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Negociar la lactancia

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A veces me agoto, quiero desaparecer, hacer una elipsis, cerrar los ojos y dormir profundamente. No es ninguna novedad que las madres no descansan mucho pero yo ya empiezo a pagar mi factura y me siento terriblemente triste por ello.

La crianza de un bebé es entregada y absorbente y transitamos esta etapa primal, sin descanso entre un niño y otro. Sumo cuatro años y dos meses de lactancia ininterrumpida, el hilo es frágil a veces, por eso cuando me topo con un escollo: mastitis, hongos, grietas o alteraciones varias de la flora del pecho, llega el dolor y entonces, entonces me agoto. ¿A estas alturas? Si, a cualquier altura, exactamente igual que mi garganta, mi tobillo o mi muñeca, mi pecho puede fallar y se enferma.

Llegan las tomas dolorosas, temes los despertares, te muerdes el labio para aguantar la punzada y te das de bruces con la negociación con una bebé de 22 meses que mama mucho y come poco. “Mamá tiene pupita, mejor de ésta, mejor de la otra, ¿y no quieres agua? ¿te preparo un sandwich?” La razón te dice que nos es el momento de poner fronteras, de negociar, pero el cuerpo se repliega en otra dirección, la lactancia a demanda ha de reestructurarse para que respete el ritmo de las dos.

El momento difícil de nuestra travesía ya ha pasado y el dolor ha remitido pero la reticencia se ha instalado y a mayor resistencia más demanda. Maia siente que necesito espacio y eso le da miedo. Yo siento que tiene miedo y necesidad de maternaje y ahí ando, buscando el modo de negociar de manera respetuosa entre su inercia y la mía.

Y estoy tan triste y confusa. Frustrada. ¿Por qué ya? Quisiera ser complaciente con ella en el infinito sentido de la palabra, pero le pongo excusas, quisiera cuatro grandes tomas a lo largo del día y no veinte pequeñas y dos extenuantes. Quisiera no escribir esto, quisiera ni pensarlo, igual mañana quiero otra cosa, que mi bebé no crezca, que su mirada no cambie, que las caricias que me dedica fueran eternas. Así es la espiral de mi mente, quizás sólo me agote, quizás estoy cansada. Dormiré al tick-tack de su respiración, al olor de su cabello, al calor de su blandura; entonces y sólo entonces recuperaré mi energía, la suficiente para negociar, aunque no me apetezca y me dé pereza, porque eso lo complica todo, o quizás no.

Sin la duda, hay confianza; la confianza trae naturalidad, sosiego; el sosiego, paciencia; paciencia yo con ella, paciencia ella conmigo. Sin destete, sin disponibilidad absoluta a cualquier hora y en cualquier sitio. Habrá un lugar a mitad de camino, para nosotras, dónde dibujemos corazones de leche, dónde nos comprendamos y encontremos, habrá un lugar.

La vuelta al cole. El niño “retador”

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Ya soy toda una madre veterana en los ardides de la escolarización, pero los días van pasando y el “Post-guía” que quería dedicar a todos los que pasáis por ahí por primera vez, la verdad, se me está atragantando.

Bebés y niños lloran cuando les dejas allí, ya se que no todos, pero ése sería un claro síntoma de inadaptación al medio escolar, evidente y duro pero sencillo a nivel emocional, sientes pena, derramas compasión, empatía y mimos, pero… ¿y si ese no es el síntoma? ¿y si te dicen que ya les gusta el cole, van contentos y animados pero te traes a casa al “demonio de Tasmania”? Esto ya complica la respuesta paterna. Te pones por montera la paciencia, pero no es un salto de altura, es una carrera de fondo y como tal, conforme van pasando las horas, el cansancio y la dificultad se van acumulando.

Creo que a veces no se habla claro de niños de ciertas edades. Abundan los blogs de bebés, con sus cólicos, sus lactancias, sus sociabilidades, y demás características pero cuando estos niños crecen y sus mamás superan los puerperios se difuminan sus andanzas en las redes y perdemos esos referentes, esos espejos, esa conexión de tribu que tanto hace falta, sobre todo desde el respeto a la infancia.

Las rabietas no son causadas por el escaso manejo del lenguaje verbal, todo lo contrario, empiezan a ser elaboradas y derivan en lo que yo denomino “el niño/a retador”. Describiré un ejemplo: “se que no es apropiado escupir, ya me lo has manifestado en varias ocasiones, aún así podríamos decir que estoy experimentando con mis fluidos, pero deliberadamente no permito que ignores que estoy mezclando mi saliva con el agua del vaso; y después de esto, otra cosa y después otra“. Traducción: “a nivel físico estoy agotado, realmente cansado en una nueva etapa de niño mayor dónde no se contempla la siesta. ¿Y a nivel emocional? estoy extra-excitado, a ratos mi pereza social me abruma, son muchos los estímulos. Conflictos y alegrías entre iguales, relación piramidal con mis maestros, bregar con límites y normas en un entorno menos previsible que el de casa, recolocar mis expectativas, mis capacidades, mis destrezas, mis intereses… ¿Acaso se reconocer toda esta vorágine en mi interior? Necesito saber que hay algo que yo pueda controlar en mi vida, ¿qué pasa si hoy no me lavo los dientes? ¿por qué no puedo decidir yo cuando se apaga la televisión? Siento rabia, estoy de mal humor y no puedo controlarlo, no se poner palabras a mi malestar por más que me lo preguntes, ¿y qué me encuentro? Caras de decepción, de frustración, solo quiero un abrazo y !”pelillos a la mar”! Dejad de inventar teorías, de buscar explicaciones o culpables, contenedme y abrazadme una vez más, y otra y otra“.

Así que no sé, Septiembre es un mes difícil, me reitero, pero no pierdo la esperanza, los comienzos son complejos y la sensibilidad es nuestro fuerte. Muta nuestra reacción, mutan nuestras dificultades, mutan nuestras respuestas y hasta muta nuestro amor, pero espero que para hacerse más maduro y contundente. De modo que si hoy, después de este día tan estrafalario, me miráis a los ojos esperando alguna frase que alivie peso en vuestra alma, lo único que se me ocurre es daros un abrazo fuerte que me consuele a mi también.

Este texto de Elena Mayorga es imperdible Conflictos en la crianza con apego: crisis de crecimiento.

Un año como mamá de dos

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Un año como mamá de dos. Respiro profundamente y abro mi me memoria para vosotros.

La maternidad real, esa que tiene sombras llegó cuando mi cuerpo albergaba a Maia. El acto de amor más intenso, el descubrimiento de las verdaderas necesidades de bebés y niños, mi revolución del amor, aquella que remaba a contracorriente, la que deshacía mitos, la que viajaba a la esencia humana, al instinto, dónde encontraba las respuestas, todo aquello era tan sublime, me hacía tan feliz que no pude parar, quería más, quería dar más, quería recibir más, quería otro bebé.  Pero no encontré un bebé, encontré tres conmigo y ya nunca era suficiente. La mujer empoderada, el nuevo hallazgo de madre que había en mí estaba insegura, había de cuidar a un niño de dos años, a una recién nacida y a sí misma confundida y sedienta.

Debía pedir ayuda, lo hice y la encontré. He tenido la gran fortuna de contar con personas que no me han cuestionado y que me han regalado su presencia cada día. He leído mucho sobre “la tribu” y la importancia que tiene para criar a un niño pequeño, mi pareja y yo habíamos contado con ella pero no era una necesidad tan acuciante, sino más bien un extra, pero con dos cachorros la manada era, y es, un imperativo. Por un tiempo pensé que la situación era un fracaso, pero ahora veo la riqueza de la diversidad de referentes, esa tribu que empieza por una pareja que co-materna y que suma a otras personas que con su amor y su mirada participan en nuestro núcleo familiar, aportando la alegría y la frescura que en muchas ocasiones nos falta.

Este año me ha mostrado varias lecciones, he comprendido mis límites, he vivido el agotamiento y he visto en el espejo cómo lo que imaginaba era distinto a lo que después mis dedos acariciaban. En el proceso me sentí pequeña, me sentí víctima de mí misma, de mis delirios de súper-mamá, abatida y fracasada. Tuve miedo de quedarme sola con mis dos hijos, no soportaba la idea de que llorasen a dúo, de desbordarme, de llorar con ellos, de perder la paciencia, de enfrentarme a mi monstruo, de no encontrar la empatía, de no tener ocurrencias imaginativas que resolvieran los conflictos. Como una niña perdida grité auxilio y de forma mágica, durante meses, siempre tuve compañía a la hora de dormir a los niños, para las siestas, para las noches, siempre conté con alguien que contuviera a Maia mientras yo acompañaba a Marco. No hubieron largas tardes, o mañanas de aburrimiento para un niño inquieto junto a su madre y la bebé apéndice. Encontré el tiempo de intimidad para vincularme a Maia, las horas de teta, las horas de porteo, las horas de nana que un bebé necesita. Nos mecimos y nos miramos a dúo, nos mecimos y nos miramos a trío. Diez meses de lactancia en tándem y mucha cama compartida.

En no pocas ocasiones la sensación ha sido de que siempre fallas a alguien, o a los dos. Pero las sensaciones son sólo eso, hay que reconocerlas y mirarlas a la cara para dejarlas ir. Poco a poco he ido ganando valentía, el sueño ya nos encuentra juntos, el juego es compartido y lo que yo imaginaba de la maternidad múltiple va ganando terreno de luz. Dejo ir a la Silvia que se victimiza y acojo a la que se hace responsable sin miedo ni angustia. El colmo de una mujer egocéntrica es convertirse en madre, la culpa se alza por tus pantorrillas y no dejas de ver a tus hijos en el diván, parloteando sobre los grandes errores que cometió su progenitora, las malas decisiones, los malos ratos. Esta actitud es inmóvil, sólo me conduce al drama y encuentro mi segunda gran verdad: aceptar y acepto; fluir y fluyo. No puedo controlar pero me puedo adaptar. Ninguna organización me asegura una hora de dormir constante, un espacio personal, otro tiempo con mi pareja, no puedo asegurar ni predecir nada, lo puedo intentar y después, solo me queda eso, aceptar. Este año como madre de dos, más que nunca, dejo de pelear, entiendo la naturaleza pasajera y acojo lo que no me gusta, o lo intento. Compruebo que no soy perfecta, que mis hijos tampoco son modélicos, ni de apego, ni sin apego, sólo son, y para culminar mi resumen os diré que mi relación de pareja debe ser fantástica, porque sobrevive a la espiral de emociones, nos encontramos, flotamos y nos volvemos a encontrar.

Ser mamá de dos es una experiencia absolutamente brutal. No tienes opciones, debes agarrar la tabla que flota y aprender y absorver todo aquello que te conecte contigo misma para después devolverlo. No cambiaría nada, cada hecho ha tenido su función, atesoro mis experiencias y las escribo para no olvidarlas.

Y tú, ¿cómo llevas la maternidad múltiple?

¡Participa en el carnaval de blogs sobre la bimaternidad!

La no-adaptación

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Colegio, ¡precaución!

Llevo meses esperando que el proceso termine para contaros nuestras experiencia. Se suman las fases, cuando acaba una empieza otra. Atravieso diversos estados emocionales, duda, aceptación, convencimiento, ilusión, duda, frustración y bla, bla, bla. Marco también vive los suyos y como se nos van acumulando he pensado que era el momento de verter aquí el estado de la cuestión.

Es 12 de Febrero y la primera frase del día ha sido “¿hoy hay cole?” Lágrimas en el desayuno, lágrimas mientras nos vestimos, aceptación cuando cogemos la bufanda, salimos por la puerta y lágrimas de nuevo en la despedida. Os podéis imaginar que desde el 18 de septiembre hemos pasado por muchos registros, tonos y timbres de llanto, es una incógnita el nuevo estado derivado.

También hemos tenido periodos de paz y hasta de ilusión. Son muchos los momentos buenos, las actitudes y aprendizajes, el camino, el puente, el vuelo hacia la niñez autónoma , la que gana terreno sobre si misma, la que se empodera y siente que la necesidad de exploración es mayor que la de fusión. Por esto cuando retrocedemos y vuelven las negativas, las excusas y el llanto su padre y yo nos sentimos perdidos, frustrados.

El más mínimo cambio, un fin de semana largo, un día de fiebre en casa o una visita excitante nos devuelve diez casillas atrás y no llegamos a la meta, se nos resiste, yo me agarro a cualquier sonrisa, cualquier signo me viene a demostrar que está feliz con su vida colegial, pero agazapado nos espera otro estado gris, de confusión, de queja y entonces vuelvo a tocar fondo.

Intento no dudar sobre la idoneidad de su escolarización, me daña. Nos daña. Marco necesita una figura de referencia adulta que le de seguridad, ¿si yo no creo que le beneficia, cómo habría de creerlo él?

Entonces reviso cómo afrontar las crisis. Valido su malestar, “entiendo que no quieres ir, que te apetece estar en casa, pero no puede ser, mamá y papá trabajan, es solo un ratito por la mañana, pasaremos juntos toda la tarde, toda la noche, ¡y los sábados y domingos! ¿Qué te parece? Ánimo, se que eres valiente y en el cole tienes muchos amiguitos…” “Pero es que yo no quiero, me da pena, quiero estar con mamá, buaaaaaaaaa…” No soporto verle llorar, hago el esfuerzo de dejarle su espacio para que viva su pena, pero indefectiblemente me atrapa. A veces me enfado, otras quedo devastada, atravesada. ¿Acaso debo ignorarlo?

Busco. Busco otros ojos, otras experiencias, alguien que haya pasado por experiencias similares y que me diga que es normal, que no tendrá secuelas, que me dé una receta mágica, un parlamento con el que convenza a mi hijo de lo fantástico que es el plan que tengo para él ese día. Busco niños que no hayan ido a guarderías, y que no sólo lloraran un día porque tienen una autoestima brutal, busco niños felices sin que sus padres hayan hecho homescholing, busco complicidad porque estoy confusa, porque soy así de insegura y segura a la vez. 

Tengo el honor de presentaros a mi niña interior, la que llora con Marco, la que duda, la que piensa y repiensa, la que está cansada, la que está agotada, la que siente que no es suficiente, la que se reconoce víctima, la que está equivocada, la que necesita luz, cariño, un abrazo, empatía, la que no quiere nada de esto, la que quiere que todo sea sencillo.

Por suerte ésta es solo una de mis Silvias, la sanaremos hoy para que mañana amanezca paciente, contenedora y “con sonrisa”.

Escrito queda para otros niños y niñas interiores que busquen dónde mirarse y encuentren que como ellos, hay mas ojos que vacilan, lloran, dudan y vuelven a iluminarse.  

#CrónicadeCole

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Salto al vacíoEste Post es muy difícil para mí. Si lo escribo por la mañana, estoy derrotada, abatida, deprimida. Si lo escribo por la tarde, la esperanza me ilumina, la ilusión me mueve, soy positiva y veo como caminamos por el sendero adecuado.

Ahora, en la mañana, hasta me siento ridícula, ¿a quién le pueden importar mis neuras? Le doy demasiada importancia. Puede que si, pero en verdad, el barniz que tinta ahora nuestra vida como familia es de color intenso.

Me ciño a los hechos. El primer día Marco fue con su papá, cada dos días se presentan dos niños nuevos en la asamblea matutina, con fotos, con historias, con palabras menudas, risas nerviosas y compañía, la compañía de la figura de apego durante una hora, mas otra hora sin la referencia cotidiana. Cuando papá recogió a  Marco, este constató un hecho: “papá me has dejado solito”,  y sobre este motivo hemos ido desarrollando el primer movimiento de nuestra particular sinfonía.

El segundo día hubo expectación, como la primera experiencia fue relativamente buena ya se quedó a comer y la hora de recogida pasó a ser las 13:30. Pero para el tercer día ya sabíamos qué esperar, cuáles serían los acontecimientos y apareció la resistencia, el llanto desde el despertar, la negación de la posibilidad y los mantras: “el cole está cerrado”, “cuídame, cuídame”. Me siento morir, por primera vez no remediamos su sufrimiento. Cuando necesitaba brazos, lo porteábamos; si necesitaba compañía para dormir, nos acurrucábamos; si necesitaba atención exclusiva y juego, se lo dábamos. Sus necesidades humanas básicas eran satisfechas en la medida en que podíamos brindárselas, cariño y mirada.

Pero ahora me mira con sus ojos verdes, enrojecidos y me lo pide: “mami no quiero cole, cuídame tú, en casa”, un día y otro día. Hoy es el día 11.

¿Y cómo está en clase? Ha evolucionado muchísimo, es cierto que el tercer día, sin duda el peor, estuvo muy bloqueado y llorando la mayor parte del tiempo, pero ya no llora allí, participa en las actividades, sonríe y juega. Es muy importante aclarar que el colegio es una maravilla y que merece un post por si mismo, fomenta el juego libre y la participación de la familia. La recepción de los alumnos es de nueve a nueve y media, momento en el que los padres entramos en el aula y departimos con la maestra y con la cuidadora, saludas a otros niños, a otros padres y nos integramos con naturalidad. Lo mismo se repite en el momento de la recogida, de tres y media a cuatro. Los niños duermen la siesta después de la comida y nosotros recogíamos a Marco para que descansara en casa, pero el quinto día su maestra nos propuso como estrategia pedagógica que permaneciese en el colegio con los demás, ya que esperaba con ansiedad la hora de la comida al comprobar que su padre le recogía tras esta. Muy a regañadientes accedí y se obró el milagro, duerme la siesta con otros niños, hasta el momento, sin necesidad de “teta” ni otros accesorios maternales. Deduzco que está tranquilo allí, pues el que pueda dormir me parece un gran medidor.

¿Cómo ha alcanzado la tranquilidad en el colegio? Pues sustituyendo a su figura de apego, buscando la complicidad adulta y en este sentido el centro ha sido impecable, necesitaba atención y se la han dado. Los primeros días llegó a hacer plastilina con los cocineros, charló con el director, cogía de la mano a su maestra y recibió y recibe besos y abrazos. Cuando llega a casa me cuenta de buen ánimo lo mucho que se divierte.

¿Pero qué ocurre por las tardes? Con abrumadora dulzura nos regala sus besos y nos reitera lo mucho que nos quiere, pareciera apreciarnos más por el tiempo que nos ha echado de menos. Pero conforme avanza la tarde y su cansancio empiezan sus elucubraciones y sus bucles, inventa excusas para no ir al colegio a la mañana siguiente, coge el teléfono y llama a su maestra para contarle que el colegio permanecerá cerrado, fabula con hacer las actividades programadas para la tarde por la mañana y se va angustiando cuando le presentamos la realidad de la situación, que tiene que ir al “cole”.

Duerme mucho peor, las noches son más ligeras y el despertar definitivo es cada vez más temprano. El desayuno supone la inminencia de salir de casa y vestirse le resulta insoportable, empieza el llanto, la súplica, que no rabieta, los abrazos, el CUÍDAME.

La idea de ganar autonomía y desvincularse de nosotros unas horas le angustia. Aunque la estancia en el colegio le resulte incluso gozosa a ratos, tiene miedo al abandono. ¿Y por qué no decirlo? Es tenaz, testarudo, expresivo, luchador, muy buenas cualidades, que si bien ahora nos lo ponen difícil, no quiero que las pierda, como tampoco quiero que piense que su opinión no cuenta o que no nos importa su bienestar.

Francamente, vivimos en una montaña rusa. Cuando vuelve tan contento y explicando que volverá feliz al colegio al día siguiente, respiramos aliviados. Pero cuando al día siguiente descubrimos que era una intención, no un hecho consumado nos frustramos terriblemente.

Los adultos han decidido. Sabemos lo que es mejor para ti, o eso quiero pensar. Pero la duda a veces se instala y flaquea mi alegría y mi paciencia, esa que tanto necesito ahora para responder a tus demandas y necesidades que se acentúan.

Las alternativas se arremolinan en mi cabeza y ninguna se me antoja ventajosa. Quiero acompañarte en el proceso y sufro cuando desespero. Perdóname Marco por pisar el acelerador de tu maduración. Yo también te quiero.

¿Estáis listos para tener niños?

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Children play in the fountains at the Southbank Centre, outside the Royal Festival Hall

Hoy os traigo un divertido texto que ha traducido para el blog un amigo muy querido.

Originalmente aparece aquí.

Prueba 1: Cultura general
1. Encontrar una pareja con hijos y reprobarlos por sus métodos de disciplina, falta de paciencia, niveles asombrosamente bajos de tolerancia y la forma en que han permitido que sus niños crezcan asalvajados. 2. Sugiere formas mediante las cuales podrían mejorar los hábitos de sus hijos para dormir, controlar los esfínteres, sus modales en la mesa y el comportamiento general.Disfrútalo. Será la última vez en tu vida que tengas todas las respuestas.
Prueba 2: Noches
Para descubrir cómo se viven las noches:
1. Camina por el salón de las 6 de la tarde hasta las 11 de la noche con un cojín mojado de unos 4 o 6 kg de peso, mientras la radio suena a máximo volumen sin haber sintonizado bien la emisora.
2. A las 11, pon el cojín en la cama, ajusta el despertador para que suene a medianoche y duérmete.
3. Levántate a las 11:05 y pasea con el cojín por el salón hasta la 1.
4. Ajusta la alarma para las 3.
5. Como no te puedes quedar dormida, levántate a las 2 y prepárate una taza de café.
6. Vuelve a la cama a las 2:45.
7. Levántate de nuevo a las 3, cuando suene la alarma.
8. Canta nanas en la oscuridad hasta las 4.
9. Pon el despertador para las 5. Levántate cuando se pare por sí mismo.
10. Prepara el desayuno.
Sigue esta rutina durante 5 años. Mirada alegre.
Prueba 3: Vestirlos
1. Compra un pulpo vivo y haz agujeros (bastantes) en una bolsa de la compra.
2. Intenta meter el pulpo en la bolsa asegurándote de que no se salga ninguna pata. Tiempo permitido: 5 minutos.
Prueba 4: Coches
1. Olvídate de lujos y diseños. Cómprate un monovolumen con muchas puertas.
2. Mete un helado de chocolate en la guantera. Déjalo ahí.
3. Inserta una moneda en el reproductor de CDs.
4. Pulveriza el contenido de una caja de galletas de chocolate por los asientos traseros.

Prueba 5: De paseo
1. Espera un rato.
2. Sal por la puerta.
3. Vuelve a entrar.
4. Sal.
5. Entra de nuevo.
6. Sal por fin.
7. Encamínate hacia donde tenías planeado.
8. Vuelve sobre tus pasos.
9. Inténtalo otra vez.
10. Anda muy despacio durante cinco minutos.
11. Párate, inspecciona con atención y piensa en cómo responder a por lo menos 6 preguntas sobre cada chicle pegado en el suelo, cada caca de perro y cada insecto muerto que vayas encontrando por el camino.
l2. Vuelve sobre tus pasos.
13. Grita que ya está bien hasta que algún vecino se te quede mirando.
14. Déjalo estar y vuelve a casa.
Ahora estás casi lista para tratar de llevar a un niño de paseo.
Prueba 6: Conversaciones con los niños
Esta es fácil: repite todo lo que digas al menos 5 veces.

Prueba 7: De compras
1. Cuando vayas al supermercado, lleva contigo lo más parecido que puedas encontrar a un niño en edad preescolar (una cabra adulta es excelente). Si planeas tener más de un hijo, consigue más cabras.
2. Compra la comida de la semana sin perder de vista a la(s) cabra(s).
3. Paga todo lo que se coman o rompan.Hasta que no desarrolles cierta habilidad con esto, no te plantees intentarlo con niños.
Prueba 8: Dar de comer a los 6 meses
1. Vacía una sandía.
2. Haz un pequeño agujero en cualquier parte de la misma.
3. Cuelga la sandía del techo y empújala (es mejor si gira al balancearse). 4. Prepara un bol de cereales y trata de introducir la cuchara en el agujero. 5. Prosigue hasta hacer desaparecer la mitad de los cereales.
6. Reparte el resto por tu regazo, las paredes cercanas y el suelo.
Prueba 9: Televisión
1. Apréndete los nombres de todos los personajes de Dora la Exploradora, Bob Esponja, Peppa Pig, los Teletubbies, Disney y Pixar.
2. No veas más programas que estos durante al menos 5 años.Prueba
10: Desorden
1. Unta mantequilla o nocilla en el sofá y mermelada en las cortinas.
2. Esconde un pez detrás de la tele y déjalo allí todo el verano.
3. Mete los dedos en las macetas y después restriégalos por las paredes. Intenta cubrir las manchas con ceras de colores. ¿Qué tal queda?
4. Vacía todos los cajones de las mesillas y armarios y prosigue con el punto 5.
5. Arrastra los elementos al azar de una habitación a otra y déjalos allí.
Prueba 11: Viajes largos con niños pequeños
1. Prepara una grabación de alguien gritando ‘mamiiiiiii’ continuamente. Consejos importantes: no más de 4 segundos de separación entre cada ‘mami’; incluir crescendos ocasionales hasta la intensidad de un avión despegando.
2. Pon el CD en el coche, donde quiera que vayas, durante los próximos 4 años.Ahora estás lista para hacer un viaje largo con un niño pequeño.
Prueba 12: Conversaciones
1. Comienza a hablar con un adulto de tu elección.
2. Pídele a alguien que tire siempre de tu pantalón o falda (o de la manga de la camisa) mientras se
reproduce la cinta “Mamiiiiiii” mencionada anteriormente.
Ahora estás lista para tener una conversación con un adulto con tu niño presente en la habitación.
Prueba 13: Preparándote para el trabajo
1. Elige un día en el que tengas una reunión importante.
2. Ponte tu mejor ropa.
3. Prepara un tazón con café con leche y zumo de limón.
4. Mezcla bien.
5. Vierte la mitad del contenido en la camisa.
6. Moja una toalla con la mitad restante del brebaje.
7. Intenta limpiarte la camisa con dicha toalla.
8. No te cambies de ropa (no hay tiempo).
9. Ve directamente al trabajo.
Fotografía extraída de The Guardian

Pródromos. El cuento de Pedro y el lobo

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Silvia embarazadaVengo viviendo unos días de bastante agitación uterina. Tanto, que en tres ocasiones las contracciones fueron rítmicas y dolorosas. El tercero de estos días la intensidad y frecuencia fueron mayores, cada dos minutos con vigor, así que decidimos desplazarnos al hospital. Las correas no mentían “estaba de parto”, así que primera exploración, solo un centímetro y medio pero buen ritmo, ingresada. La emoción no me dejaba respirar, iba a conocer a mi niña.

Entonces entras en el círculo hospitalario. Te transformas por completo, te vistes con ese enorme saco-camisón y la cara y la actitud es otra, la de paciente. Ya que estás en planta, segundo tacto, dos centímetros y medio, casi tres, “en hora y media otra exploración y para paritorio”. Contracciones y paseos por el pasillo. Llegan las compañeras de habitación, las compañeras de pasillo, gritos y más gritos. “No puedo”, “me quiero morir”, “¡no puedo, me quiero morir!”… ¿Por qué no me traje unos cascos? ¿por qué vine tan pronto? Yo si que no puedo con este ambiente. Mas paseos y paseos, cada vez me duele menos y van 8 horas de contracciones. Dos de la mañana, tercer tacto, tres centímetros, todo igual. Aconsejada por la matrona decido dejar de caminar y me tumbo en la cama, las contracciones dolorosas me abandonan. Cambio de compañera, más cuñadas, más maridos, más cronómetros. Amanece que no es poco, cambio de turno, más correas, más tactos, me voy a casa no sin antes esperar varias horas, hasta las tres de la tarde, para obtener mi parte de alta.

Cuántos consejos, cuántas emociones, cuántos sanitarios diferentes te pueden llegar a ver en 18 horas. Balance, caos total. Miedo.

Vuelvo a casa frustrada, sin mi bebé en los brazos, con dudas, acobardada, dolorida. ¿Cuándo entonces? ¿sabré esperar hasta el momento oportuno la próxima vez? Movilizo a mi familia para nada, lo cierto es que los necesito cerca, para sentirme segura, estar tranquila, confiar en que Marco estará bien acompañado cuando surja, ¿pero cuándo surge? Pasan los días y nada serio, contracciones irregulares al medio día y al atardecer, he expulsado el tapón mucoso, toda una experiencia mística y gelatinosa, pero nada.

El hospital con sus olores, sus visiones, sus sangres ajenas y sus sonidos me han tocado. La fuerza y la ilusión con la que anhelaba el día han abierto paso al miedo y la impaciencia. No me gusta quejarme de esta manera, pero así es como me siento, pequeña frente a una montaña que he de escalar. Defraudada conmigo misma, ¿por qué se paró? Defraudada conmigo misma, dejé a mi niño por primera vez por la noche para nada.

Pródromos o el cuento de Pedro y el lobo. La próxima vez esperaré, pero ¿y si viene el lobo? No se cuándo me puedo quejar, cuándo es dolor, ¡cuándo!

Siento Maia que algún día leas esto, mamá se está permitiendo la cobardía, mamá es humana, ¡tan humana! Pero seguro que expresar esta pesadumbre abre las puertas al amor infinito que nos une y que me guiará en el tránsito que nos reúna.