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Celos: las comparaciones son odiosas

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Niños en la terraza

Los celos entre hermanos es un tema que me preocupaba incluso antes de tener niños. En la literatura, en el cine o en casa de otros, los celos pueden resultar enigmáticos y apasionados, pero en el entorno inmediato los celos dificultan la convivencia en varios niveles. La tensión se puede generar con un incidente o ante la “posibilidad” del mismo y así comienza el juego de interpretación de intenciones, todos nos ponemos a la defensiva y se puede crear un clima espeso, emponzoñado y desagradable.

Puede que sentir celos sea natural o que incluso forme parte del plan que la evolución nos tiene reservado, pero para mí subyace un sentimiento de dolor, de que no eres tan valioso como otro, de que percibes atenuada tu ración de amor, y eso es algo que no quiero para mis hijos. Nadie puede evitar los sufrimientos que la vida nos tiene reservada, pero si afrontarlos de manera mas sencilla fuera posible, cualquier herramienta es bienvenida.

A vueltas con el tema he encontrado un libro, Hermanos, no rivales de Adele Faber y Elaine Mazlish y es bastante estimulante, tanto, que he decidido dedicar una serie de Posts desarrollando las ideas más interesantes.

Hermanos, no rivales

Las comparaciones. De todos es sabido que las comparaciones son odiosas, mucho, sin embargo es muy habitual que se nos escapen comentarios, unas veces por despiste y otras por impaciencia cuando queremos conseguir algo: “Marta ya se lo ha comido todo”, “Pues Alejandro ya sabe vestirse solo, no pones interés”. Con estas actitudes generamos sentimientos negativos entre los niños, de competitividad y rencor.

El texto propone la DESCRIPCIÓN del problema del modo más objetivo posible, se confirma un hecho sin juicios. Somos quienes somos y no en función de nadie más, de manera que cometemos nuestros propios errores y en momentos de vulnerabilidad no necesitamos pensar en nadie más, este hábito se puede generar cuando somos muy pequeños y acompañarnos por demasiado tiempo.

En cuanto a los halagos, las autoras proponen que se realicen en privado con cada niño, no es necesario privarles de las muestras de orgullo y cariño que suscitan en nosotros pero se pueden comentar los logros por separado. Ésto me parece muy buena idea, les podemos dedicar a los niños toda nuestra atención sin que vaya en detrimento de nadie más. No usaría los éxitos de un hijo para “motivar” a otro, de este modo promoveríamos la competitividad en detrimento de la cooperación, valor más preciado, que derivaría en más respeto hacia los demás y en una mayor confianza en uno mismo.

¿Y qué ocurre cuando comparamos de manera positiva? Que “ninguneamos” al otro, normalmente al pequeño, para que el mayor se sienta mejor, quizás el bebé no perciba en ese momento que se le está menospreciando, pero el hermanito mayor si aprenderá a sentirse mejor a costa de otros y ése no es el mejor camino para estar contentos con nosotros mismos.

De Hermanos, no rivales.

Puede que todo sea una obviedad pero yo me he descubierto en alguna ocasión vanagloriando a mi hijo mayor porque ya no usa pañal, o lo que es peor, porque “ya no toma tetita”, como si tomar tetita fuera algo malo, después de una lactancia prolongada tan satisfactoria. En fin, propongo revisar algunos de nuestros hábitos o al menos repensarlos.

 

¿Cerrado por vacaciones?

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la orillaComo una piedra que devuelven las olas, que rueda, gira y se arrastra. Pero se arrastra con tanta gracia y armonía que nadie diría que se erosiona, suaviza o modifica. Vuelve una y otra vez. No me canso de mirarla.

Hoy es tiempo de una reflexión de bolsillo a cuenta de mi mutismo. Puede resultaros familiar. La primera semana transcurre sin apenas tiempo, quizás también la segunda, la vida familiar es absorbente y los conciertos de final de temporada apremian, sin embargo tengo esa llamada en el estómago, deseo escribir, volver a este lugar, nunca me olvido. Los días se amontonan y se levanta el muro del miedo, ése que te visita cuando pierdes el hábito, no me faltan los Posts en la cabeza, deslabazados pero presentes, sin embargo siempre encuentro la excusa para no sentarme al teclado, trato de convencerme de que hay otras prioridades, pero ya sabemos que las prioridades dependen de aquel que las define.

Continúa deshojándose el calendario. Ya dudo de todo. “¿Pero a quíen puede importarle lo que yo opine de una película?” “¿Y qué más da si mis criaturas duermen en mi cama o en sus literas? ¿a quién le importa?” Me acuso de ególatra, ¿por qué tengo un blog? Un día pienso en una nueva sección sobre cuentos infantiles y al siguiente me lastimo por imaginarlo siquiera. Caústica e implacable conmigo, para no perder la costumbre. Mis Posts informativos me resultan intrusistas, no soy matrona, asesora de lactancia, doula, pedagoga, psicóloga o escritora. Mis Posts personales, mis reflexiones de bolsillo, mis divagaciones tales como esta, ¿a qué responden? ¿de qué se trata? ¿de un diario público? ¿desde cuándo un diario es algo que se publica en Twitter? (Seguramente desde que existe Twitter, Facebook y otras). ¿Qué nos pasa? ¿Por qué algunos aireamos nuestra intimidad?

Francamente, no lo sé y a veces me asusta, sin embargo aquí estoy, hoy me he sentido valiente y he querido asomarme a mi bitácora, romper el hielo, ser vuestro espejo, sentiros al otro lado, compartirme y recibiros también, porque es mucho lo que encuentro y no he cambiado de fase vital, sé que necesito este blog y que me mueve el mismo viento que me empujó a la plataforma wordpress con la intención de abrirme en canal.

La mamá corchea no ha cerrado por vacaciones, anhelaba las letras de ida y vuelta, anhelaba incluso las palabras que no se dicen, las que sólo se leen y bueno… quería agradeceros vuestra presencia, vuestra energía, a los que comentáis bajo el texto, a los que lo hacéis de manera privada, a los que lo hacéis en persona, a los que me reconocéis por la calle, a los que vienen y se quedan, a los que vienen y se van, a todos los que me habéis regalado vuestro tiempo, a todos gracias.

 

Edad del destete. ¿Qué opinan los primatólogos?

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Este Post está escrito por Auberiv, compañero de trabajo y muy amigo mío. Muchas son las opiniones tras el revuelo que provocó la portada de TIME, este punto de vista era sin duda imperdible e interesantísimo. Gracias por colaborar con este blog y por tu inestimable aportación Auberiv.

Dato: el niño que apareció en la portada de TIME pronto cumplirá 4 años y es amamantado.

Más datos: las reacciones generadas van desde el rechazo extremo a la defensa inflamada, pasando por los intentos de ridiculizar esta práctica, o que la portada es bochornosa y desafortunada aunque lo de dentro está bien, o no entremos a trapo, o que la crianza de un hijo o hija no es una competición, etc., etc., etc.

Es decir, nos hemos lanzado, como buenos primates, a la confrontación de ideas y puntos de vista, proceso que, habitualmente, deriva en una ceremonia de polémica y de confusión en la que también se pueden acabar enredando quienes intentan poner calma en el asunto. Por un lado, los beneficios de la lactancia materna son tan claros que ni me molestaré en aportar enlaces; por otro, entre las opiniones en contra de amamantar hasta determinadas edades se han vertido, a raíz de esta portada, perlas tales como que se están causando “problemas psicosexuales devastadores” que acompañarán a estos niños y niñas a lo largo de su vida adulta, o que este tipo de crianza es “una receta para el desastre psicológico”; es decir, que estaríamos ante un acto aberrante.

En nuestras sociedades es frecuente asumir que una práctica es “natural” o “normal” simplemente porque no conocemos o no nos hemos expuesto a otros modos de llevarla a cabo. La sabiduría popular alcanza, en este sentido, elevados grados de sofisticación y detalle. Conozco a una madre que vive en un pueblo pequeño (muy pequeño) a la que han pasado de decirle “le estarás dando pecho, ¿no?” a “¡aún le estás dando pecho!” en el transcurso de unas pocas semanas, lo cual prueba lo mucho que somos capaces de afinar en nuestros criterios de lo que se debe y lo que no se debe hacer, de lo que es normal y no lo es, muchas veces no tanto en lo que atañe a nuestras vidas sino con respecto a las vidas de los demás. ¿Qué criterios se están usando aquí para definir “normalidad”? Yo quisiera centrar mi argumentación en el punto de vista biológico y así, como buenos primates, ¿cuál sería la edad natural a la que deberían destetar los humanos?

La mayoría de los datos que siguen los he extraído del blog The Primate Diaries, que aloja el sitio web de la revista Scientific American y que podéis también consultar. Confieso que hay muchas frases y la estructura de algún párrafo que he dejado sin cambiar con tal de mantener una claridad en la exposición original que no me siento capaz de mejorar.

Existe un estudio clásico, “Life History Variation in Primates” que los zoólogos británicos Paul H. Harvey y Tim Clutton-Brock  publicaron en la revista científica Evolution. En conjunto, se trata de la más completa recopilación de datos disponible sobre las sociedades primates (hasta 135 de ellas, incluida la humana) y los parámetros registrados abarcan desde el tamaño de la camada o la edad de su destete hasta el peso de la hembras o la duración de su período de celo. Al relacionar todos estos datos usando técnicas estadísticas, identificaron una serie de patrones que se mantienen a lo largo de todo el linaje primate.

Una de estas correlaciones, que se presenta de un modo especialmente consistente, es la que relaciona el peso de la hembra adulta con la de la edad de destete de sus crías, de modo que, conociendo el primer dato, es posible predecir el segundo con un rango de acierto del 91%. A raíz de esto, se puede calcular que la edad (en días) a la que un joven primate se destetará es igual a 2’51 veces el peso de su madre (en gramos) elevado a la potencia 0’56. Este cálculo, muy sencillo, predice que los humanos deberían destetar a una edad media de entre 2’8 y 3’7 años.

¿Hasta qué punto concuerda esta predicción con las prácticas de nuestra especie? Según los datos recopilados por UNICEF, la mitad de la población mundial prosigue con el amamantamiento hasta los dos años. Y, lo que es más, el destete es sólo parcial, ya que no supone el abandono completo de la lactancia. La ingesta de leche materna prosigue durante algunos meses más o incluso años. No obstante, estos registros estadísticos provienen del análisis de sociedades sedentarias y agrícolas que, en mayor o menor grado, se pueden haber visto influidas por las tendencias de crianza occidentales. ¿Qué ocurre con otras sociedades cuyos estilos de vida guardarían mayor similitud con la de nuestros ancestros del pleistoceno?

Para hallar la respuesta, el antropólogo Clellan Stearns Ford, de la Universidad de Yale, recurrió a la más amplia colección de registros antropológicos disponible, aglutinados bajo la denominación Human Relations Area Files, y averiguó la edad de destete de 64 sociedades tradicionales de pequeñas poblaciones cazadoras-recolectoras. Su análisis (como se observa en la siguiente gráfica) determinó que la edad promedio del destete es de, aproximadamente, 3 años. Resulta importantísimo hacer notar que, dado que estas sociedades se reparten por todo el globo y no tienen contacto unas con otras (a veces con nadie más, aparte del ocasional antropólogo o antropóloga que se pasean por allí) este comportamiento supone una muestra lo suficientemente amplia y variada como para pensar que, desde el punto de vista biológico, estamos ante lo más cercano a “natural” que podamos hallar.

Y no sólo esto. Además de por la lactancia materna habitual y mantenida en el tiempo, los grupos humanos cazadores-recolectores se caracterizan también por unos niveles extraordinariamente altos de contacto y proximidad entre padres e hijos. Las tendencias globales de estas sociedades serían, pues, muy claras y consistentes: los humanos destetan a una edad equiparable (de acuerdo con el cálculo basado en el tamaño de la mujer) a la de otros primates, 3 años, y a partir de ahí este período variaría ligeramente debido a factores ambientales o culturales.

En contraste con estas tendencias globales que se dan en las sociedades tradicionales y las no occidentales, los niveles de lactancia materna en Europa, EEUU y Canadá indican que sólo entre un 15 y un 25% de las madres continúan amamantando a sus bebés a los seis meses tras el parto. Las naciones occidentales se muestran, de este modo, como una desviación extrema de la media con respecto a lo que ha sido y sigue siendo mayoritariamente un comportamiento habitual para nuestra especie. Sobre este punto, tanto la Organización Mundial de la Salud como UNICEF, con sus recomendaciones sobre lactancia, se alinean con las predicciones basadas en nuestros parientes primates.

Podría parecer que el amamantamiento es un mero complemento o incluso un capricho en nuestras confortables y sobrealimentadas sociedades occidentales. Los beneficios de la lactancia se han comprobado ampliamente en las partes del mundo menos ricas y tecnificadas, donde supone el mejor remedio contra la malnutrición, la incidencia de enfermedades infecciosas o problemas como la diarrea que, sin tratamiento adecuado, pueden ser mortales; pero estos efectos son universales y también se observan en nuestros hijos. No sólo los bebés amamantados están mejor nutridos y protegidos contra las modernas epidemias de obesidad y diabetes asociadas con la sobreabundancia de alimentos, sino que la mejor salud general de estos niños y niñas supone un alivio para los saturados sistemas sanitarios de nuestros países.

Ahora bien, está claro que nuestras circunstancias han cambiado apreciablemente con respecto al entorno de una sociedad tradicional. Por nombrar algunas evidentes: podemos trabajar a muchos kilómetros del lugar que habitamos, las relaciones y exigencias sociales se han vuelto más complejas, la mujer prosigue su camino de incorporación en igualdad de condiciones al entorno profesional, existe una tecnología que ofrece alternativas alimenticias a los bebés, el tamaño de las familias se ha ido reduciendo hasta poder llegar ser monoparentales, o incluso se puede dar el caso en que el niño esté a cargo de alguien que no tenga pechos con los que amamantar. También cloramos el agua que bebemos, tomamos aspirinas y debemos esperar ante un semáforo en rojo. Y, por supuesto, se han producido cambios en el modo de criar a los niños. Ambiente y comportamiento se influyen y retroalimentan inevitablemente pero esto no debería impedirnos observar ambos con espíritu crítico para evaluarlos y decidir qué podría ser cambiado y mejorado desde el debate informado y el consenso.

La mayoría de las sociedades humanas no comparte nuestra traumática relación con la lactancia. Amamantar hasta los dos, tres o más años, lejos de ser meramente una rareza, un estilo de crianza más o menos caprichoso o incluso una perversión, como se apunta desde algunos grupos, es una norma natural que tiene implicaciones muy importantes para el desarrollo físico y emocional de madres y niños y también es relevante en cuestiones relativas a la salud pública y al bienestar global de una sociedad. Se trata de conocer cómo son nuestros cuerpos, cómo funcionan y qué es conveniente para ellos. Al igual que sabemos que pesar 140 kg midiendo 155 cm es perjudicial, sabemos que amamantar durante dos, tres o cuatro años es beneficioso. Toda mi argumentación ha estado encaminada a mostrar mi desagrado a que se usen justificaciones biológicas a la hora de rechazar este tipo de crianza cuando, en realidad, están operando otros motivos que pueden ir desde la desinformación o la imposibilidad hasta algunos que, desde mi parecer, resultan siniestros. En última instancia, corresponde a las madres (y a los padres) decidir cuánto (o cuán poco) quieren amamantar a sus hijos. Todas las decisiones, si son meditadas, informadas y buscan el mejor compromiso posible entre los intereses de todas las personas involucradas en ellas (teniendo en cuenta que no existen bebés capaces de decidir y opinar por y para sí mismos), deberían ser válidas. Sin embargo, creo que, como sociedad, deberíamos apoyar y garantizar que todos tengamos acceso a una información de calidad y asegurar un entorno en el cual las madres que decidan amamantar a sus hijos no se hallen expuestas a estigmatización y a juicios de valor por hacer algo que, al fin y al cabo, es sencillamente natural.