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Invizimals

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No se por qué extraña razón mis hijos siempre terminan poniéndome en mi sitio, o al menos en algún sitio.

La historia sucedió así: Marco es un fan incondicional de Star Wars, mención exclusiva merece esta filia pero queda pospuesta de momento, pues bien, tenemos un álbum de pegatinas con fotogramas de la saga, 324 sin ir más lejos. Después del gran estreno del Episodio VII el pasado mes de diciembre las hemos ido coleccionando con avidez e ilusión, tenemos dominadas las cifras de tres números y el álbum a puntito de caramelo, casi listo; pues bien desde hace algunas semanas el niño llegaba a casa con unas horrendas cartas, las “repes” de sus amigos de Batalla de cazadores. Invizimals. No le concedí demasiada atención, o más bien no quise hacerlo, ¿he dicho ya que son horrendas?

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Hasta que un día llegó la petición oficial,

-Mamá quiero el álbum de Invizimals y sus cartas.

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Distorsiones cognitivas

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Como parte de este proceso de encontrarme a mi misma me encuentro buscando las propias fronteras de mi cuerpo, mi contorno. El cubículo que me encierra, los límites de mi existencia.

Va y ven de episodios y formas, dos embarazos, dos lactancias, respuestas metabólicas y ese esperar, a ver que pasa.

Me hice una promesa, no pisar la báscula, ¿a qué más? En sendos embarazos las matronas tomaron nota y ahí quedó la cosa.

Cuando albergas en tu cuerpo, cuando alimentas son muchas las necesidades calóricas, tienes una gran excusa, la mejor, y comes, tienes hambre, un hambre primitiva, ancestral, nocturna, después de las largas tomas que devienen al sueño de la criatura te descubres ávida, ávida de dulces sueños y de dulces tentaciones. Así transcurre el tiempo y sin embargo tu figura decrece, la magia de la leche, la magia de la luna.

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Niños de cristal

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Arlo y su padre En no pocas ocasiones me pregunto si estamos creando ciudadanos de cristal con nuestra mejor voluntad. En no pocas ocasiones escucho a muchos padres que censuran los cuentos clásicos por su aberrante contenido y por su alto voltaje. No seré yo, sin embargo, quien exima de juicio y consideración cualquier cosa que pase por mis manos, pero ¿es necesaria la censura? Con toda nuestra blancura, los padres de ahora tan cultos y formados, terminamos dando la rodea a fin de no tocar temas peliagudos y con el objetivo de ahorrar a nuestros querubines feos momentos de zozobra. ¿Es acaso necesario? ¿sale gratis esta actitud con la psique de nuestros hijos? Como me ha ocurrido ya con otras cuestiones blandí con fuerza la bandera de lo políticamente correcto. Para muestra un botón, mi análisis de un curioso libro infantil allende el 2012. Los clásicos de los Hermanos Grimm no ocuparían jamás nuestras estanterías, brujas y lobos con particulares apetitos, damiselas en apuros a expensas de sus caballeros, todo un horror ¿es que nadie más lo ve? Lee el resto de esta entrada

Cuando las crisálidas vuelan

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Por fin me siento ante la pantalla, cristal que me refleja y que os devuelve mi imagen, una imagen. Este largo paréntesis del blog, el más largo, no responde a una crisis de la palabra o de mi persona, es más bien que se amontonan mis prioridades sin que por ello sea capaz de decidirme o reconocerlas. Esta situación debería ser interpretada, y es que creo que ahora si, ahora el puerperio no es mi realidad, no se cuando dejó de serlo pero mi persona despierta paulatinamente, cada una de sus facetas luchan por florecer y expresarse, el pasmo maternal en el que me cobijaba, el nido que habitaba se ha terminado de desenroscar.

Recientemente me acusaron de este modo “tienes muchos proyectos parece que te falta oxitocina”, mis sistemas de alarma saltaron, ¿cómo podía ser posible? ¿el centro de mi mundo ya no eran mis bebés? quizás mis bebés ya no lo eran tanto, quizás tengo la ilusión de que me despego de ellos y posiblemente sean ellos los que se desprenden de mí. Ayer fue la primera vez que no los recogí del cole, y no hubo drama, venían contentos, qué tontería ¿no? pues claro. Pude comprobar dos cosas, me apetecía hacer otra cosa y además no era necesaria la culpa, nadie sufre.

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Sonata de Otoño

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Sonata de Otoño (1978) es una película del director sueco Ingmar Bergman, la traigo como invitada de honor a este espacio, no me he podido resistir a analizarla desde la perspectiva de la crianza y el género.

La protagonista, Charlotte, una madura Ingrid Bergman en su última interpretación en el cine, decide apostar por su carrera concertística; es una gran pianista que deja a sus hijas relegadas a un segundísimo plano en pro de una vida de éxito, sacrificio, viajes y excentricidad. Tenemos ante nosotros a la “clásica” mala madre que expiará sus pecados en uno de sus encuentros con su hija. La película enmarca este tiempo narrativo, ese encuentro en el que madre e hija dejan caer sus velos de cortesía y formalidad para enfrascarse en conversaciones intensas, llenas de reproches, en las que recrearán duras experiencias vividas, con todo el dolor que trae el recuerdo, con acusaciones descarnadas que desgarran la seda burguesa y sonrojan al espectador que se revela como un voyeur indiscreto que invade una bochornosa intimidad.

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La interpretación de las actrices protagonistas es magistral y si además conocemos los avatares de la vida real de Ingrid Bergman entrevemos otros matices más profundos y lacerantes. La actriz dejó su vida, su marido y a su hija pequeña en América para vivir con Roberto Rossellini en Italia y quedar embarazada de nuevo. El escarnio público fue tremendo, corría el año de 1949 y fue declarada persona non grata en Estados Unidos. La moral imperante truncó momentáneamente su brillante carrera. Al margen de la opinión que nos merezcan las tribulaciones de su vida, es poco probable que de haberse tratado de un hombre hubiese ocurrido lo mismo.

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¿Jugamos con pistolas?

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Muchos pensamientos invertidos en los iconos femeninos, en el modelo de mujer que quiero transmitir a Maia, libre para no ser la niña buena, la princesa sumisa o la “mujer perfecta”.

Preocupada de inculcar los valores adecuados a Marco para que no menosprecie a sus compañeras, para que sepa advertir lo verdaderamente importante que hay en ellas, y en ellos.

Mientras tanto los iconos masculinos se nos van colando por debajo de la puerta, no los coartamos, como sí haría con las princesas, y cuando menos me lo espero estoy rodeada de Jedis y superhéroes, un mundo fantástico de naves voladoras súper-rápidas y sables láser de luz y cañones ultrasónicos y pistolas y… Y entonces se me hiela la sangre, ¿no son muchas armas? “Mami porfi, una escopeta de policía”, pero todos sabemos que la delgada línea entre “el bueno” y “el malo” en juego de roles es tan etérea como el humo. Y claro, me preocupo.

¿Permitiendo esas lides potencio la violencia? Se trata del típico juego de rol a esta edad, “¿vale que tu eres?” Pero si jugar a maquillarse y a estar bonita deja el poso de la superficialidad ¿qué poso deja la beligerancia y el heroísmo?

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Destete nocturno

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Pronto haremos tres semanas intentando cambiar de fase, intentando el destete nocturno Maia y yo. Veintisiete meses de feliz lactancia pero algo empezaba a rondarme ¿y si descansamos mejor por la noche? Bueno, al menos yo. Mi experiencia previa fue con un Marco algo más pequeño y un embarazo que ya pesaba y reclamaba su espacio. Fue muy sencillo eliminar las tomas “intra-noche”, le ofrecía agua cuando despertaba, lloró la primera vez que le dije que “las tetitas dormían” y cambiamos de nivel. Me animé a tomar la decisión cuando leí este Post de Miriam Tirado.

Pero en esta ocasión no ha sido fácil, sigue siendo difícil. Quizás no confié en su capacidad para ganar independencia o quizás sea la maldita culpabilidad.

La secuencia de los acontecimientos es la siguiente: Después de unas semanas agotadoras de muchos, muchísimos despertares y de que una de las tomas fuera demasiado distendida, de una hora o mas sobre las cuatro de la madrugada, sentí que había llegado mi momento y pensé en tantearla. La primera noche fue infernal unas tres rabietas interminables en las que me sentí como una bruja, su llanto era una clamor de rabia y dolor, mantuve la calma y la acompañé en su llanto pero no me dejaba tocarla, no me dejaba consolarla se volvía de espaldas y lloraba y lloraba, “no papá, no agua, no dormir ¡a levantar!”. Tremendo. La segunda noche no fue mejor, mucho llanto, aunque ya encontramos una solución, con su mano sobre mi pecho lograba dormirse. La tercera noche fue milagrosa no se despertó hasta las 7 de la mañana. He de aclarar que la toma de las 7 cuenta como diurna, ahí he cedido, es nuestro momentito de paz, de tregua, y nuestro último sueñecito después de tanto ir y venir durante la noche. Pero esa tercera noche tan solo fue un espejismo, imagino que fruto del puro agotamiento. Aunque hemos mejorado mucho, las noches se suceden, normalmente, con una mini-rabieta y la toma del amanecer, los días no son sencillos, nuestra relación es presa del recelo, yo tengo miedo de que me guarde rencor por no darle lo que necesita y ella se siente impotente, frustrada e inicia luchas de poder por cualquier nimiedad, necesita reafirmarse más que nunca, soy consciente y no lucho, la comprendo e intento darle espacio, si no quiere carrito pues andamos, aunque lleguemos tarde, aunque llueva, aunque se detenga el mundo.

Pero me siento perdida, dicotómica y absolutamente bipolar. Me llega a decir durante la noche “necesito tetita” y me rompe o rompo el alma, deseo no haber empezado nunca con esta situación, deseo eliminar de mi memoria los llantos que le he causado, deseo haber sido otra madre, diferente, más fuerte, más segura o esa mamífera sencilla que se deleita en los encuentros nocturnos con su cría y no desfallece.

Y entonces me descubro haciendo lo que quería hacer, convencida de que es el momento, de que la lactancia debe ser hermosa para los dos miembros del binomio y de que yo ya necesitaba un pequeño paréntesis de entrega, algunas horas de sueño ininterrumpido. Unos inmensos ojos azules me dijeron que yo sabía lo que estaba haciendo, calmaron mi alma y me dieron aliento. Puedo sonar exagerada pero realmente mi yo zigzagcea sin descanso. Por eso, es por esto que se nos está haciendo tan largo y difícil y vuelve la culpa, Maia y yo aún somos una y no hay pensamiento que me atraviese que ella no presienta, por eso lucha y no me deja ir, tampoco se siente segura, conecta con mi angustia y yo me siento atrapada, con esa desagradable sensación de hacerlo todo mal.

No quería escribir este Post así, de hecho podría ser de cualquier color, de cualquier color que anduviera cruzándome en el preciso instante en el que tamborileara sobre el teclado.

Imagino que solo me queda aceptar mis incongruencias y la inseguridad que me nubla para que se torne en alguna otra cosa.

Nota: Marco duerme con nosotras y no se ha despertado ni una sola vez durante nuestros mini-dramas.

No llores

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¿Qué es el llanto? Quejido del alma, agua dolorosa, materialización del sentimiento, cuerpo que se comunica y ya deja de intuirse para mostrarse. Le damos la vuelta a nuestra piel, no podemos contener más, empujamos el dique y el agua se desborda.

El recién nacido de piel transparente, sin mas subterfugios ni palabras clama presencia y necesidad con su llanto, sin agua, llanto seco y penetrante, provisto de cualidades que lo hacen visible y urgente. Sin embargo este llanto primal, que tanto nos molesta, ya es inaceptable en nuestra sociedad, aprendemos a obviarlo, “quiere brazos, déjale que ensanche los pulmones, no lo malcríes” y así comienza la rueda del olvido, la rueda de necesidades desatendidas, la rueda de frustración. Pero no es cierto que aprendamos a ignorar el llanto, aprendemos a paralizar nuestra respuesta natural y eso nos rompe por dentro.

Después viene el llanto de niños pequeños, ésos que ya saben expresar de mil maneras, con miradas, gestos y hasta palabras. Este llanto también nos molesta, pensamos que les hace débiles, “no es para tanto, no pasa nada”, pero los débiles somos nosotros, incapaces de empatizar buscamos una solución rápida, con urgencia, nos ponemos nerviosos, enfadados, puede que furiosos, “¡No llores!”

¿Conocéis la sensación? Llegas tarde, tu bebé de dos años tiene sueño aún, y llora, un llanto tenue y constante, no quiere que lo vistas, no quiere calcetines, no quiere pañal limpio, no quiere chaqueta, los minutos pasan, te desesperas, alzas la voz “¡Venga ya!”, ahora el llanto no es tenue, se enciende, es llanto ofendido, llanto traicionado, te enfadas más aún pero no dices nada, solo te mueves de manera enérgica, os alejáis emocionalmente. La rueda debe parar, la incomprensión que nos dedicamos debe parar, no son los lloros los que han de parar, son las razones que los producen, el concepto de tiempo, tan ajeno a los niños, y la frustración, tan familiar para el adulto. Limitar la brecha y extender puentes que transitar. Sería ideal disponer de paciencia infinita acompañada de una comprensión honesta, de esa mirada hacia el “otro” tan necesaria, pero el plano de las ideas solo puede ser eso, inspiración y no imposición. Quizás esa incomodidad que sentimos cuando los niños lloran es evolutiva, mueve nuestros resortes y nos hace reaccionar, sería oportuno pensar en ello, después del incidente, con calma, averiguar que parte de nosotros se estresa para calmarla sin culpar de nuevo al “otro” por su inmadurez. Nosotros somos los adultos y nuestro trabajo es guiar a los niños sobretodo con ejemplo.

¿Aceptamos el llanto? Ya no hablo de las emociones de los niños. ¿Aceptamos el llanto adulto? Unas veces nos da vergüenza que otra persona llore, “¿cómo consolarla? que acabe rápido”, algunas otras nos parecen ridículas o exageradas, puede que hasta nos hagan enfadar, provoquen piedad en nosotros, avancemos para abrazarlas, contenerlas, escucharlas; o quizás no podamos dejar de hablar, de dar soluciones, de no aceptar la explosión emocional, de querer arreglarlo todo.

Llorar es un tabú social, si eres un artista, o “una mujer” igual se te “perdona”, porque bueno, va integrado en el pack, sin embargo, ¿qué nos distingue de los demás animales? La inteligencia y las emociones, una vaca no llora ni pinta, pero una persona si. Pienso que anular una parte tan importante de nosotros trabaja en nuestra contra, introyectamos los sentimientos “incómodos” hacia dentro comportándonos como algo que no somos, autómatas, no nos damos permiso para sentir de verdad, para sufrir de verdad, para superar de verdad aquello que nos atenaza. La alfombra está sobre una mole mugrienta. ¿Intentamos barrerla aunque se nos estropee un poco el peinado?

Llora, llora todo lo que quieras hasta que se te sequen los ojos y solo brote la sal.

Celos: las comparaciones son odiosas

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Niños en la terraza

Los celos entre hermanos es un tema que me preocupaba incluso antes de tener niños. En la literatura, en el cine o en casa de otros, los celos pueden resultar enigmáticos y apasionados, pero en el entorno inmediato los celos dificultan la convivencia en varios niveles. La tensión se puede generar con un incidente o ante la “posibilidad” del mismo y así comienza el juego de interpretación de intenciones, todos nos ponemos a la defensiva y se puede crear un clima espeso, emponzoñado y desagradable.

Puede que sentir celos sea natural o que incluso forme parte del plan que la evolución nos tiene reservado, pero para mí subyace un sentimiento de dolor, de que no eres tan valioso como otro, de que percibes atenuada tu ración de amor, y eso es algo que no quiero para mis hijos. Nadie puede evitar los sufrimientos que la vida nos tiene reservada, pero si afrontarlos de manera mas sencilla fuera posible, cualquier herramienta es bienvenida.

A vueltas con el tema he encontrado un libro, Hermanos, no rivales de Adele Faber y Elaine Mazlish y es bastante estimulante, tanto, que he decidido dedicar una serie de Posts desarrollando las ideas más interesantes.

Hermanos, no rivales

Las comparaciones. De todos es sabido que las comparaciones son odiosas, mucho, sin embargo es muy habitual que se nos escapen comentarios, unas veces por despiste y otras por impaciencia cuando queremos conseguir algo: “Marta ya se lo ha comido todo”, “Pues Alejandro ya sabe vestirse solo, no pones interés”. Con estas actitudes generamos sentimientos negativos entre los niños, de competitividad y rencor.

El texto propone la DESCRIPCIÓN del problema del modo más objetivo posible, se confirma un hecho sin juicios. Somos quienes somos y no en función de nadie más, de manera que cometemos nuestros propios errores y en momentos de vulnerabilidad no necesitamos pensar en nadie más, este hábito se puede generar cuando somos muy pequeños y acompañarnos por demasiado tiempo.

En cuanto a los halagos, las autoras proponen que se realicen en privado con cada niño, no es necesario privarles de las muestras de orgullo y cariño que suscitan en nosotros pero se pueden comentar los logros por separado. Ésto me parece muy buena idea, les podemos dedicar a los niños toda nuestra atención sin que vaya en detrimento de nadie más. No usaría los éxitos de un hijo para “motivar” a otro, de este modo promoveríamos la competitividad en detrimento de la cooperación, valor más preciado, que derivaría en más respeto hacia los demás y en una mayor confianza en uno mismo.

¿Y qué ocurre cuando comparamos de manera positiva? Que “ninguneamos” al otro, normalmente al pequeño, para que el mayor se sienta mejor, quizás el bebé no perciba en ese momento que se le está menospreciando, pero el hermanito mayor si aprenderá a sentirse mejor a costa de otros y ése no es el mejor camino para estar contentos con nosotros mismos.

De Hermanos, no rivales.

Puede que todo sea una obviedad pero yo me he descubierto en alguna ocasión vanagloriando a mi hijo mayor porque ya no usa pañal, o lo que es peor, porque “ya no toma tetita”, como si tomar tetita fuera algo malo, después de una lactancia prolongada tan satisfactoria. En fin, propongo revisar algunos de nuestros hábitos o al menos repensarlos.

 

La pereza social

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Mediados de Junio y finalizando un importante período, el primer año de colegio de Marco. ¿Se ha adaptado? ¿Nos hemos adaptado? Pues sí y no. Una parte de mí sabe que no terminará de hacerlo, el lunes pasado al entrar en el recinto me lo recordó: “mamá no quiero ir al cole, quiero quedarme en casa”. Batacazo. Confieso que volví a casa taciturna y algo abatida. Mi mamá-drama, ésa que no tolera que nada salga mal o simplemente que no sea fantástico, empieza con su parlamento: “no se divierte, ¿es infeliz? ¿nos hemos equivocado? ¿cuál será el problema? ¿y si tal? ¿y si cuál? ¿y si Pascual?”  Un rayo de luz se me cruza y no os voy a mentir, bastantes horas después veo las cosas de otro modo.

Siempre, siempre desde hace ya bastantes meses el balance y las narraciones después de la jornada escolar son positivas, me explica con todo lujo de detalles sus juegos, sus juntas, sus idas y venidas y lo cierto es que se divierte, aprende, se emociona y se asombra a partes iguales. ¿Entonces? Muy sencillo, a mí no siempre me apetece ir al trabajo, me imagino algunas conversaciones y situaciones que se darán allí y los más suave que puedo decir es que me da pereza, una terrible pereza social. Esto es, las  emociones de Marco con respecto al colegio han mutado y madurado, al principio tenía miedo al abandono, miedo a lo desconocido, a que no volviésemos a recogerle y ahora tiene pereza social porque bregar con los deseos de tantos niños, con los de sus maestras y con los suyos propios es complicado, las relaciones sociales satisfactorias son una gran asignatura pendiente para todos, o para muchos. Todo es muy nuevo, ahora entiende conceptos como ser egoísta o generoso, la turnicidad en el juego, hablar y escuchar (eso que tanto nos cuesta), ganar, perder, el halago y la crítica, la capacidad para expresar lo que NO nos gusta o NO queremos sin recurrir a la violencia física o verbal y sin dejarnos someter, las burlas, los celos, las envidias, el chantaje… ¿qué pereza verdad?

De nuevo mi mamá-drama, “¿cómo es posible que ya se den estas circunstancias tan desagradables?” En el momento en el que nos exponemos socialmente  aparecen. Ilustraré algunos ejemplos y les daré la importancia que tienen, toda, porque no por tratarse de niños son cosas irrelevantes, el modo en el que aprendemos a resolver nuestros conflictos marcará nuestro carácter.

-“Mamá a Victoria no le gusta mi torre, dice que es fea” Desde pequeños ya nos gusta molestar o juzgar a otros, no sé si reproduciendo lo que vemos en casa o en otros compañeros. “-¿Y qué has hecho? -He llorado. -He tirado mi torre. -He tirado su torre…” ¿Solución? Os cuento la mía pero no toméis nota soy una madre más. “A Victoria puede no gustarle tu torre, igual que a ti no te gustan los garbanzos y es una comida muy buena, lo importante es que tu torre te guste a ti, además cada día las harás más bonitas porque practicas mucho” ¿Lo entendió? Pues tiene tres años, ni idea. Podemos cambiar torre por dibujo, camiseta, zapatos, escultura, etc.

-Hablar chinchando, eso es la gran adquisición vital: “Yo tengo un dinosaurio en mi camiseta y tú no-o” “Yo he llegado primero y tu no-o” Os podéis imaginar que Marco se enfurece cuando le chinchan, peeeero es algo que se aprende muy rápido, si me chinchas, te chincho. Solución: entiendo que te molesta que te digan eso pero… ¿no es importante ganar? ¿no es importante tener un dinosaurio en la camiseta? ¡Cuéntaselo al capitalismo! pero no, no es importante, igual tu amigo tiene un mal día y te dice eso porque está enfadado, pero no es buena idea, lo importante es divertirse con los amigos.

-“Mamá no quiero jugar al juego de los monstruos porque me da miedo” Pues dile a Alejandro que no te gusta ese juego que podéis jugar a otra cosa.

-“Mamá Alejandro dice que no será mi amigo más porque no juego con él al juego de los monstruos”. Solución: juega con otros compañeros, ya se le pasará.

-Entre los niños: -“Dame ese coche” -“No” -“Tonto! Como no me lo des te pego”.

-Marco y mamá: -“Dame una fanta” -“No hay fanta eso es para los cumpleaños” -“Tonta! Te voy a pegar”  Solución: Dosis extra de paciencia y “No me gusta que me digas tonta, me pongo triste, entiendo que quieres una fanta pero no puede ser, es mala para los dientes, así no se piden las cosas…”

Todo esto y más nos aporta la socialización entre iguales, ¿hay un momento perfecto para la inmersión? ¿Si esperamos demasiado nuestros niños no tendrán recursos para defender su espacio? Al contrario ¿su integridad estará intacta por tanta seguridad mientras son bebés y después no se vendrán abajo?

No tengo las respuestas, dependerá de cada niño, pero si sé algo seré más empática con él cuando manifieste su pereza con respecto al colegio ¿quién no la tendría? No nos hagamos los inocentes los niños no se pasan cinco horas haciendo dibujos y soñando con duendes, también aprenden otras facetas de la vida no tan agradables pero si cruciales para su crecimiento como personas.