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¿Y tú? Do you speak english?

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Marco mano englishHoy os traigo una pequeña historia que habla de expectativas, y es que os voy a hablar de nuestra particular relación con el inglés en casa.

Hasta no hace mucho, el gran objetivo de toda una generación de padres era que sus hijos estudiasen una carrera, que sus hijos fuesen a la universidad, sin embargo, los padres contemporáneos esto ya lo damos por hecho y lo que esperamos son universitarios bilingües, mínimo. (Lease este texto con cierto tono de ironía, pero solo con “cierto tono”).

Nuestro plan de ataque fue el siguiente, Marco solo veía la televisión en inglés, cuando la veía, hasta casi los tres años. Alrededor de sus ocho meses, una jovencita de confianza, con perfecto inglés americano, venía a jugar con el pequeño un par de tardes a la semana y aunque aún no hablaba respondía perfectamente a los estímulos en otro idioma. El tiempo pasó y nuestro tesoro de confianza voló libre, se hizo azafata de vuelo y nos dejó sin nuestra primera inmersión inglesa. Era difícil encontrar otra nativa/o en la que confiáramos y nos aventuramos en una Escuela de inglés que comenzaba con un proyecto en el que los bebés asistían a las clases en compañía de sus padres (dos años tenía mi rubio y como ya sábeis no estaba escolarizado). Ésto funcionó muy bien, el niño nos sorprendía con vocabulario nuevo a cada momento, pero el grupo no era costeable para la Escuela porque sólo contaba con dos alumnos, y una baja supuso la extinción del grupo. Había otro grupo de la misma edad, pero sin padres, sospecho que para ellos era más provechoso hacer la compra mientras tanto, la cuestión es que lo probamos y a la tercera clase fue inviable, sólo acercarnos al perímetro de la academia suponía un llanto desconsolado.

El tiempo fue pasando y su contacto con el inglés era algún cuento, algunos dibujos y compartir alguna siesta en el sofá al sonido de un cine en versión original.

Este verano fuimos de viaje al país de Gales y los niños experimentaron la inmersión linguísica. Maia aún no habla, razón por la que utiliza otros medios para comunicarse, pero Marco deseaba hablar y jugar con otros niños y adultos y se topó con la temida barrera lingüística, a veces se enfadaba de pura frustración y otras lograba una suerte de mímica suficiente para reír en compañía durante un ratito.

La conciencia sobre los idiomas fue profunda por parte del niño, me pedía hablar en inglés, ver la televisión en inglés y tenía muchas preguntas acerca del fenómeno lingüístico, de manera que decidí, unilateralmente, apuntarle a clases de inglés en una fantástica escuela de método revolucionario, con profesores nativos, donde se descalzan, saltan, se mueven y no tienen ni sillas. Pero… no deja de ser una actividad extraescolar en un contexto de adaptación al colegio. Si, más leña al fuego. Lo sé, “he pecado” y encima me enfadé y frustré cuando no funcionó.

Marco fue a la primera clase, con cierta expectación y ya no fue a más, me dijo: “Mami al cole si voy, pero al cole de inglés no quiero, me duele el corazón, te echo de menos y quiero estar contigo en el parque”. Lo sé, es un amor y encierra más sabiduría que yo en un millón de años. En mi obcecación, lo intenté un segundo día, era un lugar tan estupendo…, así que lo volvimos a negociar, seguía en sus trece y no lo quise forzar. Volvimos a casa sin hablar y con velocidad frenética, lo dejé con su padre y me fuí a tomar un café muy azucarado. No dejaba de escuchar en mi cabeza: “se cerrará la ventanita, todo el esfuerzo será en vano, no será bilingüe, ni tendrá buen acento inglés, será un español de la media, osea, “como yo”, esto era el apocalipsis, se me revelaba la verdad en mis narices y seguía sin verla.

Suerte que la tarta de zanahoria funcionó, bueno, eso y algunos whatsapps bastante sabios: “¿qué quieres, un niño que sepa inglés o un niño libre?” CATACRACK algo se rompió dentro de mí.

El problema, como siempre que hay una expectativa, es que la necesidad de saber inglés es propia, y también el complejo ¿por qué no decirlo? Quizás debería matricularme yo en Inglés Divertido, esto es así. Los españoles tenemos demasiado complejo con el inglés, pienso que ya es hora de abrazar nuestro propio acento, nuestras particularidades con la lengua británica y potenciar su valor comunicativo por encima de cualquier otra cuestión. A veces el sentido del humor castellano, ése humor negro, ésa sorna cuando algún famoso habla en inglés nos hace un flaco favor, después nos sentimos ridículos, y para los andaluces que además no pronunciamos las eses se hace aún más impostado.

He de andar mi propio camino, mis pasos no son capitales para mis hijos, ellos han de manejar sus propios hitos. Así nacen mis nuevos objetivos: sacudir las telarañas a mi inglés, aceptar y acompañar a Marco y Maia en sus necesidades, proponer para después adaptar a sus respuestas y bueno, lo más importante, amarlos más allá de mis expectativas, sin condiciones, verdaderamente sin condiciones.

El próximo “plan de ataque” es practicar “nuestro inglés” en casa, cuentos y canciones, así, castizos, cantadas y contados por no-nativos.

¿Y vosotros? ¿Tenéis un plan de ataque o de no-ataque con el inglés?

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La pereza social

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Mediados de Junio y finalizando un importante período, el primer año de colegio de Marco. ¿Se ha adaptado? ¿Nos hemos adaptado? Pues sí y no. Una parte de mí sabe que no terminará de hacerlo, el lunes pasado al entrar en el recinto me lo recordó: “mamá no quiero ir al cole, quiero quedarme en casa”. Batacazo. Confieso que volví a casa taciturna y algo abatida. Mi mamá-drama, ésa que no tolera que nada salga mal o simplemente que no sea fantástico, empieza con su parlamento: “no se divierte, ¿es infeliz? ¿nos hemos equivocado? ¿cuál será el problema? ¿y si tal? ¿y si cuál? ¿y si Pascual?”  Un rayo de luz se me cruza y no os voy a mentir, bastantes horas después veo las cosas de otro modo.

Siempre, siempre desde hace ya bastantes meses el balance y las narraciones después de la jornada escolar son positivas, me explica con todo lujo de detalles sus juegos, sus juntas, sus idas y venidas y lo cierto es que se divierte, aprende, se emociona y se asombra a partes iguales. ¿Entonces? Muy sencillo, a mí no siempre me apetece ir al trabajo, me imagino algunas conversaciones y situaciones que se darán allí y los más suave que puedo decir es que me da pereza, una terrible pereza social. Esto es, las  emociones de Marco con respecto al colegio han mutado y madurado, al principio tenía miedo al abandono, miedo a lo desconocido, a que no volviésemos a recogerle y ahora tiene pereza social porque bregar con los deseos de tantos niños, con los de sus maestras y con los suyos propios es complicado, las relaciones sociales satisfactorias son una gran asignatura pendiente para todos, o para muchos. Todo es muy nuevo, ahora entiende conceptos como ser egoísta o generoso, la turnicidad en el juego, hablar y escuchar (eso que tanto nos cuesta), ganar, perder, el halago y la crítica, la capacidad para expresar lo que NO nos gusta o NO queremos sin recurrir a la violencia física o verbal y sin dejarnos someter, las burlas, los celos, las envidias, el chantaje… ¿qué pereza verdad?

De nuevo mi mamá-drama, “¿cómo es posible que ya se den estas circunstancias tan desagradables?” En el momento en el que nos exponemos socialmente  aparecen. Ilustraré algunos ejemplos y les daré la importancia que tienen, toda, porque no por tratarse de niños son cosas irrelevantes, el modo en el que aprendemos a resolver nuestros conflictos marcará nuestro carácter.

-“Mamá a Victoria no le gusta mi torre, dice que es fea” Desde pequeños ya nos gusta molestar o juzgar a otros, no sé si reproduciendo lo que vemos en casa o en otros compañeros. “-¿Y qué has hecho? -He llorado. -He tirado mi torre. -He tirado su torre…” ¿Solución? Os cuento la mía pero no toméis nota soy una madre más. “A Victoria puede no gustarle tu torre, igual que a ti no te gustan los garbanzos y es una comida muy buena, lo importante es que tu torre te guste a ti, además cada día las harás más bonitas porque practicas mucho” ¿Lo entendió? Pues tiene tres años, ni idea. Podemos cambiar torre por dibujo, camiseta, zapatos, escultura, etc.

-Hablar chinchando, eso es la gran adquisición vital: “Yo tengo un dinosaurio en mi camiseta y tú no-o” “Yo he llegado primero y tu no-o” Os podéis imaginar que Marco se enfurece cuando le chinchan, peeeero es algo que se aprende muy rápido, si me chinchas, te chincho. Solución: entiendo que te molesta que te digan eso pero… ¿no es importante ganar? ¿no es importante tener un dinosaurio en la camiseta? ¡Cuéntaselo al capitalismo! pero no, no es importante, igual tu amigo tiene un mal día y te dice eso porque está enfadado, pero no es buena idea, lo importante es divertirse con los amigos.

-“Mamá no quiero jugar al juego de los monstruos porque me da miedo” Pues dile a Alejandro que no te gusta ese juego que podéis jugar a otra cosa.

-“Mamá Alejandro dice que no será mi amigo más porque no juego con él al juego de los monstruos”. Solución: juega con otros compañeros, ya se le pasará.

-Entre los niños: -“Dame ese coche” -“No” -“Tonto! Como no me lo des te pego”.

-Marco y mamá: -“Dame una fanta” -“No hay fanta eso es para los cumpleaños” -“Tonta! Te voy a pegar”  Solución: Dosis extra de paciencia y “No me gusta que me digas tonta, me pongo triste, entiendo que quieres una fanta pero no puede ser, es mala para los dientes, así no se piden las cosas…”

Todo esto y más nos aporta la socialización entre iguales, ¿hay un momento perfecto para la inmersión? ¿Si esperamos demasiado nuestros niños no tendrán recursos para defender su espacio? Al contrario ¿su integridad estará intacta por tanta seguridad mientras son bebés y después no se vendrán abajo?

No tengo las respuestas, dependerá de cada niño, pero si sé algo seré más empática con él cuando manifieste su pereza con respecto al colegio ¿quién no la tendría? No nos hagamos los inocentes los niños no se pasan cinco horas haciendo dibujos y soñando con duendes, también aprenden otras facetas de la vida no tan agradables pero si cruciales para su crecimiento como personas.

 

La no-adaptación

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Colegio, ¡precaución!

Llevo meses esperando que el proceso termine para contaros nuestras experiencia. Se suman las fases, cuando acaba una empieza otra. Atravieso diversos estados emocionales, duda, aceptación, convencimiento, ilusión, duda, frustración y bla, bla, bla. Marco también vive los suyos y como se nos van acumulando he pensado que era el momento de verter aquí el estado de la cuestión.

Es 12 de Febrero y la primera frase del día ha sido “¿hoy hay cole?” Lágrimas en el desayuno, lágrimas mientras nos vestimos, aceptación cuando cogemos la bufanda, salimos por la puerta y lágrimas de nuevo en la despedida. Os podéis imaginar que desde el 18 de septiembre hemos pasado por muchos registros, tonos y timbres de llanto, es una incógnita el nuevo estado derivado.

También hemos tenido periodos de paz y hasta de ilusión. Son muchos los momentos buenos, las actitudes y aprendizajes, el camino, el puente, el vuelo hacia la niñez autónoma , la que gana terreno sobre si misma, la que se empodera y siente que la necesidad de exploración es mayor que la de fusión. Por esto cuando retrocedemos y vuelven las negativas, las excusas y el llanto su padre y yo nos sentimos perdidos, frustrados.

El más mínimo cambio, un fin de semana largo, un día de fiebre en casa o una visita excitante nos devuelve diez casillas atrás y no llegamos a la meta, se nos resiste, yo me agarro a cualquier sonrisa, cualquier signo me viene a demostrar que está feliz con su vida colegial, pero agazapado nos espera otro estado gris, de confusión, de queja y entonces vuelvo a tocar fondo.

Intento no dudar sobre la idoneidad de su escolarización, me daña. Nos daña. Marco necesita una figura de referencia adulta que le de seguridad, ¿si yo no creo que le beneficia, cómo habría de creerlo él?

Entonces reviso cómo afrontar las crisis. Valido su malestar, “entiendo que no quieres ir, que te apetece estar en casa, pero no puede ser, mamá y papá trabajan, es solo un ratito por la mañana, pasaremos juntos toda la tarde, toda la noche, ¡y los sábados y domingos! ¿Qué te parece? Ánimo, se que eres valiente y en el cole tienes muchos amiguitos…” “Pero es que yo no quiero, me da pena, quiero estar con mamá, buaaaaaaaaa…” No soporto verle llorar, hago el esfuerzo de dejarle su espacio para que viva su pena, pero indefectiblemente me atrapa. A veces me enfado, otras quedo devastada, atravesada. ¿Acaso debo ignorarlo?

Busco. Busco otros ojos, otras experiencias, alguien que haya pasado por experiencias similares y que me diga que es normal, que no tendrá secuelas, que me dé una receta mágica, un parlamento con el que convenza a mi hijo de lo fantástico que es el plan que tengo para él ese día. Busco niños que no hayan ido a guarderías, y que no sólo lloraran un día porque tienen una autoestima brutal, busco niños felices sin que sus padres hayan hecho homescholing, busco complicidad porque estoy confusa, porque soy así de insegura y segura a la vez. 

Tengo el honor de presentaros a mi niña interior, la que llora con Marco, la que duda, la que piensa y repiensa, la que está cansada, la que está agotada, la que siente que no es suficiente, la que se reconoce víctima, la que está equivocada, la que necesita luz, cariño, un abrazo, empatía, la que no quiere nada de esto, la que quiere que todo sea sencillo.

Por suerte ésta es solo una de mis Silvias, la sanaremos hoy para que mañana amanezca paciente, contenedora y “con sonrisa”.

Escrito queda para otros niños y niñas interiores que busquen dónde mirarse y encuentren que como ellos, hay mas ojos que vacilan, lloran, dudan y vuelven a iluminarse.  

#CrónicadeCole

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Salto al vacíoEste Post es muy difícil para mí. Si lo escribo por la mañana, estoy derrotada, abatida, deprimida. Si lo escribo por la tarde, la esperanza me ilumina, la ilusión me mueve, soy positiva y veo como caminamos por el sendero adecuado.

Ahora, en la mañana, hasta me siento ridícula, ¿a quién le pueden importar mis neuras? Le doy demasiada importancia. Puede que si, pero en verdad, el barniz que tinta ahora nuestra vida como familia es de color intenso.

Me ciño a los hechos. El primer día Marco fue con su papá, cada dos días se presentan dos niños nuevos en la asamblea matutina, con fotos, con historias, con palabras menudas, risas nerviosas y compañía, la compañía de la figura de apego durante una hora, mas otra hora sin la referencia cotidiana. Cuando papá recogió a  Marco, este constató un hecho: “papá me has dejado solito”,  y sobre este motivo hemos ido desarrollando el primer movimiento de nuestra particular sinfonía.

El segundo día hubo expectación, como la primera experiencia fue relativamente buena ya se quedó a comer y la hora de recogida pasó a ser las 13:30. Pero para el tercer día ya sabíamos qué esperar, cuáles serían los acontecimientos y apareció la resistencia, el llanto desde el despertar, la negación de la posibilidad y los mantras: “el cole está cerrado”, “cuídame, cuídame”. Me siento morir, por primera vez no remediamos su sufrimiento. Cuando necesitaba brazos, lo porteábamos; si necesitaba compañía para dormir, nos acurrucábamos; si necesitaba atención exclusiva y juego, se lo dábamos. Sus necesidades humanas básicas eran satisfechas en la medida en que podíamos brindárselas, cariño y mirada.

Pero ahora me mira con sus ojos verdes, enrojecidos y me lo pide: “mami no quiero cole, cuídame tú, en casa”, un día y otro día. Hoy es el día 11.

¿Y cómo está en clase? Ha evolucionado muchísimo, es cierto que el tercer día, sin duda el peor, estuvo muy bloqueado y llorando la mayor parte del tiempo, pero ya no llora allí, participa en las actividades, sonríe y juega. Es muy importante aclarar que el colegio es una maravilla y que merece un post por si mismo, fomenta el juego libre y la participación de la familia. La recepción de los alumnos es de nueve a nueve y media, momento en el que los padres entramos en el aula y departimos con la maestra y con la cuidadora, saludas a otros niños, a otros padres y nos integramos con naturalidad. Lo mismo se repite en el momento de la recogida, de tres y media a cuatro. Los niños duermen la siesta después de la comida y nosotros recogíamos a Marco para que descansara en casa, pero el quinto día su maestra nos propuso como estrategia pedagógica que permaneciese en el colegio con los demás, ya que esperaba con ansiedad la hora de la comida al comprobar que su padre le recogía tras esta. Muy a regañadientes accedí y se obró el milagro, duerme la siesta con otros niños, hasta el momento, sin necesidad de “teta” ni otros accesorios maternales. Deduzco que está tranquilo allí, pues el que pueda dormir me parece un gran medidor.

¿Cómo ha alcanzado la tranquilidad en el colegio? Pues sustituyendo a su figura de apego, buscando la complicidad adulta y en este sentido el centro ha sido impecable, necesitaba atención y se la han dado. Los primeros días llegó a hacer plastilina con los cocineros, charló con el director, cogía de la mano a su maestra y recibió y recibe besos y abrazos. Cuando llega a casa me cuenta de buen ánimo lo mucho que se divierte.

¿Pero qué ocurre por las tardes? Con abrumadora dulzura nos regala sus besos y nos reitera lo mucho que nos quiere, pareciera apreciarnos más por el tiempo que nos ha echado de menos. Pero conforme avanza la tarde y su cansancio empiezan sus elucubraciones y sus bucles, inventa excusas para no ir al colegio a la mañana siguiente, coge el teléfono y llama a su maestra para contarle que el colegio permanecerá cerrado, fabula con hacer las actividades programadas para la tarde por la mañana y se va angustiando cuando le presentamos la realidad de la situación, que tiene que ir al “cole”.

Duerme mucho peor, las noches son más ligeras y el despertar definitivo es cada vez más temprano. El desayuno supone la inminencia de salir de casa y vestirse le resulta insoportable, empieza el llanto, la súplica, que no rabieta, los abrazos, el CUÍDAME.

La idea de ganar autonomía y desvincularse de nosotros unas horas le angustia. Aunque la estancia en el colegio le resulte incluso gozosa a ratos, tiene miedo al abandono. ¿Y por qué no decirlo? Es tenaz, testarudo, expresivo, luchador, muy buenas cualidades, que si bien ahora nos lo ponen difícil, no quiero que las pierda, como tampoco quiero que piense que su opinión no cuenta o que no nos importa su bienestar.

Francamente, vivimos en una montaña rusa. Cuando vuelve tan contento y explicando que volverá feliz al colegio al día siguiente, respiramos aliviados. Pero cuando al día siguiente descubrimos que era una intención, no un hecho consumado nos frustramos terriblemente.

Los adultos han decidido. Sabemos lo que es mejor para ti, o eso quiero pensar. Pero la duda a veces se instala y flaquea mi alegría y mi paciencia, esa que tanto necesito ahora para responder a tus demandas y necesidades que se acentúan.

Las alternativas se arremolinan en mi cabeza y ninguna se me antoja ventajosa. Quiero acompañarte en el proceso y sufro cuando desespero. Perdóname Marco por pisar el acelerador de tu maduración. Yo también te quiero.

Esperanzas e inquietudes. La escolarización.

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El cole“Dulce Septiembre”. De llantos, incomprensión, rabietas, pesadillas, despedidas.

Valiéndome del drama que en ocasiones me caracteriza, me expreso como lo siento.

Marco comenzará su andadura escolar el día 18 de septiembre y de eso quería hablaros, de la zozobra y de la incógnita.

Muchas han sido las dudas pero esta es mi declaración de intenciones. No nos sentimos “homeschoolers”. Mi compañero permanecerá con Maia para facilitar mi incorporación laboral. El sonido brotará de mis entrañas, esta vez vacías, sin vida palpitante aferrada a mi vientre. Pero para que la música vuele, tenemos que encontrar también, nuestro propio vuelo cada uno de nosotros.

La idea siempre ha sido respetar el ritmo del niño, él mismo ha pedido dormir en su camita (aunque ese es otro cuento que ya os contaré con más premura que tardanza), también él mismo propuso dejar el pañal (ídem de ídem), pero no ha pedido ser integrado en un sistema educativo como el nuestro, a todas luces deficitario, en cuanto a recursos y sobre todo en lo que a ideales se refiere. No obstante, ya se interesa mucho por los niños, les pide jugar juntos, imita a los mayores en reuniones y parques varios, se sienta junto a ellos en la escalinata, los coge de la mano y se entusiasma cuando sabe que hay planes con niños. Pero esta es mi duda, ¿habrá llegado el momento? No es igual jugar con 5 niños que con 25. Las ratios me parecen infames y más en estas edades, Marco aún no tiene 3 años.

Por otro lado me inquietan las características naturales de los niños a esta edad y el modo en el que puedan disciplinarlos en el colegio. Las leyes de la propiedad aún son difusas y el autocontrol de la violencia para defender lo propio aún es prematuro, así como la importante necesidad de atención. Algunos pensaréis que “la vida es así, que vivimos en sociedad”, desde luego, pero la precocidad en estos asuntos no creo que sea una virtud.

Hemos encontrado un colegio fantástico, o al menos lo parece, con un proyecto educativo diferente, ya os hablaré de él cuando “entremos en harina”. Por lo pronto, enviaron una carta de bienvenida para Marco con una foto de su maestra y tuvimos una entrevista individual con ella, así el niño conoció el centro y el aula de su mano.

Pero hace dos días tuvimos una cruda reunión colectiva en la que la maestra nos aconsejaba para sobrellevar con paciencia y empatía los días venideros. De modo realista nos presentó un proceso complicado que puede mostrar dos caras, la silente y la extra-demandante. En ambos casos los niños necesitarán ración extra de comprensión, mirada y atención. Pueden sufrir retrocesos en el control de esfínteres. Paciencia. Posibles alteraciones del sueño, pesadillas y despertares. Paciencia. Irritabilidad, berrinches y rabietas. Mucha paciencia. Tampoco es buena idea alentarles con grandes ilusiones o expectativas porque la realidad es que es un cambio importante para ellos y no demasiado agradable al principio.

Ante este panorama que yo intuía y temía, he quedado desolada en primera instancia, pero con el paso de las horas estoy agradecida, ya no somos niños y no está mal mentalizarse, me ayudará a comprenderlo y a estar más accesible, no viviré la frustración en el momento en el que él más me necesite. Le acompañaremos y le ayudaremos a comprender el mundo.

Si pienso en mi primer día de colegio para mí fue un gran día, recuerdo los cajones de ceras y el olor del color, pero a tres meses de cumplir cinco años las cosas se ven de modo diferente. Pero hemos cambiado, las mujeres reivindican su lugar en el mercado laboral y las políticas de conciliación “están en pañales”, la solución es la escolarización temprana. Lo hemos retrasado todo el tiempo que hemos estimado oportuno. Ahora solo nos queda confiar en nuestro núcleo familiar y en la plasticidad de los niños con el apoyo adecuado.

Los prolegómenos nos están mostrando que la incertidumbre tampoco le gusta a los niños. Desconfía de que TODO el mundo le pregunte por lo mismo, cuando verdaderamente él no sabe qué va a pasar. Y ahora que el colegio ya ha empezado, vecinos y conocidos del barrio, e incluso desconocidos, TODOS le preguntan que por qué no está en el cole. Los días de sendas reuniones nos hemos enfrentado a sendas rabietas de 40 minutos interminables, pero he de decir que la resolución de la segunda fue mucho mejor que la primera, así que estamos animados, podemos atravesar paredes verticales con éxito, tranquilidad y cariño.

Pero no descarto buscar abrazos en Twitter para quién quiera dármelos 😉