino. Un robo de mis planes, de los arrullos, del piel con piel, de la lactancia a demanda, del acogerlo en nuestro mundo que tanto lo ansiaba.

Su padre y yo podíamos entrar siempre que quisiéramos, sentarnos junto a la cuna ayudar en su alimentación, (capítulo a parte merece nuestra historia de lactancia y cómo vencimos las vicisitudes, no sin sufrimiento), cambiarle el pañal, etc. Había un estricto horario de alimentación, siesta y baño. A las ocho de la mañana se bañaban los bebés. Los familiares podían atisbar al recién nacido, detrás de un cristal a unas horas concretas. Yo que estaba preparada para advertir a amigos y familiares de que los primeros días necesitábamos tiempo e intimidad para reencontrarnos, me pasaba el día subiendo y bajando escaleras, acompañando hasta el cristal y señalando, aquel de allí, el de la derecha, el gordito, ese es tu nieto.

Aquella misma tarde, la de su primer día de vida, descubrieron, que además tenía la clavícula rota, hubo que cambiar la vía de brazo, al no conocer la lesión estaba puesta en el brazo equivocado. No volvió a tener fiebre, ningún síntoma más. Lo cambiaron a una cuna normal, rodeada de incubadoras, mi sansón de cuatro kilos, parecía el hermano mayor. Así yo, madre primeriza, tenía que coger en brazos a un bebé con un suero en un brazo y el otro inmovilizado. Tenía pánico de hacerle daño pero tragaba saliva y lo apretaba contra mi cuerpo, en una sala llena de cunas, otros padres y personal médico, pero el tiempo parecía detenerse, y yo podía olerlo, besarlo, susurrarle una canción al oído y todo era maravilloso. Viví momentos inolvidables con él, que ahora me duelen y casi no me dejan escribir.

En la planta de abajo esperaba la llamada de la enfermera cuando Marco despertaba, pero no podía conciliar el sueño, creía escucharlo llorar en todo momento, subía las escaleras volando para comprobar que no fuera él, pero la culpabilidad me azotaba, yo era su madre y tenía que cuidarle, era mi única misión en el mundo. Dormía, pero yo recorría el pasillo de los cristales una y otra vez hasta que me daba por vencida y me metía en la cama, entonces recibía la llamada y me culpaba por cada segundo que nos separaba.

Todos los días le sacaban sangre de la cabeza, le hicieron una punción lumbar, buscando… Nunca encontraron, los resultados de las analíticas mejoraron, con antibiótico. Demasiados artículos y libros que hablan de la sensibilidad del neonato, que incluso sufre estrés en el vientre materno y yo todavía lloro por mi bebé que encontró un mundo de pinchazos, dolor, timbres y llantos ajenos y hermanos. Se abrió paso por mi cuerpo, caliente, húmedo y encontró hostilidad, sinrazón, ¿cómo había de entenderlo él? Pero claro, tengo que estar agradecida porque está bien y está con nosotros. Todavía duele, ¡y cuánto!