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¿Es descortés la extroversión?

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Parqueando

Con diferente estilo pero igual resultado se podría decir que Marco y Maia son muy extrovertidos.

La pequeña Maia llega al parque, decide quién le conviene y se acopla, sin palabras, no las necesita, con miradas, gestos y conexiones sutiles. ¿Que los compañeros de juego son mayores? ¡estupendo! ¿Que hay un bebé pequeñito? ¡aún mejor! ¿Chicas adolescentes? ¿Madres con sus hijos? ¡Todo vale! ¿Ancianos con perritos? ¡Qué más se puede pedir! Una auténtica delicia. He presenciado momentos realmente tiernos y emotivos con ella, en una ocasión estableció un vínculo especial con otra niña, los ademanes de saludo y cariño se sucedieron como en una danza muda, se miraron a lo lejos, se encontraron y se volvieron a separar, y en la despedida había tristeza, pareciera que se conociesen desde siempre. La otra madre me miró y conmovidas nos dimos un abrazo sordo, un abrazo de humanidad en la distancia.

Los lances de Marco son de otro color, el lenguaje aparece como eje fundamental, a todos saluda, con todos habla, con el caballero que lee su periódico en un banco, con la señora que limpia la escalera, con cada uno de los policías que se cruzan por nuestro camino, con los vecinos, con los padres de los niños que hay en el parque, con los niños del parque, con todos los camareros y tenderos del barrio, con todos. Rompe el hielo contando aquello que ocupe su pensamiento en ese preciso instante, da por entendido el contexto y espera una absoluta comprensión del otro lado. Siempre atento al estado emocional del prójimo, cariñoso y atento. Otra delicia. Me cuesta tanto dejar de sonreír cuando le escucho hablar de caracoles, súper-héroes o el mar con el jardinero que poda los setos… Es mi debilidad.

Sin embargo, le cuesta comprender la ironía, aceptar las bromas o entender las convenciones sociales del mundo adulto. Marco es el típico niño sincero y honesto, ése que podría parecer descortés o muy divertido, dependiendo de las gafas con las que miremos. Si no quiere dar un beso, lo demuestra enfáticamente; si huele mal, lo comunica; siempre que duda o no comprende, pregunta; cuando se sorprende, describe lo que sucede.

Ejemplos prácticos:

Al vecino de la abuela: ¡Qué barrigota, te estás poniendo muy grande!

¿Qué te llamas cómo? ¡Qué nombre tan feo! 

¡Mira, un hombre bebé! (Esto es, hombre calvo que se cruza por nuestro lado)

¿Y por qué tienes el pelo blanco? ¿Y por qué estás arrugado?

A todas la personas que llegan a casa con una bolsa: ¿Qué llevas ahí, qué me has traído?

Al tío de mamá que ha comido ali-oli y pretende darle un beso de despedida: ¡Qué peste hueles!

Éstos son sólo algunos ejemplos en solitario, después tengo los ejemplos a dúo, como cuando llega un bebé, -muy bebé, recién nacido- al parque con su primeriza madre y mis dos tesoros se abalanzan sobre el carro del desconocido, con sus manos llenas de polvo y sus mas tiernas intenciones; o en la playa, esta es mi favorita, papá lleva para merendar la “frutita”partida, variada y deliciosa y ellos con su radar detectan cualquier bolsa de gusanitos o paquete de galletas ajeno y muy ufanos se aproximan, Maia tiende su mano y parpadea encantadora, Marco sentencia con la frasecita, “¿me das?”.

Y sientes vergüenza, primero por la situación y después por haber sentido vergüenza, por dejar en la estacada a tus vástagos. Algunas veces “el blanco” de la honesta extroversión es muy simpático y te sientes aún peor, “tierra trágame”; y otras puedes ver cómo se escandalizan, entonces paso por dos estados, primero soy una niña herida y avergonzada y después me enfado, me enfado muchísimo y maldigo las normas de la “buena educación”, ésa que nos atenaza a todos y que sólo representa a unos pocos.

Para los niños las leyes de la propiedad no están claras, un bebé de quince meses ve un plátano y lo quiere, sencillamente, no le importa de qué mochila sale. Si se sienten tiernos, quieren acariciar; si quieren compañía, se sientan junto a otros, esto es así. Pero a medida que van creciendo puedes ver como se modifica lo que puede ser sencillo. En demasiadas ocasiones he escuchado a niños mayores hablar así de mis hijos: “nos persigue, ¿qué quiere? ¡qué niño/a tan raro/a”. Demasiado pronto no somos capaces de ver las buenas intenciones de los demás, nos cerramos en nuestro grupúsculo y nos molesta lo desconocido. Crecer, a veces, es una pena.

 

La pereza social

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Mediados de Junio y finalizando un importante período, el primer año de colegio de Marco. ¿Se ha adaptado? ¿Nos hemos adaptado? Pues sí y no. Una parte de mí sabe que no terminará de hacerlo, el lunes pasado al entrar en el recinto me lo recordó: “mamá no quiero ir al cole, quiero quedarme en casa”. Batacazo. Confieso que volví a casa taciturna y algo abatida. Mi mamá-drama, ésa que no tolera que nada salga mal o simplemente que no sea fantástico, empieza con su parlamento: “no se divierte, ¿es infeliz? ¿nos hemos equivocado? ¿cuál será el problema? ¿y si tal? ¿y si cuál? ¿y si Pascual?”  Un rayo de luz se me cruza y no os voy a mentir, bastantes horas después veo las cosas de otro modo.

Siempre, siempre desde hace ya bastantes meses el balance y las narraciones después de la jornada escolar son positivas, me explica con todo lujo de detalles sus juegos, sus juntas, sus idas y venidas y lo cierto es que se divierte, aprende, se emociona y se asombra a partes iguales. ¿Entonces? Muy sencillo, a mí no siempre me apetece ir al trabajo, me imagino algunas conversaciones y situaciones que se darán allí y los más suave que puedo decir es que me da pereza, una terrible pereza social. Esto es, las  emociones de Marco con respecto al colegio han mutado y madurado, al principio tenía miedo al abandono, miedo a lo desconocido, a que no volviésemos a recogerle y ahora tiene pereza social porque bregar con los deseos de tantos niños, con los de sus maestras y con los suyos propios es complicado, las relaciones sociales satisfactorias son una gran asignatura pendiente para todos, o para muchos. Todo es muy nuevo, ahora entiende conceptos como ser egoísta o generoso, la turnicidad en el juego, hablar y escuchar (eso que tanto nos cuesta), ganar, perder, el halago y la crítica, la capacidad para expresar lo que NO nos gusta o NO queremos sin recurrir a la violencia física o verbal y sin dejarnos someter, las burlas, los celos, las envidias, el chantaje… ¿qué pereza verdad?

De nuevo mi mamá-drama, “¿cómo es posible que ya se den estas circunstancias tan desagradables?” En el momento en el que nos exponemos socialmente  aparecen. Ilustraré algunos ejemplos y les daré la importancia que tienen, toda, porque no por tratarse de niños son cosas irrelevantes, el modo en el que aprendemos a resolver nuestros conflictos marcará nuestro carácter.

-“Mamá a Victoria no le gusta mi torre, dice que es fea” Desde pequeños ya nos gusta molestar o juzgar a otros, no sé si reproduciendo lo que vemos en casa o en otros compañeros. “-¿Y qué has hecho? -He llorado. -He tirado mi torre. -He tirado su torre…” ¿Solución? Os cuento la mía pero no toméis nota soy una madre más. “A Victoria puede no gustarle tu torre, igual que a ti no te gustan los garbanzos y es una comida muy buena, lo importante es que tu torre te guste a ti, además cada día las harás más bonitas porque practicas mucho” ¿Lo entendió? Pues tiene tres años, ni idea. Podemos cambiar torre por dibujo, camiseta, zapatos, escultura, etc.

-Hablar chinchando, eso es la gran adquisición vital: “Yo tengo un dinosaurio en mi camiseta y tú no-o” “Yo he llegado primero y tu no-o” Os podéis imaginar que Marco se enfurece cuando le chinchan, peeeero es algo que se aprende muy rápido, si me chinchas, te chincho. Solución: entiendo que te molesta que te digan eso pero… ¿no es importante ganar? ¿no es importante tener un dinosaurio en la camiseta? ¡Cuéntaselo al capitalismo! pero no, no es importante, igual tu amigo tiene un mal día y te dice eso porque está enfadado, pero no es buena idea, lo importante es divertirse con los amigos.

-“Mamá no quiero jugar al juego de los monstruos porque me da miedo” Pues dile a Alejandro que no te gusta ese juego que podéis jugar a otra cosa.

-“Mamá Alejandro dice que no será mi amigo más porque no juego con él al juego de los monstruos”. Solución: juega con otros compañeros, ya se le pasará.

-Entre los niños: -“Dame ese coche” -“No” -“Tonto! Como no me lo des te pego”.

-Marco y mamá: -“Dame una fanta” -“No hay fanta eso es para los cumpleaños” -“Tonta! Te voy a pegar”  Solución: Dosis extra de paciencia y “No me gusta que me digas tonta, me pongo triste, entiendo que quieres una fanta pero no puede ser, es mala para los dientes, así no se piden las cosas…”

Todo esto y más nos aporta la socialización entre iguales, ¿hay un momento perfecto para la inmersión? ¿Si esperamos demasiado nuestros niños no tendrán recursos para defender su espacio? Al contrario ¿su integridad estará intacta por tanta seguridad mientras son bebés y después no se vendrán abajo?

No tengo las respuestas, dependerá de cada niño, pero si sé algo seré más empática con él cuando manifieste su pereza con respecto al colegio ¿quién no la tendría? No nos hagamos los inocentes los niños no se pasan cinco horas haciendo dibujos y soñando con duendes, también aprenden otras facetas de la vida no tan agradables pero si cruciales para su crecimiento como personas.

 

Minientrada

El ser humano se socializa, se relaciona. En casa, en el trabajo, comprando el pan.

Vivimos en familia, con mascotas, con amigos, incluso con desconocidos. Aquí, en esta esquinita de la blogosfera se apuesta por el contacto, el apego, la disponibilidad para con nuestros niños, el piel con piel, el mirarse a los ojos.

Pero en este proceso mamífero de olernos, tocarnos, observarnos y escucharnos, poco a poco vamos encerrándonos en nuestro ser, caminando entre centenares de personas, con rapidez y sin rozarnos. Viviendo en ciudades que se engarzan con pueblos inmensos y en pisos cual avispero, pero sintiéndonos solos, sin afinidad, sin conexión ni con nosotros mismos.

A este contexto llega INTERNET, la red de infinitas posibilidades y recursos, que no cesa de inventar. Y cual invento humano construye las redes sociales, articulando diferentes maneras de estar y conectar. Puedes compartir tus inquietudes sobre bonsáis con otros amantes de este arte, sin preguntas ni presentaciones. Puedes también comentar y apreciar las fotografías de otras personas. Expresarte en un blog y obtener respuestas en resonancia y adscribirte a una red social como Twitter y configurar tu propio perfil, escuchando lo que te interesa, hasta que te interesa, a un solo golpe de “unfollow” .

Así me enredé en este “madremagnum”, conectando con madres y padres, intercambiando consejos, inquietudes. Sintiendo el dolor ajeno, preocupándome por la fiebre de niños que no conozco, alegrándome por el bienestar de las mujeres hermosas y valientes y por el de los hombres valientes y hermosos que están a un golpe de click, participando de sus noches en vela, de sus reivindicaciones por la conciliación, y de su consternación ante un país que se colapsa.

¿Qué esta ocurriendo con el modo en el que interactuamos? El estresante sistema nos condena, a la prisa, al no llegar, al no mirarnos. Ya ni siquiera hablamos por teléfono usamos WhatsApp, sin tono de voz, concisos, propiciando conversaciones entrecortadas que sabes cuando empiezas, pero no cuando acabas. Esta nueva estructura del s. XXI aleja a nuestros amigos a cientos e incluso miles de kilómetros, dejamos nuestros pueblos, y aquellas personas con las que conectamos cuando estudiábamos, con las que sobre el césped de la facultad cambiábamos el mundo, no están disponibles para abrazarlas, largas distancias se yerguen entre nosotros. Nuestras vidas se conducen por senderos dispares, no quieres ser la inoportuna “mami” que haciendo gala de su “pasmo maternal” solo habla de portabebés y de “baby-led-weaning”. Entonces encuentras la red, las comadres que te escuchan, la tribu que te falta, el apoyo que esperabas y necesitabas.

Pero el ser humano nunca está conforme, contento, feliz, satisfecho y surge la tremenda necesidad de “desvirtualizar”. Leer no es suficiente, necesitamos el contacto que nos define, aprender de los gestos, conocer la música de las voces amigas y el abrazo que nos conecta como especie.

De esta iniciativa desvirtualizadora surge el #15J. Tres madres bloggers tienen la iniciativa de conocerse y comentan sus pesquisas por Twitter. Raudas, otras se unen al grupo, el globo se hincha y llega un momento en el que se hace urgente una organización. 50 bloggers, lista de espera para participar en el evento, sponsors. Se ha convertido en todo un movimiento con hashtag propio, manifiesto, “anti-concursos”… En fin, un claro ejemplo de la actitud socializadora que nos caracteriza y de la rapidez de de las redes sociales.

Internet viene a adecuarse a nuestro nuevo estilo de vida, es rápido y concreto, llena el vacío que dejan los grises de las ciudades en  nosotros, y sin embargo no es suficiente, necesitamos el contacto real, aunque solo sea una vez, o quien sabe.

Conocerse en Red