Archivo de la etiqueta: maternidad

5 años de Marco

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Cinco años y cada vez más tú, tanto que siento pudor al escribir sobre ti, pudor de abrir esa ventanita, pudor de contarte. Ya he hablado muchas veces de lo emocionante que es vivir a tu lado, asombrarme con tus ocurrencias, madurar contigo… pero ¿cómo no hacerlo? si eres, sois mi pensamiento puro.

Comparto mi lecho con vosotros, puedo oler tus rizos, calmar tu respiración cuando se agita, escuchar tus sueños, porque ¿sabes? hablas mucho cuando duermes, hilvanas tus historias y desmadejas tus miedos y me siento como una privilegiada espectadora. Ésa es la verdadera cuestión, cada vez más espectadora, cada vez menos actriz, y es que a cada paso tú eres más tú. Las horas se suceden sin que nos veamos, decenas de personas plantean un reto para ti y con tus jóvenes emociones resuelves, o no, y guardas tus experiencias, a veces me las cuentas y otras no. Trato de adivinar, trato de soltar.

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Sonata de Otoño

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Sonata de Otoño (1978) es una película del director sueco Ingmar Bergman, la traigo como invitada de honor a este espacio, no me he podido resistir a analizarla desde la perspectiva de la crianza y el género.

La protagonista, Charlotte, una madura Ingrid Bergman en su última interpretación en el cine, decide apostar por su carrera concertística; es una gran pianista que deja a sus hijas relegadas a un segundísimo plano en pro de una vida de éxito, sacrificio, viajes y excentricidad. Tenemos ante nosotros a la “clásica” mala madre que expiará sus pecados en uno de sus encuentros con su hija. La película enmarca este tiempo narrativo, ese encuentro en el que madre e hija dejan caer sus velos de cortesía y formalidad para enfrascarse en conversaciones intensas, llenas de reproches, en las que recrearán duras experiencias vividas, con todo el dolor que trae el recuerdo, con acusaciones descarnadas que desgarran la seda burguesa y sonrojan al espectador que se revela como un voyeur indiscreto que invade una bochornosa intimidad.

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La interpretación de las actrices protagonistas es magistral y si además conocemos los avatares de la vida real de Ingrid Bergman entrevemos otros matices más profundos y lacerantes. La actriz dejó su vida, su marido y a su hija pequeña en América para vivir con Roberto Rossellini en Italia y quedar embarazada de nuevo. El escarnio público fue tremendo, corría el año de 1949 y fue declarada persona non grata en Estados Unidos. La moral imperante truncó momentáneamente su brillante carrera. Al margen de la opinión que nos merezcan las tribulaciones de su vida, es poco probable que de haberse tratado de un hombre hubiese ocurrido lo mismo.

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4 años de Marco

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Desde hace cuatro años palabras como rutina, inercia o apatía desaparecieron de mis posibilidades vitales, la intensidad nos colma, una nueva vida llegó a nosotros y no dejamos de danzar desde entonces, creo que nunca he estado tan viva, tan emocional, el amor se ha tintado de colores desconocidos para mí y en este ir y venir, de manera sorprendente, alcanzo también unas cotas de paz y sosiego, de calma, de madurez que me turban.

Me había propuesto no hablar de mí en esta entrada, pero me resulta imposible, aún somos indisolubles, yo navego con mi nueva cría, me busco y encuentro, a mí a Silvia, a solas, pero ya siempre seré Lamamácorchea por encima de todas las cosas, una nueva identidad, mutable a cada paso e inquebrantable en cada respiración. Marco vino a darle la vuelta a mi piel, a mi pellejo, dejóme en carne viva, para encallecerme poco a poco. Soy la misma pero tan diferente.

“Este cuarto regalo, este nuevo año a tu lado nos ha traído grandes y nuevas experiencias, el destete fue una de ellas, nuestro modo de relacionarnos se fue transformando poco a poco hasta mutar por completo, pero no hay dolor en el balance, no siento pérdida, ni tan siquiera melancolía porque cada día me regalas tus palabras, tus caricias y tus miradas y soy muy afortunada porque ésa una de tus características, eres cariñoso hasta “el filillo del cielo”, hasta decir basta,  y no me canso de recibir todo el azúcar que me dedicas.

Otro gran hito con el que has lidiado este año ha sido la escolarización, duro, muy duro por momentos pero a pesar de ello has sabido desplegar tu capacidad de supervivencia y te has afianzado como un niño muy sociable, seleccionas pero no excluyes. Te acercas a niños y niñas, grandes y chicos, ofreces tu compañía, compartes tu curiosidad por dónde vas. Aún te cuesta digerir la contrariedad y la frustración. La sociedad también te ofrece ésto, el conflicto, el juicio externo, la burla, pero no te apures, creceremos juntos.

Este año también nos ha traído la explosión de tu imaginación, el gusto por los cuentos y las historias. Tu juego favorito es puro teatro, repartes roles y vivimos mil y una aventuras, o tal vez la misma mil y una veces. Ya no te aferras a los objetos, lo haces a las ideas y tu curiosidad lo inunda todo, desgranas con tus “por qués” aquello que te preocupa y consigues la llave que te procura el sueño. Ni el señor don gato, sentadito en el tejado, puede escapar a tus preguntas, y es que ¿siete vidas tiene un gato? ¿cómo ha de ser un tejado para resbalar? ¿de qué material está hecho? ¿por qué el gato espera en el tejado y no en cualquier otro sitio? Dar las cosas por sentadas, ése no es tu estilo. Al hilo de tus preguntas, al hilo de la muerte, viene tu fascinación por lo temible, y es que la curiosidad mató al gato o como poco algún que otro susto se llevó.

Adoro tus construcciones, o acumulación de muebles en lugares insólitos, adoro tu pinza “aún en pañales”, no adoro tu desinterés por el dibujo, pero lo haré, lo prometo. Ésto seguro que ya te lo he dicho, pero adoro tus rizos, también tu risa, tus pies, tus ojos, tus profundos y sensibles ojos. Reconozco que aún me bloqueo cuando te contrarías y estallas, pero ése es mi trabajo, reconocer que es un estado transitorio y que yo no soy el epicentro del tornado.

Ay Marco… qué fácil es cuando estás feliz, qué hermosa es tu alegría y cuánta es tu empatía para reconocer las emociones ajenas.

Gracias amor, gracias por aquella primera mirada que cuatro años hace ahora y por todas las que vinieron después. Gracias.” 

Un año como mamá de dos

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Un año como mamá de dos. Respiro profundamente y abro mi me memoria para vosotros.

La maternidad real, esa que tiene sombras llegó cuando mi cuerpo albergaba a Maia. El acto de amor más intenso, el descubrimiento de las verdaderas necesidades de bebés y niños, mi revolución del amor, aquella que remaba a contracorriente, la que deshacía mitos, la que viajaba a la esencia humana, al instinto, dónde encontraba las respuestas, todo aquello era tan sublime, me hacía tan feliz que no pude parar, quería más, quería dar más, quería recibir más, quería otro bebé.  Pero no encontré un bebé, encontré tres conmigo y ya nunca era suficiente. La mujer empoderada, el nuevo hallazgo de madre que había en mí estaba insegura, había de cuidar a un niño de dos años, a una recién nacida y a sí misma confundida y sedienta.

Debía pedir ayuda, lo hice y la encontré. He tenido la gran fortuna de contar con personas que no me han cuestionado y que me han regalado su presencia cada día. He leído mucho sobre “la tribu” y la importancia que tiene para criar a un niño pequeño, mi pareja y yo habíamos contado con ella pero no era una necesidad tan acuciante, sino más bien un extra, pero con dos cachorros la manada era, y es, un imperativo. Por un tiempo pensé que la situación era un fracaso, pero ahora veo la riqueza de la diversidad de referentes, esa tribu que empieza por una pareja que co-materna y que suma a otras personas que con su amor y su mirada participan en nuestro núcleo familiar, aportando la alegría y la frescura que en muchas ocasiones nos falta.

Este año me ha mostrado varias lecciones, he comprendido mis límites, he vivido el agotamiento y he visto en el espejo cómo lo que imaginaba era distinto a lo que después mis dedos acariciaban. En el proceso me sentí pequeña, me sentí víctima de mí misma, de mis delirios de súper-mamá, abatida y fracasada. Tuve miedo de quedarme sola con mis dos hijos, no soportaba la idea de que llorasen a dúo, de desbordarme, de llorar con ellos, de perder la paciencia, de enfrentarme a mi monstruo, de no encontrar la empatía, de no tener ocurrencias imaginativas que resolvieran los conflictos. Como una niña perdida grité auxilio y de forma mágica, durante meses, siempre tuve compañía a la hora de dormir a los niños, para las siestas, para las noches, siempre conté con alguien que contuviera a Maia mientras yo acompañaba a Marco. No hubieron largas tardes, o mañanas de aburrimiento para un niño inquieto junto a su madre y la bebé apéndice. Encontré el tiempo de intimidad para vincularme a Maia, las horas de teta, las horas de porteo, las horas de nana que un bebé necesita. Nos mecimos y nos miramos a dúo, nos mecimos y nos miramos a trío. Diez meses de lactancia en tándem y mucha cama compartida.

En no pocas ocasiones la sensación ha sido de que siempre fallas a alguien, o a los dos. Pero las sensaciones son sólo eso, hay que reconocerlas y mirarlas a la cara para dejarlas ir. Poco a poco he ido ganando valentía, el sueño ya nos encuentra juntos, el juego es compartido y lo que yo imaginaba de la maternidad múltiple va ganando terreno de luz. Dejo ir a la Silvia que se victimiza y acojo a la que se hace responsable sin miedo ni angustia. El colmo de una mujer egocéntrica es convertirse en madre, la culpa se alza por tus pantorrillas y no dejas de ver a tus hijos en el diván, parloteando sobre los grandes errores que cometió su progenitora, las malas decisiones, los malos ratos. Esta actitud es inmóvil, sólo me conduce al drama y encuentro mi segunda gran verdad: aceptar y acepto; fluir y fluyo. No puedo controlar pero me puedo adaptar. Ninguna organización me asegura una hora de dormir constante, un espacio personal, otro tiempo con mi pareja, no puedo asegurar ni predecir nada, lo puedo intentar y después, solo me queda eso, aceptar. Este año como madre de dos, más que nunca, dejo de pelear, entiendo la naturaleza pasajera y acojo lo que no me gusta, o lo intento. Compruebo que no soy perfecta, que mis hijos tampoco son modélicos, ni de apego, ni sin apego, sólo son, y para culminar mi resumen os diré que mi relación de pareja debe ser fantástica, porque sobrevive a la espiral de emociones, nos encontramos, flotamos y nos volvemos a encontrar.

Ser mamá de dos es una experiencia absolutamente brutal. No tienes opciones, debes agarrar la tabla que flota y aprender y absorver todo aquello que te conecte contigo misma para después devolverlo. No cambiaría nada, cada hecho ha tenido su función, atesoro mis experiencias y las escribo para no olvidarlas.

Y tú, ¿cómo llevas la maternidad múltiple?

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La mamá helicóptero

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El patinete¿Sabéis a lo que me refiero? Esas mamás o esos papás que en los parques deambulan alrededor del niño a no más de veinte centímetros. Este término nos habla de la “hiperpaternidad”, propia de la clase acomodada. En La Vanguardia se hablaba sobre este tema, Cuidar a los hijos, sí, pero menos.

Profesionalizamos el oficio de la crianza y nada puede salir mal, los mejores padres tienen a los mejores niños, ahora los hijos son un proyecto en sí y no un complemento. Deviene la hiperprotección y ésta conlleva muchos riesgos: podemos infundir indecisión, miedo, falta de autonomía, desgana, dependencia y otros “grandes” valores. Es un resultado ingrato por tanta dedicación pero es un hecho.

Antes de continuar aclararé un par de conceptos importantes para mí. Las necesidades básicas de apego son cuestiones distintas que no están en tela de juicio, aquí estoy hablando de la intervención o la hiper-intervención sobre el desarrollo de las capacidades humanas. O lo que es lo mismo, portear, colechar, tetear, escuchar y empatizar, entre otros, siguen siendo valores al alza mientras el niño lo necesite y se den las circunstancias que lo propicien.

Algunos ejemplos personales arrojarán luz sobre el tema de “la mamá helicóptero” que soy a veces. Desde que Marco era muy pequeño no me despegaba de él en los parques, me inquietaba que un desacuerdo terminara en un inoportuno tirón de pelo. Siempre me ha costado distinguir en qué momento he de mediar y cuándo es adecuado dejar que resuelva él solo sus conflictos. Supongo que depende de la edad (3 años), así que ya me empiezo a relajar y procuro dejarle espacio. Las revoluciones del helicóptero son proporcionales al miedo que tengas, miedo a que le traten mal, a que sea él quien no respete a los otros, a que se sienta triste o inadaptado… Los parques, concretamente, son dignos de análisis, los padres helicóptero son muy numerosos y están especialmente obsesionados con la distribución de los bienes.

Con el tema de las habilidades físicas estoy gratamente sorprendida conmigo, observo y casi no intervengo. Procuro un espacio seguro y muy libre en casa, cuando Maia dio muestras de querer andar en todo momento la dejaba investigar, ha habido algún culetazo, pero sólo cuando me lo ha pedido he acudido a levantarla, con ocho meses caminaba torpemente y ahora con once lo hace con bastante maestría. El nuevo reto es bajarse sola de la cama y el sofá y lo cierto es que casi lo tiene dominado. Pero con Maia todo es más fácil porque hay menos miedo, no en vano es la pequeña benjamina.

La imagen que ilustra el Post es muy representativa. El patinete fue un regalo navideño, el primer día Marco lo probó y a los treinta segundos comprendió que se sentía inseguro y lo abandonó en el patio de la abuela. Nadie hizo más comentarios. De vez en cuando le propusimos su uso y durante unas semanas no le apeteció; después volvió a sentir curiosidad, pero no lo controlaba, aunque iba ganando en movimientos. Y así, paulatinamente, ha ido dominando al artefacto. Me descubro como feliz espectadora de su búsqueda y experimento, y me encanta, me encanta mirarles y ver cómo crecen en cada va y ven.

Pero no siempre soy tan paciente, en otras áreas soy mucho más invasiva. Me tengo que morder el labio para no terminar de colocar “esa pieza” del puzzle o para no hacer más comentarios sobre sus “usos” con las ceras: cógela así, ¿no prefieres ya otro color?, ¿por qué no dibujas…?, ¿y qué tal si…? Pongo demasiado interés y esto quizás merma su espontaneidad, nos crea expectativas mutuas y enlentece su propio divagar, el ensayo y error tan necesario para desarrollar cualquier actividad. Trato de sentarme junto a él y trabajar en mis propios asuntos pero en demasiadas ocasiones termino fijándome en los suyos.

He de decir que para los temas plásticos nos ha venido muy bien el colegio, allí trabaja a su aire y se rompe el tipo de relación inter-dependiente que desarrollamos en casa. Por cosas de la edad y por la fuerza de la costumbre, ¿por qué no decirlo? Marco siempre ha tenido a un adulto pendiente de él, y con esto no quiero decir un adulto en la misma habitación sino un adulto con el que compartir quehaceres. Su autonomía va en aumento y empieza a concentrarse en la labor que le ocupa, lo que me permite no estar encima de él, no me fijo tanto en los detalles del procedimiento y él puede campar a sus anchas, incluso creo que ya va siendo hora de que me sorprenda con sus travesuras. Por otro lado, creo que él ya ha percibido la importancia que le doy al dibujo y o bien intenta complacerme o enfadarme, según el registro que toque ese día, hay demasiada emocionalidad y no fluyen los trazos, se convierte en una pugna, en un “no tires las capuchas” y “¿ya has termindo?”.

En resumen, en algunas parcelas planeo y vuelo muy bajo, soy consciente y lo trabajo pero estoy aprendiendo algo, no es buena idea que aprenda música conmigo o que le yo le enseñe a conducir. En algunos campos si no sabes deleitarte con tan solo la observación, es mejor delegar y no intervenir.

En esto de la “hiperpaternidad” hay mucha tela que cortar, pero empezaremos con ésta.