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Operación pañal (B)

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Maia roquera

Y llegó la “operación pañal” por segunda vez. La pequeña Maia decidió, como hiciera en su día su hermano, deshacerse de lastres. Pero no era la primera vez, en Diciembre del año pasado, cuando tenía 22 meses, hizo su primer intento, se desprendía del pañal y se resistía con vehemencia a que se lo pusieramos de nuevo; dudamos mucho, la veíamos pequeña, pero ante su insistencia y en nuestro propósito de respetar sus decisiones, máxime cuando se trata de su propio cuerpo, accedimos. Justo es decir que la primera vez que se orinó encima, se asustó tanto que nos pidió de nuevo el pañal, final de partida.

Cuando despuntaba la primavera nos hicimos con este cuento, ¿Puedo mirar tu pañal? divertido, con solapas, escatológico, con todos los ingredientes que adoran los niños. Un ratoncito se dedica a mirar el pañal de sus amigos y va descubriendo las diferentes características de las cacas de los demás animales. En la línea del cuento de “El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza“, pero con una clara finalidad práctica, motivación para dejar el pañal.

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Operación pañal (A)

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Operación pañalLe estoy dando vueltas al tema. Es tan privado, tan íntimo que me pregunto cómo le afectará al niño leer mi bitácora cuando sea mayor.  Mi objetivo es normalizar, por eso espero que él sea capaz de leer sobre su infancia con ojos libres de prejuicios, o al menos con una “mochila” más ligera.

Nos aseguramos de que el colegio no supusiera una fecha límite para dejar el pañal. Nuestro objetivo era esperar lo suficiente, sin presionar para que el niño decidiese cuando quería dar el paso, al fin y al cabo ¿puede haber algo más personal que los esfínteres?

De este modo Marco fue conocedor de sus opciones múltiples, adaptadores para W.C. orinales varios, calzoncillos como novedad en el vestuario, acceso libre al baño para observar cómo lo hacíamos nosotros, juegos de plastilina, elegir y participar en la compra de los utensilios… en fin todo el repertorio.

Un soleado día, a los 35 meses de edad y a dos semanas de empezar el cole, el niño decidió que era un buen momento ¡y fuimos a por ello! Debo decir que con mucha confianza, la crianza respetuosa era nuestro aval.

El primer día fue un desastre, no le daba tiempo de reaccionar, un pis tras otro. El segundo igual de desastroso con el plus de unos padres atónitos. El tercero algo mejor. El cuarto no recuerdo, ni el quinto, en algún  punto de esta semana se acabaron los escapes. También eliminamos de la ecuación el pañal de siesta y el de la noche y todo fue bien. Ahora pienso que todo fue bien, pero he de decir que no viví de manera relajada esos días, me inquietaba sobre todo cómo podría reaccionar al ver que no lo conseguía.

Pero ¿y la caca? Bendito excremento que libera las entrañas. Éste ha sido un camino más arduo. Tras varios intentos sin éxito en el orinal hemos tenido fases de estreñimiento, seguidas de cacas bajo la mesa, en el balcón, en el pasillo, en el pantalón, pero siempre en casa. Ahora viene mi interpretación contrastada de los hechos. Por un lado era una novedad defecar sentado, sí, algo tan sencillo como eso, estaba acostumbrado a hacerlo de pie y por lo que he observado es algo bastante habitual. Era capaz de controlar la evacuación, por esto mismo al sentirse inseguro retenía tres o cuatro días si era preciso, en caso de “coger el toro por los cuernos” esperaba a estar en casa, buscaba un sitio íntimo y cuando terminaba me pedía ayuda, confiado y narrando lo obvio.

La respuesta solía ser pausada, describíamos con calma lo sucedido, limpiábamos y buscábamos un compromiso optimista para la próxima vez. Siempre había palabras alentadoras y de confianza: “la próxima vez lo harás genial en el orinal, no te preocupes, pero recuerda que el suelo no es el lugar en el que hacemos caca” o similar. En dos ocasiones al dormirse de noche y relajarse ha llegado a hacerse caca dormido, algo insólito para mí, en la primera media hora de sueño, pero tiene mucha lógica, cuerpo y mente se habían soltado y entregado al descanso.

Un par de meses han transcurrido con esta situación hasta que un día confió en el orinal, hizo una deposición, se sintió muy orgulloso, nos sentimos muy contentos y aliviados e hizo otra deposición, y otra, y otra. Ese día el juego era intentar hacer muchas muchas cacas, ya no había miedo, y al día siguiente igual, y más, y más. Y hemos normalizado.

Para nosotros ha sido difícil, difícil no perder la paciencia, difícil no buscar teorías, difícil no poner cara de decepción, aunque alguna ha habido y ya no se puede borrar.

Para Marco también ha sido difícil, en algún punto del camino le sorprendió y atemorizó saber lo que salía de su cuerpo. Veías que se inquietaba y desaparecía buscando intimidad, entonces lo dejábamos ya que la más mínima insinuación, “¿quieres ir al baño?” lo retraía  y por aquel día había sido suficiente, se contenía.

También hemos tenido alguna situación cómica, una bebé gateando animadamente en dirección “al pastel”, por ejemplo.

Pienso que los excrementos en el ideario adulto suponen muchas historias y simbolizan grandes o pequeños traumas, por eso vivimos estos puentes con angustia si no los cruzamos del modo que habíamos imaginado. Francamente, algún atisbo de vergüenza he visto en su actitud, pero no demasiada, estaba simplemente intentado comprender un nuevo mecanismo, que ha venido a solaparse con muchos otros, (colegio, hermanita, dormir solo, destete paulatino…). De pronto es mayor y tiene que cambiar demasiadas cosas a la vez. El asunto no marchaba demasiado bien y le ofrecimos el pañal de nuevo, pero no estaba en ese punto, sólo necesitaba tiempo. Tiempo, cariño y comprensión, cómo todos, grandes y pequeños.

Sobre el control de esfínteres por Laura Gutman.

Sobre el control de esfínteres por Carlos González.